Hombre que camina

Ahí está parado el travesti que vive en el piso de arriba, con los pechos al aire y vestido únicamente con unas tangas, buscando clientes. En esta ciudad los travestis siempre salen vestidos así, no importa la época del año. Hay que estar muy drogado para salir vestido así y no tullirse de frío.

No puedo evitar sentirme como si estuviera adentro de alguna de las fotografías de Brassaï.

Por: Julián David Cerón  

Miro el celular, son las 3:45 de la mañana. Llevo horas dando vueltas en la cama. No logro dormir. Aspiré los polvos de la ninfa blanca y ahora no puedo dormir. Hay un zumbido como de mosquito que me perfora el cerebro y no me lo permite. No dejo de escucharlo, haga lo que haga. Me pongo la almohada sobre la cabeza, pero no dejo de escucharlo. Me sacudo tratando de alejarlo, lanzo manotazos al aire y a mi rostro tratando de interceptarlo, pero no dejo de escucharlo. Me reviento la cabeza contra las paredes, pero no dejo de escucharlo…

Desisto de mis inútiles intentos de invocar a Hipnos y a sus hijos. Me incorporo. Enciendo la luz. Todo el apartamento se ilumina con tonos blancos, fríos, como la luz de los hospitales o de los vagones de los trenes del subte. Odio esa luz, es deprimente, como si les robara la vida a las cosas.

El apartamento en el que vivo, el 13H en la calle Suipacha al 771 de la ciudad de Buenos Aires, es un monoambiente. Cuando uno cruza la puerta de entrada el baño queda al frente. La cocineta, la nevera y un pequeño lavaplatos a la izquierda, empotrados en un armario. A la derecha, un sofá como de los años 80 y un comedor. Al fondo, al lado de la pared del baño, están la cama, el televisor y la única ventana, con una vista exclusiva a la fachada de un edificio de oficinas que queda en la otra calle, pero es otoño y la persiana americana la cubre.

Cuando pongo los pies en el suelo, el frío que me sube por el cuerpo me saca del aletargamiento. Por un momento tengo la impresión de estar parado sobre hielo. Abro la nevera y de cuatro sorbos termino el cabernet sauvignon que había descorchado antes. Saco un poco de paraguaya para armarme un fino, le doy algunas pitadas y lo apago. Me visto para salir a dar una vuelta. Una sudadera, encima el pantalón. Dos pares de medias. Unos converse rotos. Una camisa. Un suéter. Una campera. Una bufanda. Unos guantes. Este año el otoño va con toda la furia y esta hora es especialmente fría.

Salgo del apartamento. Cruzo el pasillo hasta los ascensores. El pasillo es largo y también está iluminado como pasillo de hospital. La misma luz fría y blanca. Mientras camino me concentro en el sonido de mis pasos. Todo el edificio está en silencio. La ciudad es vieja. Microcentro es viejo. El edificio es viejo. Abro las puertas corredizas del ascensor y las vuelvo a cerrar cuando estoy adentro. En la planta baja, el portero está durmiendo. No se despierta cuando salgo del ascensor, pero si se sobresalta cuando me escucha abrir la puerta que da a la calle. Se me sale una pequeña carcajada que no puedo contener.

En la calle hace frío, unos cinco grados centígrados. Hay niebla. Estuvo lloviendo. Todo está mojado. Camino hasta la esquina. El cruce de Suipacha con la avenida Córdoba. Ahí está parado el travesti que vive en el piso de arriba, con los pechos al aire y vestido únicamente con unas tangas, buscando clientes. En esta ciudad los travestis siempre salen vestidos así, no importa la época del año. Hay que estar muy drogado para salir vestido así y no tullirse de frío. Sigo caminando. Las calles están solas. La ciudad parece vacía. Es extraño, Buenos Aires nunca duerme, pero hoy parece ser la excepción.

