CUANDO VOY AL TRABAJO

Cuando voy al trabajo, bienamada, escribo estas líneas que solo tratan de decirte cuánto te amo, aunque a veces no logre ser el compañero que mereces, aquel que tanto deseo.

 

Por / Luis Carlos Ramírez Lacarro

Escribo estas líneas para decirte, Maya, que te recuerdo cuando voy al trabajo. No es que no lo haga en otros momentos, sino que, en este espacio reducido de la silla del autobús, inmerso en la solitaria muchedumbre que viene a esta mina, me llega tu imagen, siempre, a través de la ventana, frontera oscilante entre mi microcosmos personal, donde señoreas, y el resto de todo, allá afuera.

La noche se va precipitando sobre nosotros, mientras vamos a nuestros puestos de trabajo. La lluvia empieza a caer en silencio, relamiendo los vidrios, y la fiesta de tu risa se levanta sobre las conversaciones triviales en el paradero, mientras veo la altiplanicie lunar en la que hemos convertido la fértil llanura aluvial del Cesar: los socavones de flamas inextinguibles, nuestra antesala particular del infierno, y las montañas artificiales y estériles que vigilan nuestro peregrinaje de arrieros entre el polvo y el lodo, escuchando a Dylan susurrar desde alguna parte “and it’s a hard rain’s gonna’ fall” al unísono con un trueno rodante que atraviesa el horizonte pronunciando tu nombre, que es alimento y es luz y es música y es fuego, en su poderosa voz proveniente del origen de los tiempos.

Te extraño amor y, en medio del fuego sempiterno de esta altiplanicie, busco mantener pegada a mi pecho tu belleza, como conjuro a la muerte, que en este complejo nos acecha cada instante, en todo lugar. Eres toda tu entre las luces y las sombras, entre los ruidos aturdidores de estas máquinas descomunales que arrancan a la tierra sus más preciados tesoros a cambio de zumo de dinosaurio petrificado y combustible. Deseo poder curvar el tiempo y el espacio para estar siempre juntos, jugar a ser el dios que adora tus manos laboriosas y tus pies imparables, pero en mi vulgaridad no puedo moldear el universo a mi antojo. A cambio te traigo en mis sueños y mis pensamientos, lo más cercano a la divinidad que tengo, y por eso estás aquí, siempre, conmigo, por más lejos que estemos en realidad, aunándonos.

Cuando voy al trabajo pienso en ti y nuestro porvenir, compañera de mi vida, contando los días y las horas hasta volver a ti, a tus ojos pequeños, ardiendo como llamas oscuras bajo tus cejas pobladas, a ese cuerpo de arcoíris que me ha dado un hijo y contemplo en silencio, mientras duermes, cuando la migraña y el insomnio no atormentan tus noches; al milagro cotidiano de compartir el aire que respiramos en nuestro lecho y el asombro permanente que nos depara el ver crecer a nuestro hijo en medio de ocurrencias y pilatunas, siempre refrescantes, aunque a veces nos pongan los nervios de punta y hagan saltar los quicios de nuestra paciencia.

Pido al Dios que se cobija bajo estos mantos de carbón, que te acune en sus brazos minerales y alivie todos los males que aquejan tu dulce cuerpo que añoro; que haga infinita la generosidad y el amor con que has cuidado a mi hijo mayor, como si fuera tuyo, cuando ha sido necesario; que mantenga fértil este amor torrencial hasta que perdamos la cuenta de los años juntos y, en senectud, se haya borrado todo, menos tu nombre, de mi vocabulario; que nos mantenga juntos a pesar de todo o por ello mismo hasta que sea la muerte, bendita muerte, la que nos separe.

Cuando voy al trabajo, bienamada, escribo estas líneas que solo tratan de decirte cuánto te amo, aunque a veces no logre ser el compañero que mereces, aquel que tanto deseo.