Ciento cincuenta, ciento setenta, ciento ochenta, ciento noventa y cinco más cuatro mil quinientos pesos. Ciento noventa y nueve mil quinientos pesos. Omar dobló el dinero a la mitad, lo guardó al lado de un pedazo de postal quemado, pero que aún conservaba la cálida imagen de unas playas completamente blancas, un sol tan amarillo que cegaba y un refrescante mar azul. Cerró la caja de madera donde se encontraba su tesoro y la colocó debajo de su mesita, así finalizó su noche y comenzó de nuevo un sueño, que llevaba aplazando 50 años.

Por: Yhonathan Marín Gómez

Ilustracione: Mariana Patiño

 

1968. 12 años

La mañana en que su sueño llegaría, todo parecía marchar con tranquilidad. Se había levantado a las 3 de la mañana, su abuela le había empacado la aguapanela y él se había puesto la ropa de trabajo: una camisa azul pálido, un pantalón negro, botas pantaneras y un poncho. Salió de su casa hecha de bahareque. Le dio un beso en la frente a su abuela y ella un cariñoso “que la virgen me lo acompañe”.

Caminó por el sendero de piedras y charcos, pasó al frente de las tres casas vecinas: doña Arminta y don Clemente, Don Venancio y sus vacas. Por último el viejo Horacio y su hija Celestina la beata. Otros cuarenta minutos andando y luego esperó un jeep que lo llevaría al trabajo.

La casa de su patrón quedaba en lo alto de una montaña. Era una casa enorme. Tenía un sendero largo a la entrada, con árboles de cañahuate que en temporada dejaban un hermoso tapete de flores amarillas y rosadas. La finca era una hermosa casa republicana antioqueña, de color rojo con verde y flores al borde de sus barandas. Tenía seis enormes cuartos y pasillos que permitían ver toda la extensión de la montaña llena de árboles de café. El dueño de este paraíso era don Juan Clemente González, que vivía en casa con sus cinco hijos y su esposa.

—Buenos días—, gritó Omar esa mañana a las señoras de servicio que se encontraban desde muy temprano limpiando y colocando letreros en la casa. Omar se desvió al cuarto de los obreros, donde antes de empezar el día comían su desayuno: arepa, huevo, queso y café. Después de comer se colgó su canasta, amarró en la cintura su machete y junto a los demás obreros comenzaron a trabajar.

Hacia las 10 de la mañana la figura de su patrón junto a un señor muy alto, de cabello rubio y de piel tan blanca que reflejaba la luz, cubrieron el sol que a esa hora daba justo en la cara de Omar.

—Buenos días jovencito, me llamo “Yorsh”— Dijo en un acento muy extraño la visita del patrón.

—Buenos días, señor— Respondió Omar mientras se quitaba el sudor de la frente — Soy Omar Sánchez, para servirle.

Omar le dio la mano a la visita y siguió trabajando mientras alcanzaba a escuchar a su patrón hablar.

—Ese es Omar el muchacho del que le hablé, don “Yorsh”, trabaja conmigo desde los 10 años. Su padre trabajaba para mí, pero desde que “lo perdieron”—dijo el patrón entre dientes— yo me encargo de darle trabajito al pobre, ya que solo le queda la abuela.

La conversación continuó hasta perderse en el sendero al igual que sus interlocutores, don Juan y don “Yorsh”.

A las 5 de la tarde, Omar se despidió de los demás trabajadores, subió al sendero que conectaba con la casa y desde allí gritó

—Hasta luego— y comenzó su retorno.

No había dado cuatro pasos cuando desde lo lejos escuchó en el mismo acento raro

—Espera— Omar se dio vuelta y vio que don “Yorsh” lo estaba llamando. Así que fue hasta donde él y este le dijo:

—Tu nombre me recuerda unos lugares que he visitado y quiero regalarte esto— De su mochila sacó un sobre de papel. Dentro había tres hermosas postales con fotos del mar. En una se podía ver un anaranjado atardecer, con aves volando a contraluz mientras el sol se perdía en el horizonte. En otra un bellísimo faro rodeado de piedras y arena blanca que contrastaba un mar tan azul que se confundía con el cielo despejado. La última postal tenía palmeras, hamacas y un gigantesco océano de diferentes colores.

Al ver las imágenes Omar quedó maravillado con los colores, con el agua y con la paz que transmitían aquellas imágenes tan bonitas.

Dio las gracias y salió corriendo.

