La hacienda, llamada “El Cóndor”, que en algún momento llegó a encontrarse a las afueras de la ciudad, se había venido fraccionando de a poco desde la juventud de Jerónimo, y para ese presente, en que el anciano recorría las tres cuadras que lo distanciaban de la parada de autobuses hasta su terruño, él era el único propietario original que aún vivía en el sector. 

 

Por: Diego Alejandro Patiño Franco

―Bueno joven, usted charla de lo más ameno y todo, pero yo me bajo aquí… cuídese mucho y me saluda a su señora madre.

―Claro don Jerónimo, cuando la vea le digo.

― ¡¿Qué?! ― El anciano Jerónimo había escuchado muy poco de lo que aquel hombre le había comentado durante todo el recorrido. Hacía años que solo escuchaba por un oído y, aparte, este comenzaba a fallarle. Interpretó que su interlocutor se despedía.

―Bueno joven, que Dios lo bendiga.

―Gracias… En verdad no sabe cuánto se lo agradezco.

― ¡¿Cómo…?!

El viejo Jerónimo bajó con cuidado del autobús. Con la gracia que lo caracterizaba acomodó su sombrero y palmeó un poco su traje, buscando quitarle el polvo. Luego lo planchó con ambas manos, acomodó sus lentes y enfiló hasta “la finca”, como aún llamaba al lote que conservaba de la vieja hacienda familiar.

La hacienda, llamada “El Cóndor”, que en algún momento llegó a encontrarse a las afueras de la ciudad, se había venido fraccionando de a poco desde la juventud de Jerónimo, y para ese presente, en que el anciano recorría las tres cuadras que lo distanciaban de la parada de autobuses hasta su terruño, él era el único propietario original que aún vivía en el sector. El resto del terreno se había vendido. Ahora, dos barrios y numerosos chalets se alzaban sobre la antigua hacienda de los Gutiérrez.

Jerónimo era feliz caminando solo, se sentía muy a gusto con ese pequeño espacio de libertad. Hacía algunos meses, desde que le habían comenzado algunos achaques a la memoria, sus hijos se habían mostrado reticentes a que saliera por su cuenta; pero al comprobar que los detalles de su hogar y su familia seguían en perfecto estado, le permitieron salir en las mañanas, siempre que llevase el celular y regresara antes del mediodía.

Al llegar a la propiedad comprobó con agrado que su hija menor, Claudia, había ido a visitarlo, y que había llevado a su hija Carolina. Su nieta, que hacía ademán de ingresar a la casa cuando él apareció en la puerta de la finca, se regresó sobre sus pisadas para saludarlo.

Carolina siempre había sido muy especial con él; le saludó con gran cariño, y con dulces palabras se excusó para ingresar a terminar un trabajo en el computador. Jerónimo se sentía dichoso, casi todos sus hijos y algunos de sus sobrinos se hallaban en el corredor de la finca. El anciano fue saludado por todos y luego se recostó en su silla de mimbre; allí intentaba escuchar a los suyos, cosa que le resultaba bastante compleja.

Olga salió con una charola con tintos. Al notar que su sobrina Carolina no estaba, la llamó. Pero como esta se hallaba encerrada en el estudio, no escuchaba los llamados. Ante el tercer llamado por parte de Olga, Claudia fue por su hija, que al instante apareció con una inocente expresión.

―Perdón tía, es que ando escribiendo un cuento, y no te escuché…

Olga le guiñó un ojo.

―Ahh, verdad mija que usted está escribiendo cuentos, que bien… ―Prorrumpió Silvia, la hija mayor de Jerónimo―Es como a Jairo… ¿Usted sabía que su tío se ganó un concurso de literatura infantil?

―No… ¿Cómo es eso?

―Pues sí. Se ganó un concurso que organizó el Minuto de Dios. ―Tanto Silvia como quienes le escuchaban no pudieron evitar esbozar una sonrisa―. Jairo escribió el cuento y lo mandó a Bogotá. Cuando llamaron para avisar que había ganado, mi mamá recogió platica y lo mandó a recibir el premio.

―Sí ―interrumpió Olga―. Y aquí volvió con un diploma, una biblia y un crucifijo lo más de bonito…

Todos soltaron la carcajada. Todos menos Jerónimo que no había podido escuchar con claridad el gracioso comentario.

― ¡¿Qué!?

―Nada papá, hablábamos de Jairo su hijo, de cuando se ganó el concurso del Minuto de Dios… ¿Se acuerda…? ―Silvia volvió a dirigirse al resto de la familia―. Además hace unos años le publicaban alguno que otro artículo en el diario La Crónica. Yo me acuerdo que una vez escribió que el Quindío se estaba llenando de “traquetos” y de gente maluca, que llegaba de toda parte del país…

―Sí ―volvió a interrumpir Olga―. Que por esos días mataron a un amigo de él, yo recuerdo que los tíos le dijeron que no volviera a escribir sobre esos temas, que por culpa de él habían matado al amigo, a ese Julián Pérez; por eso Jairo no volvió a escribir nunca más, también me acuerdo que…

― No, pero a él no lo mataron Olguita. Julián se suicidó ―comentó el primo Gabriel con  seguridad. Sin embargo, Olga protestó.

―No mijo… Yo me acuerdo que a él lo mataron. ¿Cierto Silvia?

― ¡¿Cómo dice…!? ―alzó la voz el anciano

―No, papá ―intervino Silvia―. Hablando de Julián Pérez, ¿se acuerda, viejito lindo?…

Luego volteó para responderle a Olga:

―No, pero Gabriel tiene razón, Julián se suicidó, yo me acuerdo que él tenía una novia y…

La conversación siguió, pero el anciano se quedó cavilando sobre el nombre “Julián Pérez… Julián Pérez… ¿Sería el hijo de Saúl Pérez, el ebanista?”

―Oiga mija… ¿ese Julián Pérez del que hablan, no es el hijo de Saúl, el señor que toda la vida tuvo una ebanistería en el barrio Modelo y que murió en el terremoto?

―Sí papá. Hablamos de Julián, el hijo de don Saúl.

―Ahhh… A ese me lo encontré ahora en el bus.