Le gustaba que le hablara de ese personaje sobre el que leía y releía los mismos libros, un tal Maqroll.

 

Por / Jáiber Ladino Guapacha

 

I.

 

El ingeniero Jaramillo acertó al buscar a “La cacica” en lo alto del cerro San Benito. Muchos le sugirieron ir al río, nadando parecía quitarse de encima cualquier enojo. Jaramillo no la imaginó invadida de ira, sino sedienta de diálogo. Tenía un secreto y por eso necesitaba dejar ir la mirada en vuelo por la cordillera. Así el viento despejaría del nubarrón y volvería el atardecer luminoso en el que los problemas adquieren su verdadero tamaño.

La llamaban así, “La cacica”, aludiendo a la fuerza de su mirada y de sus brazos, a su ceño fruncido y sus hombros anchos, a las pocas palabras que salían con la gravedad necesaria para convertirse en orden. El ingeniero prefería llamarla Delia, le parecía irrespetuoso dejarse llevar por el prejuicio de la gente común con la que tenía que trabajar.

El ingeniero Jaramillo tuvo que contratarla como cuota para acercar a la comunidad indígena, reticente a la implantación de un proyecto minero con capital extranjero en las cercanías de sus territorios. La obligación se volvió pronto complicidad. Ella lo amaba sin atreverse a insinuárselo, convencida de no merecerlo. Su imaginación no consentía que él la abrazase, sino que siempre era ella la que terminaba por asfixiarlo. En su paso por la secundaria, el maquillaje y el chisme de sus compañeritas fueron menos tentador que el polvo y los empujones con los muchachos detrás de un balón. ¡Y el ingeniero era tan fino! Tan pequeño e inteligente, sin una palabra de más ni una sonrisa menos. Tenía un cuaderno cursi con las cartas que le escribía en las noches estrelladas de Monte Guerrero, en las que escribía las expresiones más cargadas de afecto con las palabras de la lengua materna que cada sábado le recordaban en la escuela indígena.

Delia había sido contratada como secretaria de asuntos territoriales y su tarea consistía en establecer la comunicación entre los representantes de la multinacional y los campesinos de la zona. Detestó su trabajo desde el momento en el que la eligieron para tal fin. Sin embargo, esa desconfianza también se convertía en el principal motivo para aguantar: necesitaba reunir la información suficiente para defender a los suyos en el momento preciso.

Con el correr de los días, Delia se convirtió en la asistente personal del ingeniero. Lo amaba y disfrutaba de su compañía. Le gustaba que le hablara de ese personaje sobre el que leía y releía los mismos libros, un tal Maqroll. Y cuando él se emborrachaba y ella lo llevaba hasta su habitación en el campamento, disfrutaba esos poemas recitados en medio de la ebriedad y escritos por un tal Álvaro Mutis. Lo desnudaba, doblaba sus ropas, lo cobijaba. Lo deseaba, pero huía a su habitación para masturbarse pensando en su piel tan blanca en el abdomen, sus vellos rubios, sus ojos risueños y lejanos por la borrachera.

Eso sí, en la primera semana de correrías por la montaña, Delia supo de la existencia de Dulce María, la prometida de su jefe. Por las fotos que vio de ella a través de las redes sociales de la empresa, la amó también. Una joven estudiante de periodismo, próxima a graduarse. Tierna, popular. Se movía en el medio de artistas y actores más reconocidos del medio. Se castigaba repasando las fotos de ambos para marginarse de cualquier coquetería de más. Él no era el prototipo de hombre con el que alcanzaba a soñarse. Su compañero tendría que ser de la misma parcialidad, en algún momento, unas copas de más que desencadenaran una compañía estable. Quizá no le leerían Proust ni le cantarían boleros ni le prometerían La Habana como luna de miel, pero estaba convencida de que debía anteponer sus gustos a la estabilización de su comunidad. Tenía que alejar esa tentación de desdibujar su tradición por la aparición de la novedad. Pero ¿qué tradición si a los jóvenes los acompañaban emisoras dispuestas a implantar el reguetón como discurso amoroso?

