Un periódico del que hoy no queda rastro, en busca de «intelectuales» para inaugurar su sección «cultural», me había contactado para que escribiera algo sobre uno de los temas de mi dominio.

 

Por / Jens Gärtner 

Esperará alguno entre quienes lean esta confesión un gesto similar al del sabio Pascal, quien calificaba de fastidiosa burguesía el que un escritor reclamara propiedad sobre su libro, su comentario, su historia. «Harían mejor diciendo: “Nuestro libro, nuestro comentario, nuestra historia”, etc. Visto que de ordinario hay en ello más cosecha ajena que propia». Den por falsada esa ingenua atribución, ni «la humanidad» ni «la historia» ni «la tradición» me poseen, y consientan que les dé un consejo: conjuren de sus propias vidas tan ridículo ensueño, que la vida es muy corta y no le cabe a cada hombre sino una.

Otros pensarán que vengo a admitir un plagio bien disimulado. Algunos de ellos, los que van de vanguardistas, estarán esperando ansiosos a perdonarme, justificados en que «la originalidad no existe» o en que «un escritor no es sino las glosas de su biblioteca» o en algún otro embuste más o menos ingenioso. ¡Cómo se saborearán de gusto imaginándose descubrir que el autor de Trismegisto vive de riquezas inmerecidas, usurpadas a otro autor escondido! Me los imagino: «¿será de un amigo suyo, si es que tuvo, que murió en el olvido?, ¿de un novelista alienado por los movimientos literarios?». No lamento decepcionar sus malhabidas conjeturas. No encontrarán en Trismegisto una sóla línea atribuible a otro. ¡Búsquenla, si es que no tienen mejor empresa en que ocuparse!

Cuando puse en el papelito de la distribuidora de Olivetti aquello de que el λόγος fue primero, único gesto mío entre novecientas noventa y nueve páginas que hoy admito ajenas, no pretendía escribir una novela. Fue un acceso de hibris harto menos encomiable.

Un periódico del que hoy no queda rastro, en busca de «intelectuales» para inaugurar su sección «cultural», me había contactado para que escribiera algo sobre uno de los temas de mi dominio. Antes que a mí, le habían pedido columnas a varios más que tenían por sabios. Nicolás, ocupado en su biblioterapia, rechazó la invitación. Danilo, que se encontraba arrobado por sus investigaciones sobre la técnica y el humanismo, también. Lo mismo Germán, abocado al estudio del «Libertador». Muchos más nombres debieron de pasar sobre la mesa antes de que se barajara el mío.

Antes he descrito someramente, pero con suficiente claridad, mi gloriosa cincuentena, llena de jovencitos y méritos y buena salud. Ha de tenerse presente este cuadro si se ha de comprender el patetismo de lo que pinto a continuación:

Un escritor menor trabaja en su casa. No hace un ensayo ni un relato, sino que enmienda las erratas que a diario deja en las partidas de nacimiento su idiota empleador, un notario de inmerecida reputación en la capital. De súbito, un sobre se asoma por el quicio de la puerta de su apartamento emitiendo un silbido al rozar el metal. El escritor detiene su tarea y lo toma. De tan pequeña que es su morada, no necesita levantarse de su asiento en la sala de estar. Advierte de inmediato que en la información del remitente aparece la palabra Editores. Lo invade la excitación. Abre el sobre. Se precipita hasta el tercer párrafo (el único importante en cualquier epístola):

Reconocemos la importancia y sensibilidad de sus reflexiones en el contexto académico de la ciudad. En particular, aquel artículo a propósito de la primera traducción francesa de las Meditaciones metafísicas de René Descartes publicado en la revista universitaria… y el texto de la defensa de su tesis doctoral, El destino del intelectual colombiano tras las conjura del latín de los programas oficiales de educación primaria y secundaria. Con base en esto y en ocasión de la próxima inauguración de la sección cultural de nuestra revista, el comité editorial ha decidido invitarlo…

La excitación se vuelve efervescencia. ¡Al fin, el reconocimiento que merece! Durante tres semanas brinca sin descanso de libro en libro, esculca entre sus notas, subraya, glosa, marca, dobla, separa, junta y escribe. Está decidido a elevar el género columna.

