Y a las manos de una lectura infame, llegó la carta, su corazón fue del hielo al sembradío de las llamas, se inflamó entonces esta, pues la carta era el amor puro, y era ella para él, y él para ella, como en un idilio de amor eterno.

Por: Álex Noreña

Y el sueño vino con los indicativos de un aire hermoseado por la música.

En él se decía: palabra justa, signos apuntando al respiro de un animal en huida; aún lo mejor, era la esencia misma que debía escribirse en la vigilia.

Tomó entonces papel y pluma.

La letra fue una madeja, la tinta el rastro, el sentido impreso como lo dictaba el sueño, allí quedó figurado la mujer bajo el halo de un amor perfecto, la carta de amor, del único amor en toda su presencia.

Iría a parar a las manos de su amante que aún no era, lo sería, en tanto ella leyera el sueño, que ahora era una presencia viva.

En los primeros días llegó a manos de una bella dama, y no fuel el aire, ni aún menos los corpiños, quienes le dijeron: no es esta la dama de la carta. Ella, creyéndolo así, se alejó desengañada.

Luego fue otra, con el alma arrebujada, pero con la furia de los besos ardía el cielo, y no era ella la de la carta, pues su lectura era mengua, como el riachuelo de los que han dicho, en su propia conjura, ser sabios.

¡Alma del espíritu amor, en las manos de quién reposará la carta!, se decía el hombre, que ya era un andrajo de angustia.

Y a las manos de una lectura infame, llegó la carta, su corazón fue del hielo al sembradío de las llamas, se inflamó entonces esta, pues la carta era el amor puro, y era ella para él, y él para ella, como en un idilio de amor eterno.

Todo lo que estaba escrito allí, estaba en ella. Fueron uno, como la imantación.

Una noche, bajo la cornisa de la luna, ella halló que la carta había sido enviada a otras tantas. La misma carta, manchada por las manos de otras.

Llegó a sangre fría la inquina, y él fue el culpable de no hallar respuesta digna.

En la carta no había respuesta a tal humillación, ella se alejó como ave con su presa.

La tristeza fue amargura, las tardes eran voraces peces tragando el alma herida.

Ella, en su insigne noche, se dio  a la tarea de conocer a las impertinentes lectoras de la carta.

Y en un tiempo estuvo con una, y luego con otra. La conclusión fue tan clara que su pesadumbre llegó hacer el infierno. No eran estas la menor mención de aquella carta. Era entretanto ella, la chica de la esquela.

El arrepentimiento vino como sombra que lleva el diablo. Y fue en busca de aquel infortunado, no habiendo hallado rastro, la mujer llora por su enfado.

Aquel hombre decidió quedarse en el sueño que la letra le ha negado.