Por eso Delia era una mujer de pocos amigos. Vivía atormentada con las preguntas por su identidad, por el libreto que debía seguir en la tragicomedia de un puñado de nuevos colonos avanzando sobre los vestigios de una etérea colectividad.

Aun así, lo único cierto que tenía era su amor por el ingeniero y de ahí su fervor en cuidarlo, protegerlo y en destruir todo el proyecto desde dentro cuando él se fuera con Dulce María, ya como su esposa, a esa luna de Miel en Egipto y la India. Cuando él se fuera a trabajar con los árabes en Qatar, se inmolaría.

Eso explica por qué se atrevió a levantarle la mano a Dulce María en la mañana.

En la noche anterior, Jaramillo estaba triste y quiso tomarse unos tragos. La visita de su prometida parecía no alegrarle de a mucho. Sintonizó la 94.3 y en la música pop rock de los 90 intentó diluir sus propios fantasmas en cada lata de cerveza destapada. No quería estar solo ni tampoco sentía deseos de hablar: el chat en su celular lo tenía ahogado. Delia supo que era importante esa conversación y que debía ser alguien con mucho peso en el pasado del ingeniero, así que fingió interés en las novelas viejas que le habían llegado al ingeniero: Risaralda, El río corre hacia atrás, Un campesino sin regreso, Tomás, La bruja de las minas… algo planeaba su ávido lector que ahora se interesaba por comprender lo que tantísimos años atrás habían dicho del campesino y el minero de esta región.

Jaramillo se durmió con el teléfono en la mano y la ropa de trabajo del día. Delia lo contempló triste de su tristeza, cumplió una vez más su ritual de desnudarlo, empijamarlo, sin curiosear ese chat. Puso a cargar el celular y se atrevió a revolcarle los cabellos y besarle las manos. Pronto llegaría Dulce María y ella tendría que seguir su silente aparición en el trasfondo, junto a la sombra de los perforadores.

No era la primera vez que el ingeniero abrevaba sus nostalgias en las noches de la semana laboral, pero sí se inauguraba en llegar tarde al desayuno en el campamento. Delia se asustó ante su ausencia y se dirigió a la habitación en la que lo encontró todavía dormido. Lo despertó y eligió sus ropas mientras se duchaba. Su jefe la exoneró de salir a campo pidiéndole que se encargara de organizar el cuarto y airearlo un poco. Delia aceptó sin mayor inconveniente convertirse en la mucama de su príncipe azul, pues atender su espacio íntimo era un premio a la confianza que le había ganado. Pronto tuvo todo listo y entonces inició lo inevitable: contestó el teléfono de Jaramillo cuando Dulce María llamó para avisar que había llegado a San Antonio de Paredes, el pueblo, y que ya se disponía a abordar el transporte hacia el campamento en Monte Guerrero.

Delia curioseó el chat de Jaramillo.

Lo que encontró no la sorprendió, pero supo que no era conveniente que Dulce María lo leyera. Así que decidió apagarlo y quedárselo para entregarlo a su dueño. Y así habría pasado, como debía haber pasado, de no ser porque la prometida se creyó con el derecho de exigirle el teléfono de su novio. Delia, convencida de que debía salvar ese matrimonio, se negó hasta exasperar a la tal María que renunció a cualquier asomo de dulzura gritándole india, arepera, una y otra vez, hasta que Delia no la aguantó más y sacudiéndola, terminó empujándola en el césped del jardín. Tomó su caballo, ensillado desde que sabía que podía disponer de un día libre para ir a visitar su familia, y corrió rumbo al río, hasta que decidió cambiar de ruta yéndose al cerro.

– Delia, ¿tú me amas? –intenta Jaramillo establecer la conversación.

– Tanto como para librarlo de ese infierno que será su matrimonio, no. No, Jefe –sonríe Delia-. Quizá puedo querer más a ese diablillo de novia que tiene. Quizá algo de solidaridad de género que llaman me obligó a detenerla. Hay cosas que las mujeres no deben saber de sus hombres. Eso de conocerse muy bien es dañino. ¿No cree?

