Quería actuar, pero dudaba sobre cómo hacerlo. Después de pensarlo varios días, optó por esperar el mejor momento que, según él, era cuando hablaran a sus espaldas y así poder sorprenderlos.

Por: Conrado Barrera

Por: Jorman Sebastián Lugo

Ilustraciones: Conrado Barrera

La calle era más ancha que una avenida y no tenía ni 50 metros de larga. Estaba toda pavimentada y contaba con iluminación eléctrica. Las aceras tenían rastros del musgo que crecía otrora y las fachadas de las casas pasaron de estar construidas con vistosos troncos de madera a exhibir especializadas piezas de cerámica. La gente que allí habitaba era alegre y unida, además, eran reconocidos por ser los más ruidosos y rumberos del Porvenir. Su fama incrementaba en cierto mes, cuando la música era estridente; el licor, el líquido vital y la alimentación no tenía visos de ser dietética.

En mitad de la cuadra una casa de dos pisos, balcón y terraza, se alzaba imponente, pues las demás solo contaban con un piso. Allí vivía Romualdo Villegas, un hombre cuarentón, soltero, de anchos hombros, mirada fría y penetrante y voz estrepitosa. Él era quien hacía la diferencia en la calle mencionada, desde su llegada. Era un hombre aislado, apático y sereno. Casi nunca cruzaba palabras con alguien y las veces que lo hacía dejaba gran impresión en estas personas. Las mujeres lo consideraban alguien amargado y tosco, porque siempre se encerraba en su casa antes del anochecer, y solo se le veía al inicio del alba.

Los rumores sobre él no tardaron en salir. El más resonante decía que había asesinado a su esposa con una tijera, cortándole los pezones primero y, luego, el clítoris, para esperar que se desangrara. Los curiosos decían que lo había hecho impulsado por la ira, ya que había descubierto a su mujer poniéndole los cuernos con su mejor amigo. A este no le fue mejor: fue electrocutado mientras se lavaba los dientes. Luego –seguían diciendo–, había huido de su pueblo natal con tanta rapidez que solo pudo salir con el dinero que tenía en su mansión para luego refugiarse en aquella calle y, después de esto, había sufrido una maldición de su suegra, mujer experta en la magia negra, negándole la vida nocturna y los festejos.

Por: Conrado Barrera

Todos los rumores eran ocultados apenas se le veía y las señoras, faltas de oficio, al verlo asomar tomaban aire de distinguidas personas y alzaban sus manos para saludarlo. Cuando se perdía de su vista, seguían hablando.

Algunos de esos chismes e inventos llegaron a los oídos del susodicho. Poca atención le prestaba a tales comentarios, principalmente a los primeros que escuchó. A él le pareció que provenían de una imaginación juvenil y por lo tanto inofensiva. Sin embargo, su tranquilidad se fue viendo alterada por los chismes nuevos que llegaban y más allá de lo que se decía, su alteración provenía por saber de quiénes provenían. Quería actuar, pero dudaba sobre cómo hacerlo. Después de pensarlo varios días, optó por esperar el mejor momento que, según él, era cuando hablaran a sus espaldas y así poder sorprenderlos.

Para perplejidad suya las señoras se fueron olvidando de él y los jóvenes encontraban otros objetos de burla. Villegas se sintió perturbado y desilusionado. Él quería actuar. Mostrarles de qué estaba hecho. Esclarecer los cuentos. Pero no lo pudo hacer. No cuando él quería.

El barrio poco a poco cayó en la anormalidad. Los vecinos no volvieron a ver al extraño hombre. Las mujeres perdieron su humor y sus charlas solo tocaban temas del sexo marital, las dudas cotidianas del almuerzo y sueños horrendos que de vez en vez las levantaban de sus camas haciéndolas pasar en vela. Los jóvenes, entre el fútbol, las mujeres, las canicas y las revistas, fueron pasando su bien aprovechado y productivo tiempo. Las fiestas, que antes solían irrumpir la calma con estrepitosos ruidos, gritos estentóreos y bailes desmesurados, empezaron a perder su frecuencia.

El personaje no había vuelto a salir de su casa. Aun no se recuperaba del giro incomprensible que había tomado todo, seguía frustrado. Hasta que tocaron a su puerta. Vaya sorpresa la que tuvo. Era la mujer más hermosa de la calle y sus atributos hacían fiel reflejo de eso. Nariz respingona, ojos saltones y oscuros, labios pronunciados y de cuerpo artificial. Romualdo apenas pudo mirar la belleza de su rostro. Pero cuando escuchó la propuesta, volvió en sí. La mujer quería saber si podía contar con su compañía para la fiesta de la noche, ya que la única manera de asistir era llevando compañía del sexo opuesto y ella lo había escogido a él. El hombre pensó un momento la propuesta -todo esto pasó en el umbral de su casa- para luego negarse. La mujer, atónita ante la negativa, salió furiosa de allí. En el camino a su casa no lo podía creer. Era absurdo que un hombre la rechazara. Ella, que había salido con 200 hombres apenas en sus 21 años, y había resistido la oferta de otra cantidad importante. Por primera vez, podría decirse con seguridad, que se sintió fea. Sin embargo, una mujer de ego tan profundo no podía aceptar su derrota. Así que formuló un plan para la media noche.

Por: Conrado Barrera

Cuando la noche alcanzaba uno de sus puntos más altos (si es que se puede hacer una diferencia ante semejante bullicio) la mujer, en compañía de dos jóvenes, transportaron una escalera en dirección a la casa alta. Uno de ellos se coló por una ventana, haciendo un rol casi perfecto de equilibrista, porque muy cerca del marco de la ventana pasaban unos cables de alta tensión, que si los llegara a tocar lo hubieran dejado hecho polvo; calle sumida en un tranquilo silencio. Ya adentro tenía que encontrar la habitación donde dormía Villegas, asustarlo, despertarlo y grabar su reacción.

Romualdo estaba en la segunda habitación. El joven se sorprendió porque no estaba durmiendo. El cuarto estaba iluminado por velones y velas. Las paredes tenían un color rojizo. La sombra de Villegas se iba alargando según el movimiento de las flamas. Parecía en un ritual. El intruso apoyó su espalda contra la pared, respiró profundo y encendió la cámara. Lo enfocó. Romualdo seguía concentrado en su ritual. Pasaba con delicadeza un cuchillo sobre un bulto que estaba bien acomodado en una mesa. Tenía los ojos vendados con un trapo manchado de sangre. No se percató de que lo observaban.

El otro estiró su brazo hasta el interruptor. No funcionaba. En su desespero tumbó con sus pies uno de los velones. El ritual paró. Villegas se dio la vuelta y empezó a lanzar cuchilladas al aire. El otro lo esquivaba retrocediendo. El fuego crecía en cada mueble. Salía humo. El joven tosió. Romualdo lo persiguió. Le enterró el cuchillo. Lo intentó otra vez, pero se resbaló. La mitad de su cuerpo salió por la ventana. La mujer y su cómplice vieron al hombre convertirse en polvo, mientras la casa ardía. Esa fue la primera vez que la fiesta se acabó temprano.