Grabado / Stolcius von Stolcenbeerg (1624)

Si pudiera hablar con ese que ya no soy, ¿qué le diría? Que se avergüence, seguramente, que lo que pretende es pueril y estúpido, que nadie puede elevar la literatura sino elevándose a sí mismo y que el cometido que se ha impuesto, por el contrario, sólo conduce a la bajeza espiritual. Pero no puedo hablarle. Mi única opción es observarlo trastabillar a través de la ventana de la memoria.

En la víspera de su cumpleaños número treinta y tres, al escritor sólo le falta, para dejar listo el borrador, la primera frase. Sabe que debe decir algo potente y seductor.

«Heidegger nos enseñó que el lenguaje es la casa del ser». No.

«Sólo en la palabra podemos encontrar…». No.

«El progreso de la razón ha relegado la inherente función mágica de la palabra a los saltabancos del esoterismo. Hemos olvidado que todo el que pronuncia una palabra es un mago». ¡No!

«… el que pronuncia una palabra hace magia…». ¡Menos!

«… toda palabra es mágica…». ¡No!

«Desde tiempos inmemoriales…». ¡Tampoco!

Con cada intento se hace palmaria la vacuidad de su escritura. ¡Patrañas, patrañas y más patrañas! Lee lo que ha escrito más abajo: «… así pues, desde Homero hasta Nietzsche, pasando por Agustín y Montaigne, encontramos un hilo en cuyas hebras…». Lo vuelve a leer: «… a continuación, trataré algunos ejemplos que evidencian que, conjurados el estilo y el azar, sólo un genio puede decir algo genial…». Insiste en leerlo, ¡algo de valor tiene que haber!: «… la poesía, el más efectivo vehículo que puede hallar el pensamiento…». Tacha, corrige, reescribe, vuelve a tachar. No hay caso. Se sienta en su máquina de escribir, redacta un saludo procurando ocultar, al mismo tiempo, su desazón actual y su emoción anterior. Al tercer párrafo, hilvana su rendición:

No por mi propia voluntad, sino por complicaciones laborales y personales que ocupan mis jornadas, me veo en la penosa necesidad de rechazar su invitación a hacer parte de este proyecto. Reitero mi agradecimiento y espero poder compartir con ustedes alguno de mis escritos en el futuro próximo.

Fracasó. Naturalmente le molesta, pero no tiene tiempo de asirse a su decepción. Lo mejor es ponerse al día con su empleo oficial.

Quita una coma. Se pregunta si eso es lo único que puede hacer con su arte. Coloca una tilde. Intenta convencerse de que no tendría nada de malo. Puede que tenga algo de noble enmendar los mamarrachos del notario. Rectifica un verbo mal conjugado. Sabe bien que las partidas de nacimiento son, hasta donde pueden serlo, preciosas una vez han pasado por sus manos. ¿No será esta su propia manera de darle dignidad a la vida y a la muerte? Reordena una oración. ¿Por qué obsesionarse? Ya están escritas todas las obras maestras. Dispone, sin espacios, diez guiones largos sobre los que su empleador ha de firmar y poner su sello. Lo que produce es verdadero, más verdadero que cualquiera de las noveluchas y tratadillos que ha parido el siglo que corre, ¿qué importa que otro se lleve el crédito? Levanta la varilla sujetadora, saca el documento y lo posa, bocabajo, sobre el montón de terminados. Sí, está bien, no hay que llorar por no estar destinado a cosas grandes, porque ya no hay cosas grandes a que estar destinado.

Reinicia la operación. Empieza a escribir la fecha: día tres del tercer mes. Suena un chasquido. Teclea el año para ver si se repite, pero todo parece en orden. Lee rápidamente el acta de defunción que ha puesto sobre su rodilla y empieza a traducirla. La termina de un solo tirón, saca la hoja del aparato y la mira. Está en blanco. Vuelve a insertar la hoja y escribe, esta vez fijándose en qué pasa. La guía cinta se averió. Se ríe un poco. Todavía es temprano. Si se apresura a llevar la máquina a reparar, mañana mismo la tendrá de vuelta. Al fin y al cabo, un descanso podría caerle bien. De paso puede enviar su denegación al periódico. Mientras recoge todo para salir a la calle, le parece que se ha vuelto un hombre magnánimo y sensato.

Ver primera parte acá. Publicado originalmente en La gruta literaria.

 Twitter: @skttrbrn