– No sé qué quiero creer -responde Jaramillo sentándose a su lado y masticando un espartillo-. Por ejemplo, no sé qué voy a hacer contigo. Representas a los indígenas que quieren sacar del territorio el proyecto minero, pero fuiste grosera con mi novia, un mes antes de nuestra boda. Ahora ella está convencida de que tengo otra y que te di la orden de proteger ese celular para que no conociera la realidad de mi “otra mujer”.

– ¿Ella sospecha eso? ¿Por qué no sospecha que yo soy esa “otra”? ¿Acaso le parezco “machorra”?-, se ríe Delia, fingiendo afectación y recordando todos los insultos de los que fue víctima.

– ¿No era más sencillo borrar la conversación?- le pregunta frunciendo los labios el ingeniero.

– El amor necesita testimonios, Jefe -responde con seguridad Delia y se levanta para sacarse el celular, lo enciende, busca la conversación y se sienta detrás de Jaramillo, abriendo las piernas para acunarlo, lo recuesta en su regazo y leen el chat.

 

II.

Cóndor:

¿Una conversación o puede ser entrevista? ¿Planificas las historias al detalle antes de escribirlas o simplemente utilizas otras alternativas como vivencias propias o conocidas para hacerlo? ¿Cuánto de tu tiempo utilizas para escribir? ¿Cuándo estabas escribiendo tu primer libro, que no sé si es el único hasta el momento, cambiaste muchas partes al final debido a nuevos e interesantes recuerdos? ¿Tu área o rincón preferido para escribir? ¿Qué es lo que consideras es tu mayor estímulo para la creación literaria? ¿Piensas o te acuerdas de mí cuando has escrito? ¿Más que tú amor me consideraste tu amigo? ¿Qué viste en mí que no viste en los demás? ¿Te arrepientes de haberme casi violado en tu casa? ¿Qué no hiciste o no dijiste que hoy en día te cause remordimiento? No sigo porque si tengo mucho por preguntar y de todo tipo. Espero respuestas.

 

Jaramillo:

Uf, cómo me gustaría pensar que casi todas esas preguntas me van a hacer, pero no, no son sobre mi obra sino sobre el proyecto minero. Yo no lo iba a violar… ja, ja, ja… es de lo único que me acuerdo bien…  de que usted era sedosito

 

Cóndor:

Cómo así, yo estoy esperando respuestas. No sea grosero, o es que porque son mías no son válidas.

 

Jaramillo:

Son muy válidas y de verdad me encanta pensar en responderlas. Planifico mucho antes de sentarme a escribir pero cada vez que lo hago sé que el texto se va escribiendo distinto a como uno lo sueña. Trato de escribir con frecuencia, o de corregir, hay días más creativos que otros pero todos los días busco algún momento para alimentar la creación. Escribo en la pieza que tengo en el campamento. Me encanta escribir en hoteles. Uf, eso sí que me pone creativo. Uno de los personajes de mi primera novela lleva tu nombre. Yo no sé si usted se acuerda que una vez en un papelito me escribió que íbamos a ser amigos por siempre. A mí me dio risa y usted lo tomó y lo rasgó. Yo no sé si fue en serio que se molestó o era drama, pero en ese momento deseé que fuera cierto que usted quisiera ser mi amigo siempre.

 

Cóndor:

Marica, usted siempre tratándome mal, gonorrea. ¿Te acordás que en semana santa nos encontramos y te fui a saludar efusivamente de abrazo y vos me rechazaste? ¿Lo recuerdas?

 

Jaramillo:

En el viacrucis… no es rechazo, en serio, yo te he querido, con ganas y a veces yo quisiera abrazarte y decirte que estás bello. A veces es difícil creer que un hombre como vos pueda fijarse en los detalles. Tienes el mundo a tus pies y todos te adoran.