Al llegar a casa, le mostró a su abuela el regalo y no solo fue a ella, sino a todos los residentes de la vereda. Esa misma noche sentenció ante los vecinos y las vacas que lo escuchaban.

—No voy a parar de trabajar hasta poder llevar a mi abuela a estos lugares.

Y dirigiéndose a la abuela, le dijo.

—Abuela, mi sueño será conocer el mar con usted.

Todos rieron y le dieron el mejor de los ánimos. La noche transcurrió y Omar se acostó para comenzar de nuevo, al otro día, la rutina.

Un obstáculo

Omar ya estaba despierto. Tenía sobre su cama la pequeña caja de madera abierta. Estaba mirando el cálido trozo de postal quemado, acariciaba con ternura la mitad de una ola, la mitad de un sueño, la mitad de una vida por cumplirlo. Luego guardó el trozo de postal y sacó, de los ciento noventa y nueve mil quinientos pesos, diez mil pesos, con los cuales tenía pensado pagar un desayuno, un almuerzo y parte de una cena. Cerró la caja y esta vez no la colocó debajo de la mesa, sino sobre la mesa, al lado de una fotografía de su abuela.

1979. 14 años.

Todo dormía en la pequeña casa. Las ollas, el poncho colgado sobre la puntilla, la parrilla de alambres. En el patio reposaban plácidamente una vaca, un perro, cuatro gallinas y el parpadeo intermitente de las luciérnagas. En el único cuarto de la casa descansaban como bebés Omar y su abuela Fidela. En la cabecera de la cama de Omar, estaban puestos con clavos las tres postales que le había regalado don “Yorsh”. Sobre la abuela Fidela, un cristo crucificado vigilaba el sueño de las pobres almas. A la 1:35 de la madrugada, toda la vereda descansaba.

El primer estallido impactó sobre la casa de Omar, haciendo crujir como galletas las débiles paredes de bahareque. Pasó a través de una de las postales haciéndola volar en pedazos y por último impactó sobre el rostro de Jesús. Primero una bala, luego mil.

Los gritos y la desesperación no se hicieron esperar. Omar saltó de la cama, con fuerza despertó a la abuela y la hizo salir a gachas, no sin antes tomar con demasiada prisa las dos postales que aún estaban sobre la pared. La abuela Fidela gritaba por ayuda, mientras doña Arminta lloraba desesperada sobre el cuerpo de su esposo. Más arriba, don Venancio intentaba arrastrar con vehemencia una de sus vacas y don Horacio y su hija la beata, corrían como locos desubicados montaña abajo hacia el río.  Le pareció a Omar lo más sensato en ese momento; después de calmar a su abuela salieron corriendo detrás de ellos. Esa noche las luciérnagas volaban de un lado a otro como estrellas fugaces.

Omar y su abuela Fidela, de 55 años, corrían agitados por entre la maleza y los árboles, con sus pies descalzos y con el calor en los músculos, a pesar del frío de la madrugada en la montaña. Corrían y no miraban para atrás. Allá estaba la muerte. Al llegar al río, Omar acomodó a la abuela sobre una piedra y al sentir que todo estaba más calmado, comenzó a llamar a Celestina con la ilusión de encontrar algún rostro conocido que los cuidara. Todo fue en vano.

—¡Omar!— Gritaba Fidela —¡Omar me arde mucho la pierna!

Gritaba desesperada. Fue en vano mirar a la muerte y evitarla, mientras corrían montaña abajo. Pues, la muerte había atravesado injustamente la pierna derecha de Fidela y había dañado una arteria. Sangraba mucho. Omar desesperado se quitó su camisa e intentó detener el flujo de sangre, tal  como ella lo hizo una vez que, cortando una maleza, se laceró el antebrazo. En aquella ocasión Fidela tomó una camisa vieja y la enrolló sobre el brazo de Omar haciendo mucha presión sobre él y regañándolo por no haber puesto cuidado. Ahora él no la regañaba sino que le pedía perdón por no poder hacer nada. Al verlo tan desesperado, Fidela intentó consolarlo, pero poco a poco, se fueron perdiendo las fuerzas que acariciaban el cabello de Omar.

A la 1:55 de la madrugada, muere la abuela Fidela, abrazando con sus últimas fuerzas el joven cuello de su nieto.

En tan solo 20 minutos, Omar perdió una parte de sus sueños, una de sus postales ya no estaba y su abuela se había ido con ella.

