Cuento lumpen: Lonzo, el tarumba

La señora rompe en llanto y asegura que lleva tres días sin saber nada de su hijo. Que comprará el “Q’hubo”. Que no tiene otra alternativa. Que seguirá buscando. Yo me encomiendo a la virgen y aunque nunca había creído, ahora me siento sin piso bajo mis pies.

 

Por: Diego Firmiano

“Un hombre muerto no puede ir hacia la muerte”

Ka-Tzetnik Nº 135633

 

Alonso, o “Lonzo”, no quiere buscar más a Daniela. Dice que regresará en la noche con un poco de dinero, y que debe superar los celos que lo están matando. “Es una vida difícil”, dice entre dientes mientras vamos a la cancha principal del barrio. No entiendo qué quiere decir por difícil. Pero se apresura a decir que, a personas como nosotros, que vivimos alrededor de la ciudad, nos tocó una suerte diferente. Señala con sus dedos como si fuera un maestro que los jóvenes nacidos en los noventa debemos “lavar carros”, “coger café”, “vender periódico” y haciendo un silencio sospechoso agrega: “hasta robar”.

Lonzo nota mi mirada inquisidora.  “Eso sí es difícil”, anoto.  Pero sigue diciendo como si fuera un experto que las leyes protegen a los ladrones y acusan a los necesitados. Que todos los días los políticos, los contratistas, los abogados y otra caterva de gente. “Caterva” resalta, quita a los pobres lo que estos merecen por derecho. Me quito la gorra y lo golpeo. “Te estás poniendo político con esas palabras”, él se santigua y escupe. “Primero muerto que ladrón” y me empuja.

Ahí abajo donde estamos, en el barrio, las cosas pasan como de costumbre. Los proveedores de leche, pan, licores, hacen sus ventas en las tiendas pequeñas. Lonzo acciona un encendedor y no deja de recordar la muerte del chancero. “¿Te acuerdas del hombre que mató Rubén?”. Hago silencio. “¡Fue un accidente!, lo fue”, enfatiza. “El muchacho solo quería los billetes, pero sus nervios le hicieron apretar el gatillo y zass. El resto es reguero y noticia”. No respondo nada, pues recuerdo que Rubén fue asesinado dos meses después, sin que la policía lograra sospechar que el autor de ese espantoso crimen yacía en San Camilo. Él prende un cigarrillo.

Nos apostamos en la malla metálica que rodea la cancha de fútbol  y una furgoneta a toda velocidad frena en seco delante de nosotros. Lonzo palidece. Piensa que es otra vez esos ensayos judiciales de acierto y error donde con lista en mano desparecían a las personas para nunca más regresarlas. Yo me quedé frío, esperando.

¡Muchachos! Necesito ir a la carrera séptima, ¿saben la ruta? Es una voz ronca.

Nos hacemos señas con los ojos, pero confiamos, ya que es solo un hombre. “Viejo, podemos llevarle, pero si nos da la liga”. El hombre gordo de bigote bien cortado y vestido como trabajador de empresa pública, acepta.

Subimos a la cabina del carro y una mezcla de olores en el interior fastidia a Lonzo. “¿A qué huele?” pregunta. “Es pintura”, agrega rápidamente el hombre. “Pintura de aceite, agua, y uno que otro elemento de la industria. Es un pedido, pero como dije, no conozco la ciudad. Entrego y luego sigo para Manizales”.

La furgoneta acelera por la avenida de la Américas, baja por el Jardín, toma la avenida 30 de agosto y sube hasta el centro donde buscamos la carrera sétima y el almacén “Pintura Max”. El local es grande y llamativo.

¿Aquí es?, pregunta el hombre.

. Lonzo se apresura a responder y nos bajamos. Yo espero la liga para poder regresar al barrio, pero Lonzo se queda pensativo un momento. “Señor, si desea podemos ayudar a bajar los productos”. El hombre cavila y acepta. “Pero sin regar nada, y obedeciendo lo que digo, muchachitos”. Yo miro a mi amigo y no encuentro una razón para quedarme ni tampoco para irme. Y empezamos a descargar las pinturas.

Dos tarros en cada mano y uno que otro bulto de masilla, botellas de aguarrás, paletas, etc.  “May, has notado que unos envases pesan más que otros”, llevo mi dedo a la boca indicándole que debe hacer silencio. “Voy a destapar uno”. Y me encrespa los nervios. “Si nos pillan, pueden echarnos a patadas”. Lonzo se hace el de la oreja mocha y abre uno sin que el dueño se entere.

Sus ojos resplandecen porque no puede creer lo que está viendo. Unos baldes tienen dinero en efectivo, otros contienen dosis de heroína empaquetada en manojos pequeños. “Boba, se nos apareció el niño Dios”, dice efusivo mientras sus ojos cambian.  “A qué te refieres?” y me muestra lo que hay dentro. Miro asustado a todos lados como un animal de presa y ruego que deje eso como está, pero Lonzo no hace caso y toma un puñado de dosis de heroína y lo esconde en su pantalón. Yo deseo irme del lugar. No me siento seguro y trabajo más rápido para terminar y salir en dirección a casa.

“No seas gallina, esto es lo que está dando plata”.  Hago como que no lo escucho.  El hombre nos despide con veinte mil pesos en la mano sin sospechar nada y ambos desaparecemos lentamente y confiados.  “El viejo sabe dónde nos recogió, Lonzo”. Sin mirar hacia atrás, toma mi hombro. “¿Y qué? Buscará casa por casa. No seas idiota”.

Me ruega que lo acompañe donde el Mono Jurado. “¿Dónde el Mono? Ese material es muy malo ¿y qué haremos allá? No tengo plata”. “Es que hay que ser muy bobo como usted May, no ve que vamos a vender esto” y saca de nuevo casi 100 sobres de Heroína como si fueran golosinas. “Nos meteremos en problemas”, digo con miedo. “¿Problemas? Problemas es vivir sin tener con qué comer, y esperar a ver que cae de arriba”.

Lo sigo en la ruta y bajamos por la avenida del Río hasta la casa azul. “Boba, te espero en la esquina”. Lonzo me hace un gesto de desprecio y va a negociar la droga. Después de cinco minutos de esperarlo me siento incómodo. No sé si ir a buscarlo, o pensar que me hizo la vuelta al vender las bichas e irse. Espero un poco más, y regreso a mi casa donde me interno pensativo en la cama. Recreo en mi mente la escena del Calvo y yo cuando escapamos de la cárcel. De cómo regresé a casa por el caño y también me había encerrado varios días pensando qué sucedería con él. Así pienso en Lonzo.

Tocan la puerta de la casa y Edith, mi madre, abre.  Por la voz supe que era doña Asceneth. Escucho que habla con mamá, pero no puedo entender nada. “May”, escucho detrás de la cortina del cuarto. “May, doña Asceneth pregunta por Alonzo. Dice si lo has visto porque no aparece”. Me enrosco en las cobijas y mascullo. “No sé, la última vez lo vi en la cancha, subió a un auto, no sé nada más”.  La señora rompe en llanto y asegura que lleva tres días sin saber nada de su hijo. Que comprará el “Q’hubo”. Que no tiene otra alternativa. Que seguirá buscando. Yo me encomiendo a la virgen y aunque nunca había creído, ahora me siento sin piso bajo mis pies. Espero un día también encontrarlo.