 

Cóndor:

¡Sí lo recuerdas! Eso quiere decir que lo hiciste adrede. Eras consciente de lo que hacías Uf, qué triste Jaramillo. No se vale. Me hiciste sentir muy mal, y yo a pesar de lo mucho que jodía, nunca busqué hacerte sentir mal. ¡Y por eso me rechazaste 15 años después!

 

Jaramillo:

Dicen que tengo buena memoria. Yo no sé qué es dejar de querer.

 

 

Cóndor:

¿Por qué se detuvo esa vez en su casa? Quién sabe nene. Hubiese sido diferente, a veces solo se necesita un empujón.

 

Jaramillo:

Quizá yo temo de quererte más, o temí. Fuiste el primer hombre que quise con conciencia. A nadie le había dicho que quería a otro hombre, pero en Medellín, hablando con mi mejor amigo de ese momento, César Arboleda, tu nombre apareció y con él entendí que no tenía por qué avergonzarme. Me detuve porque pronto nos íbamos a graduar y no sé, me puse a pensar en que le ibas a decir a todo el mundo y no podría ir a la ceremonia y haría el ridículo, pura mentalidad de enlatado gringo.

 

Cóndor:

Total. ¿No crees que si hubiese pensado en eso me hubiese dejado? Si te dejé avanzar y no reclamé ni grité ni me enojé… Nene, me tenías listico, como dicen ahora.

 

Jaramillo:

Ja, ja, ja. Pero así estuvo bien aunque me haya masturbado jijuemilveces pensándolo.

 

Cóndor:

Para que te arrepientas de ser dormido. Hasta usted me debe varios pajazos. Diré, como cuatro seguidos recordando las caricias de ese día. Luego cuando llegué a Montería tuve un par de oportunidades. Después cuando nos encontramos que estabas con tu “novio”, con ese man español, el tal John Alex, dos cervezas más y les pido trío.

 

Jaramillo:

Ese man no es español, es caleño. Iba para la península, es cierto. Pero no era mi novio, nunca lo fue. Parce, hermano, ya es como medianoche. Mañana tengo que madrugar. Además mañana viene Dulce y tengo que ser el novio juicioso y usted me tiene empalmado.

 

Cóndor:

Listo, despácheme como siempre. Yo no sé, mi esposa no está. Si quiere hacemos videollamada.

 

Jaramillo:

Viejo, no. Me encuentra Dulce deslechado y esa vieja es ninfómana ja, ja, ja.

 

Cóndor:

Hermano, no se case.

 

Jaramillo:

¡Quién me lo dice! ¡El más perro de mis amigos!

 

Cóndor:

Sabes que cuando te leo siento como si estuvieras en frente mío. El leer lo que escribes, te describe tal y como te recuerdo. Besitos. Ahí te va mi nude.

 

 

III.

Cuando terminan de leer, el ingeniero le comparte el chat a Delia, incluyendo la foto del amigo desnudo, le pide que lo imprima y lo conserve para hacerlo literatura de alguna manera después y borra la conversación de su celular.

– Gracias por el intento pero me caso. Está decidido -suspira Jaramillo con la tristeza inundándole la mirada-. Ahora bien, me gustaría que así como sabes tanto de mí, pues que yo también pueda llevarme tu mayor preocupación y si existe alguna manera de retribuir el favor pues dime.

– Como La cacica que dicen que soy –inicia su discurso Delia-, me preocupa que desarrolles tu complejo de extracción en la montaña sagrada de mis ancestros. Hay todavía un largo camino por recorrer y apenas somos peones en el tablero de un cansado novelista que siempre expone su reina. Vencerte es una tarea fácil, así que antes de batallarte te pediré dos cosas: que retrases tu boda y que nos lleves al Cóndor y a mí por el Caribe. Una vez repuestos los ánimos, la pelea será a muerte. ¿Te parece?

El ingeniero casi no la deja terminar para besarla, quitarle la ropa y naufragar en los territorios indios horadando su fiebre de oro.