EL ORO VALE TANTO COMO LA MIERDA

Muchas veces ignoré las voces familiares que decían que dejara de leer.

 

Por / Kevin Marín Pimienta

Pensaba siempre en un artilugio lingüístico, o en un despiste narrativo que invalidara la solubilidad de mi vida. Hace muchos años amaba los libros. Pero lentamente me fui quedando vacío de cualquier significado. No entiendo mucho cómo funciona el mundo. La creencia inmediata me lleva a la creencia más cercana. Podría decir que me siento perdido porque aún no cesa la crisis. Pero entonces, cuando leía sin parar, comprendí la posibilidad de elegir un mundo entre muchos; después, en declive, de isla en isla, me importó menos el hecho de estar en el universo. Me rendí porque no soy grande, porque rechacé mi presencia. La pérdida del mundo era evidente. Técnica, mágica, sin diversión. ¿De dónde proviene, amantes de los orígenes que somos, esa necesidad de declararse insuficiente?  ¿En qué momento sabía que era yo, alerta contra las escisiones marcadas en mi cuerpo? El mundo nació de infinitas variedades. Llevo muchos meses encerrado, apenas he salido de mi casa para rodear la esquina, son contadas ocasiones. Sobre la ciudad nunca estuve: no sabía de la profundidad de las habitaciones. O de lo que alcanzan atentas a los ruidos de la intemperie, solícitas de la embestida de la noche circular. Antes amaba escribir, copié muchos cuentos y los envié a concursos infantiles que no gané. Recuerdo con especial curiosidad cómo la historia que vi semanas antes dos o tres veces, era imagen movediza plena de palabras. Siempre ganaban las historias sobre violencia rural. Después del colegio también algunas planas sueltas sobre sortilegios escondidos más allá de límites que la inteligencia encargada descifraría. Mi abuela estaba por ahí, queriéndome. No sé en qué momento mi poder sobre la imaginación fue vertido, y se quería deshacer de mí. Muchas veces ignoré las voces familiares que decían que dejara de leer. Fue siendo una prueba actuar conjurando mis pensamientos. Nunca intuí la realidad como mía. De hecho, son muchos años encerrado. El cuerpo apenas lo siento y el fin está cerca. Para quienes duden, no escribo aquí. Hace eones no lo hago. Y, sin embargo, me duele tanto saber que existo. A pesar del reconocimiento, de la sordera, de la extrema invalidez de todo lo que he dicho, hay quienes esperan altivez, cortesía, decencia, progreso, orden en mis juicios. Pienso y no escribo; muchos me han dicho que aprenda a ser yo. No puedo: la vanidad es lenta, bulliciosa. Estoy aquí por impulsos adquiridos, donados generosamente por quienes asumen que tengo un propósito. Digo la verdad todo el tiempo, no convalezco con la mentira. Misterio doblemente terrible porque en la ambigüedad no hay cómo llenarse. Quiero detenerme acá, estoy pensando en un amanuense, algún siervo que lleve las cuentas de la casa. Tampoco debo, la ciudad está sitiada. Me pregunto, más bien, Saint-Simon, de qué piedad hablas cuando muere la reina de un rey, a su lado. ¿Es una desdicha, cumples una ley cortesana? Si el amor es un laberinto, una embolatada siniestra, qué pueden ser los valores comunes, creernos inteligentes, despertar diariamente, azuzar la monarquía, ¡cuánta claridad para esparcir sobre el mundo, y el espacio sideral, ya casi! Fuera de la galaxia habrá piedad. Lo que puede llevar más tiempo será el engaño de los demás, la mentira de no vivir en el paraíso. Llueve, el techo está desbaratándose, voy a dejar que el espíritu entre y dormite. “¡Cree en ti, sé tú, anímate el Espíritu!” no sé quién lo dijo, y no cuesta mucho reflexionar sobre el asunto donde son pocos los amigos. Sé que eres tú. Gracias por comprender silencioso el patetismo que padezco, gracias por no resolver las dudas sobre los trazos que tiene el mundo, por rechazar toda explicación sabihonda del origen, la eternidad del instante inaugurador, así yo entiendo de cerca cuán solo voy, con esfuerzo, regresando a los dictados lisos, con la carencia que hace posible descubrir que se puede desbaratar todo para comenzar.

Autor de la obra en la portada: Daehyun Kim.