Donde mueren las hadas

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Por: Alex Noreña

La cuerda oxidada dejó sonar el reloj hasta desgarrarse, ya no imita el tiempo de los otros. Antes que esto sucediera, había caminado hasta alcanzar el parque, allí el vértigo me inundó las emociones. Cuando todo se detuvo, caí lentamente guiado por un remolino que se hizo en mi cabeza.

Giraba acompañado de una luz que desterró las imágenes de afuera, hubo luz, luz blanca y pálida que me llevó hasta la oscuridad espesa.

Llegué al bosque, uno siniestro de donde surgieron mis antiguos temores. Una loba quiso devorarme, no pudo con mi carne rolliza.

Tres osos me pidieron regresara al lugar de donde había venido, advirtieron enojosamente haber sido asaltados…

Comí una manzana, ésta se pudrió al instante en las manos, no morí como mueren los seres encantados.

Seguí un camino de migajas, me condujo a las cenizas de una casa, olía a caramelo quemado, como cuando mi abuela nos fabricaba, a todos los nietos, turrones de panela…

Siento que he llegado a un mundo que no esperaba mi presencia, arribé a estos límites de mí, el verde se confunde con la brisa densa del aire, verde era la vida.

Mueren las hadas en los lagos, sedientas al no poder beber el agua de la imaginación, todo a causa de no haber soportado estas ganas de orinar ¡son tan humanas!

No estoy hecho a la medida de esta creación. Un Trol que es lo más agudo de estas tierras, desatiende mis razones, me culpa de no preservar no sé qué equilibrio. He dañado algunas cosas sin querer, todo es tan frágil y desolador en estas hojas que se pliegan como la vida…