Dos mujeres sentadas. Joaquín Sorolla.

La almohada

 Llegas y te sientas como si todavía no lo creyeras, como si las imágenes fueran una película japonesa con rituales desconocidos y extraños y hombres que piensan cada movimiento como si estuvieran al borde de un volcán.

Dos mujeres sentadas. Joaquín Sorolla.

 

Por: Giussepe Ramírez

Intento mantener los ojos abiertos para no perderme el funeral. Aquí es de madrugada y es atípico un funeral a estas horas y a través de una pantalla. La operadora nos mira, a Ana y a mí, con extrañamiento y curiosidad; quiere disimular viendo la pantalla de su computador pero no puede dejar de prestar atención a este ritual virtual del que soy la mayor doliente. Procuro no moverme en el asiento para no producir ruidos y mantener la solemnidad del momento. Los pájaros comienzan a cantar como si no se dieran cuenta de mi dolor, como si este fuera un día alegre donde Humberto me haría el amor por la mañana.

Llegas y te sientas como si todavía no lo creyeras, como si las imágenes fueran una película japonesa con rituales desconocidos y extraños y hombres que piensan cada movimiento como si estuvieran al borde de un volcán. Sería la primera película japonesa que ves. Pero no, no es la primera película japonesa que ves, sino el funeral de tu segundo esposo.

Victoria se encontraba en un estado de aceptación silenciosa, mientras Ana pensaba si tocarle el hombro o llorar para acompañarla. Pero a Victoria la tenía sin cuidado lo que hiciera Ana, solo quería que todo acabara rápido e irse a la cama y abrazar la almohada y hacer de cuenta que era Humberto. Lo que Victoria no sabía era que Ana, además de pensar si tocarle el hombro o llorar, también pensaba, con algo de culpa, en ir a la cama y abrazar la almohada y hacer de cuenta que era Humberto.

@Animalmoribundo