Escribo desde mi cama. Puedo levantarme, no quepa duda, y hacerme cargo de mi cuerpo. Asearme, alimentarme, por no mencionar otras funciones a que todos nos vemos constreñidos, todas estas mundanidades son todavía de mi exclusivo ejercicio. ¿De dónde más podría alimentar su orgullo un hombre viejo y testarudo? Pues debo decirlo: vivo de mi orgullo. Mi soledad es mi cosecha y ¡con cuánto amor la he cultivado! Y a los románticos que se sientan tentados a contestarme que les quede algo muy claro: nunca se interpuso mi predilección por la vida huraña al esporádico disfrute de la compañía, ya fuera de almas más cultivadas que la mía —de esas quedan pocas a estas alturas del camino— o de cuerpos mejor esculpidos —que son ya casi todos—.

Hace treinta y dos años que habito este palacio. Setenta y cinco metros cuadrados tiene, y dos alcobas y un baño. A la misma hora, con el mismo ángulo y por la misma ventana, los mismos rayos del sol me despiertan; no hay precesión ni bamboleo que perturbe la quietud de este aposento. No preparo desayuno. Un vaso de agua y tres galletas bastan, acaso cuatro si amanezco con uno de mis arranques de audacia. Sólo por un breve lapso de mis años más gloriosos cociné, compelido por la querencia. Terminada mi rutina matinal, vuelvo a mi lecho y escribo.

No siempre escribí acostado. Hace veinte años, mientras terminaba Trismegisto, era la única posición en que no escribía. Imaginarán ustedes el cuadro: ¡un cincuentón guapo, erudito y con el ímpetu de un mozo! Pero el ímpetu se acaba, y la guapura, y nada puede hacer la inteligencia para revertirlo, por mucho que se eleve. Ahora que duele estar sentado y cansa estar de pie, no puedo escribir sino acostado, no pienso sino en mi cama. El sabio Cartesius, quien convaleció desde la niñez, debió inferirlo: iaceo ergo sum.

Es cierto que Trismegisto ha sido mi producto más logrado. Un buen crítico la calificó como «perfectamente balanceada», y aunque siempre sean odiosos los elogios que disimuladamente alaban a otros, nunca me resultó demasiado desagradable que la llamaran «la novela que Borges no escribió». A menos de un año de publicar el segundo libro, el primero había sido traducido a 62 idiomas. Por el público hispánico y estadounidense no devengué mayores regalías, ¡y eso también me enorgullecía! En cambió los alemanes y los franceses, mucho más dignos de mi prosa, me sumaron rápidamente a los clásicos contemporáneos (y, permítaseme decirlo, si no encabecé las listas de mis doctos lectores, es porque hasta el arte más fino de vez en cuando juega a la burocracia). Constantemente recibía cartas de mis traductores, adjuntas a manuscritos llenos de glosas en que me explicaban el mimo imprimido en conservar las sutilezas de mi castellano. Incluso vino un jovencito checo, Jan, a entrevistarme; se doctoraba en la Karl-Marx-Universität. Con su tesis pretendía demostrar la influencia de Trismegisto en la Revolución de Terciopelo. «Ad Corpus Sovieticum: Trismegistoss Ausgang aus dem Corpus Hermeticum und seiner Einfluß auf die Samtene Revolution» era el título. No sólo eso, fue mi libro lo que inspiró a Jan a aprender español. ¡De fantasía! ¡Un jovencito —hágase de cuenta un Kafka, pero con los ojos llenos de brillo y el cuerpo de tono— que venía desde tierras lejanas a mis brazos y para quien, además, yo era un símbolo político, espiritual! Pero, antes de juzgar como locura mi vanidad, déjenme mostrar cuán capaz soy de modestia: mi admirador se equivocaba, no sólo porque mis intenciones literarias en nada coincidían con las banderas políticas del siglo xx, sino porque no era difícil demostrar que el éxito de Trismegisto fue efecto, y no causa, de las revoluciones de 1989; aunque ningún historiador ha puesto esmero en demostrarlo. Como perdí la pista de Jan, y, pese a su promesa, nunca me envió una copia de su tesis terminada, basándome en mis torpes incursiones en la web, sólo puedo deducir que sus evaluadores reprobaron la monografía y exigieron que volviera a empezar, con nuevo título y tema, por el mismo tiempo en que la universidad exorcizaba su epónimo para restituir el nombre de Universidad de Leipzig.

Cartesius afirmó en sus Meditaciones que pensar es muchas cosas: dudar, afirmar, negar, conocer algunas cosas, ignorar muchas otras, amar, odiar, querer, no querer, imaginar, sentir… «Existo, luego pienso» tendría que haber dicho. Se le hubieran solucionado en cascada todos los embrollos del dualismo, la inmortalidad del alma y la existencia de Dios. Yo, por mi parte, descubrí el verdadero problema que él ignoró, igual que su solución. En su afán por desmarcarse de la sombra de Aristóteles y Agustín, el francés olvidó que a la filosofía no le importa la pregunta por el pensamiento (ni, ya que estamos, ninguna pregunta resoluble por hipotiposis). La cuestión siempre ha sido la misma: ¿cuál es la forma más virtuosa, la mejor forma, la forma más elevada del pensamiento? Pues bien, he aquí la respuesta: es la escritura.

No lo sabía cuando redacté el primer párrafo de Trismegisto. En la escritura, y nada más que en la escritura, el alma realiza su potencia. Se sigue naturalmente que sólo en la escritura se puede medir la potencia de un alma. «Primero fue el λόγος», mi sentencia (y es mía, no del apóstol), lo resume. Escribir es pensar genuinamente; y escribir bien, revelar la verdad.

Era mi trigesimotercer cumpleaños. Mi máquina de escribir se había averiado. Como todos los escritores en los setenta, tenía un trabajo diurno para sustentarme en tanto alguna editorial se resolvía a comprar los derechos de mis cuentos. Lo escribí en la parte posterior del recibo que me habían dado en la única distribuidora que ofrecía servicio técnico para Olivetti en la ciudad. Algún coleccionista pasó un tiempo buscándolo. No tengo propensión a la nostalgia, y de esa anécdota germinal no extraño sino mi caligrafía, entonces inafectada por el túnel del carpo. Lo que pretendo al recordarla es un fin harto más noble que conmover el fanatismo morboso de mis aduladores, que nunca dejan de especular sobre mi método.

Escribir bien es revelar la verdad. Hace tiempo se me antoja comprobarlo. ¿Me atreveré hoy? ¡Sí! Sin más vueltas, la verdad: mi soledad es mía, como mi alma. Mi aposento y mi cama son míos. Mi orgullo es lo más mío de todo. Pero Trismegisto, no.

@skttrbrn

*Publicado en La Gruta Literaria. Ver publicación original aquí.