Zigzagueo entre las calles. Piso las hojas en el suelo que no se mojaron por la lluvia. ¡Crack! ¡Crack! Me encanta sentirlas romperse bajo mis pies. Se sienten como las burbujas, como cosquillas en el alma. Sigo caminando. Me pierdo en los reflejos de las luces en el suelo, en sus bailes, en sus formas, en sus colores. No puedo evitar asociar esas manchas de luz con los cuadros impresionistas. Sigo caminando.

Me llama la atención un sitio que está abierto y que, al menos en la fachada, parece un pub irlandés. Entro. Suena “Star-crossed lovers” de Duke Ellington. Me sorprendo de escuchar algo así en un sitio como este. Por el mismo motivo me quedo. El lugar está solo, aparte del barman, no veo a nadie más. Me siento en la barra. Pido un trago doble de vodka y una cerveza. Una mujer se sienta a mi lado y me pide que la invite a un trago. Ella trabaja ahí. Caigo en cuenta de haber entrado a un burdel. Ahora me extraña todavía más la música que suena. La dejo que pida un fernet cola. Ella me habla. Yo no le presto atención. Estoy perdido en la música de Duke Ellington, en los recuerdos de otra mujer.

La mujer del burdel me pide que subamos a los cuartos. Subo con ella. Entramos a un cuarto iluminado por una luz roja. Siempre están iluminados por una luz roja. Empezamos a desnudarnos. No hay besos. No hay caricias. Solo los dos desnudos. Ella destapa un condón y se sienta en la cama. Yo estoy parado al frente de ella. Mi pene ya está erecto. Ella lo toma entre sus manos y me pone el condón con su boca. Yo la miro. Es rubia y tiene buen cuerpo. Le pregunto de dónde es, me dice que de Tucumán, no sé si sea cierto, pero decido creerle. El celular de ella suena. Lo responde. Es su novio preguntándole por lo que hay para comer. Ella le responde que arroz con cebolla, pero no deja de chupármelo mientras hablan. Yo no entiendo lo que ocurre, pero me resulta excitante, lo reconozco. La penetro. Follamos en varias posiciones. Apreto su culo entre mis manos. Me concentro en el tatuaje mal hecho de la boca de los Rolling Stones que tiene en la nalga derecha. Me visto después de haber terminado nuestros asuntos. Antes de vestirse, ella se limpia todo el cuerpo con pañuelos húmedos. Le pago y me voy. No fue nada del otro mundo. Ella estaba trabajando. Yo me estaba desahogando.

Vuelvo a salir a la calle. Afuera sigue todo solo, frío y húmedo. Me fijo en los adoquines mojados, en los ángulos de las ramas deshojadas de los árboles, en los espectros de luz que las atraviesan, en las manchas de luz que se dibujan en el suelo. No puedo evitar sentirme como si estuviera adentro de alguna de las fotografías de Brassaï. Esta noche yo soy una de las siluetas deambulantes y solitarias que aparecen en gran parte de sus fotos. Por un breve instante de tiempo aparece la luna llena sobre la ciudad, sobre los edificios, en dirección opuesta a la del Río de la Plata. La miro como se mira a los viejos amigos. Me gusta más la luna de invierno, pero me dejo llevar por el sentimiento de lo sublime que me llena en ese momento y levanto los brazos para recibir su luz plateada. Después la luna vuelve a quedar cubierta por las nubes. Este sería un buen momento para ser una nube.

Camino de vuelta al apartamento. El frío entra por mis zapatos. Cuando llego a la esquina de Viamonte y Suipacha me encuentro al fisura que duerme ahí. Hablamos un poco. Me agradece por la cobija que le regalé hace unos días, me dice que le ha sido de mucha ayuda, que este año el otoño ha estado muy frío. Saca un porro y lo fumamos entre los dos. Cuando entro al edificio el portero vuelve a sobresaltarse. Lo saludo. Subo hasta el apartamento 13H. Me quito la ropa. Apago la luz. Me acuesto para tratar de dormir nuevamente, pero el mosquito vuelve a aparecer, está dentro de mi cabeza. Sigo dando vueltas. Miro el celular. Son las 3:45 de la mañana.