Dos semanas después del tiroteo en la vereda enterraron a Fidela. Al cementerio llegaron algunos allegados del pueblo, amigos de don Clemente y don Venancio, los otros dos fallecidos de aquella pequeña vereda. Doña Arminta, don Horacio y Celestina la beata, se acompañaron entre ellos en un entierro múltiple.

Cuando el sepulturero comenzó a tapar con ladrillos y cemento las tumbas de los fallecidos, Omar se acercó a la tumba de la abuela dejándole una de las dos postales que había rescatado aquella madrugada y entre sollozos le dijo.

—Usted no se preocupe abuela, quédese una y yo me quedo la otra, así no se nos olvida esta promesa.

Habiendo dicho esto, el sepulturero apresuró, entre nieto y abuela, el último adiós.

Un adiós 

Dos pantalones, tres camisetas, ropa interior, cepillo de dientes, unas sandalias y la pequeña caja de madera. Omar cerró la puerta de su cuarto. Todo lo demás quedó guardado allí. A las 7:00 de la mañana sonó el despertador al unísono del portazo.

Atravesó la ciudad en bus, llegó a la terminal, caminó por los pasillos con su morral al hombro al mejor estilo de una canción de Piero, como perdonando el viento, y, aunque su cuerpo rebosaba de entusiasmo y alegría, los años, los achaques y las demás consecuencias del tiempo sobre el cuerpo, en él, no se hacían esperar.

—Buenos días señor. ¿A dónde desea viajar?

—Al mar.

1986. 30 años

Omar reposaba sobre las montañas de aserrín que sobraban en la carpintería donde trabajaba. Tomaba todos los días y fumaba cigarrillos como si su vida dependiera de ello. Aquella noche estaba tan ebrio que no podía con su propio cuerpo. Así que se quedó dormido con el cigarrillo en la boca. Con la mano izquierda sostenía ya sin fuerza una botella de aguardiente. La mano derecha apretaba contra su pecho aquella postal que guardaba desde que era niño.

Esa noche, el cigarrillo resbaló de sus labios y encendió poco a poco el aserrín que estaba tan seco como la arena del desierto. En cuestión de minuto comenzó a encenderse una pequeña llama que sin piedad consumió la morada de Omar. Estaba tan dormido que para cuando pudo despertar, alarmado por los ladridos del perro guardián, ya las llamas habían consumido parte de la madera de la carpintería. No se fijó en nada. Soltó la botella, la postal y comenzó a correr desesperado hacia la puerta que por suerte no estaba asegurada. Las llamas lo consumieron todo. A la mañana siguiente, entró con su jefe para ver los restos de lo que había quedado. Un leve destello fastidió los ojos de Omar; por curiosidad comenzó a mirar lo que era. No era gran cosa, solo la botella de aguardiente con un poco de trago. Había sobrevivido, pero no solo eso, también había logrado salvarse la mitad de la postal. Omar la levantó frente a sus ojos, quitó algunas partes que estaban en cenizas y la sostuvo por un tiempo  comparándola con el horizonte.

2018. 62 años

Al bajarlo se encontró de frente unas palmeras que jugaban con el viento, un cielo azul completamente despejado, niños jugando y corriendo como locos, y cubriendo cada rincón del horizonte estaba el mar. Aquella imagen inundó sus ojos, una corriente eléctrica recorrió su piel al sentir la arena fina entre los dedos de sus pies. El sol le quemaba la piel y lo hacía sentir vivo y más joven. Omar perdió la noción del tiempo y del espacio. Recordó otra vez a don “Yorsh” regalándole las tres postales y con esa imagen en su cabeza también habían pasado 50 años de un sueño aplazado.

Al tocar el agua todo cambió. Jugó como niño, brincaba con las olas, se sumergía bajo el agua. En la orilla del mar corría cada vez que sentía que el agua se acercaba. El mar había curado sus dolores, sus achaques y sus recuerdos. Estaba feliz. Al caer la noche se sentó sobre la arena, al fondo se escuchaba la música de las discotecas. La playa estaba en paz. Aquella noche no había nubes en el cielo y todo estaba iluminado. Era noche de luna llena cuando sacó de su bolso la pequeña caja de madera, encendió un cigarrillo y con la candela comenzó a quemar el último trozo de postal. De a poco el fuego consumió el papel y el viento se llevó las cenizas. Un fuerte soplido desvaneció la delicada piel de Omar que se mezcló con la arena, los hizo volar hasta perderse en la orilla con la espuma del mar.

Adiós, Omar.