LA CEGUERA DE LA VENDA NEGRA

El relato aquí escrito está inspirado en el “El hombre de la venda negra”, de la novela Ensayo sobre la ceguera, publicada por el autor portugués José Saramago en 1995. Este ejercicio buscó darle voz a este personaje y se nutrió de las declaraciones y comentarios que Saramago puso en boca de este hombre.

 

Por / Felipe Osorio Vergara, José David Chalarca Suescum, Emmanuel Zapata Bedoya y Alejandro Jaramillo Londoño  

Hace poco estaba en mi habitación alquilada, frente al espejo, cuando me atacó la ceguera. Miraba fijamente mi ojo derecho, el único que me quedaba y en el que maduraba una catarata. El izquierdo lo perdí hace ya varios lustros. En ese momento se desdibujaba la escasa visión de mi ojo restante y mi vista se diluyó en un mar de leche. Tras eso, apenas me pude poner la venda negra en uno de mis ojos ciegos y agarrar la radio, antes de que unos uniformados me sacaran de la casa y me llevaran al manicomio.

Debo admitir que fue un viaje agotador, pero en un abrir y cerrar de ojos me encontraba al frente de la puerta de lo que sería mi nueva posada. Adentro se escuchaba un gran bochinche, al parecer unos militares habían matado a unos ciegos. Se sentía la tensión, pero yo, en cambio, esperé pacientemente a que se enfriaran las cosas con miedo a quedarme sin cama.

Entré a la habitación, giré la perilla y después de acomodarme, con la ayuda de un par de huéspedes, en la única cama que había, compartí mis desdichas con los demás y escuchamos la radio hasta el amanecer.

Poco a poco y con el pasar de los días, me acostumbré a la ceguera y a mis nuevos compañeros que, a decir verdad, ya los distinguía por ser pacientes del mismo oculista que yo frecuentaba. Sin embargo, había una mujer que me llamó la atención porque intentaba mantener la calma y el orden. Si estaba ciega, al menos sus palabras no lo parecían.

 

Quinto día

Hoy, cuando abrí los ojos, ella ya estaba despierta. Me sorprendió que siempre se levantara a la misma hora todos los días. Algo me decía que podía leer el tiempo. Dicen que los ciegos agudizan todos sus demás sentidos, quizá por eso noté que estaba más apagada de lo normal, un poco cansada. Me levanté de mi catre y me dirigí contando una cama tras otra hasta llegar donde ella se encontraba. Allí, esperaba en silencio.

— ¿Qué te sucede, querida? —dije en tono suave.

— Tengo miedo de lo que está pasando. Le temo a estas personas y al mar de sangre que están derramando —me respondió la mujer temerosa.

— Lo difícil no es vivir con las personas, lo difícil es comprenderlas—respondí tratando de tranquilizarla mientras le agarraba el hombro.

— Es usted un filósofo. Me temo que es una vieja costumbre de las personas esa de pasar al lado de los muertos y no verlos —Me dijo la mujer preocupada.

Después que la mujer terminó de hablar pensé que ella tenía razón. Llegamos al punto de normalizar la caída de nuestros colegas y compañeros. Luchaban por comer, por algo que antes de quedar ciegos nunca les faltó. Era eso, luchar o morir de hambre, aunque también en la lucha cabía la posibilidad de perder las fuerzas que alentaban el alma. Un día, cuando comprendamos que nada bueno y útil podemos hacer por el mundo, deberíamos tener el valor de salir simplemente de la vida.

Luego, me retiré en silencio de la misma forma en que llegué; contando cama por cama.

 

¿Qué día es hoy?

Perdí la cuenta de los días. Todo parecía igual. A excepción del hambre que llegaba a un punto sin retorno. Salimos de nuestras salas en busca de comida y no encontramos ni una migaja. Hacía ya muchas jornadas que no comíamos bien a causa del nefasto abuso de cierto grupo que acaparó la comida solo para ellos. Eran como aves rapaces que con pillaje nos quitaron nuestras posesiones, y cuando no teníamos más que nuestras sucias y raídas ropas sobre nuestra piel, los infames se aprovecharon del pudor de las mujeres como moneda de canje por un plato de comida.

Una valiente asestó un golpe mortal con unas tijeras, y un grupo de insensatos querían encontrarla para entregarla a los pérfidos de la última sala. ¿Por qué habrían de entregar a nuestra salvadora? Yo mismo mataría con mis manos a quien la denunciase. Soy viejo y he vivido ya cientos de lunas, pero si en este infierno que tenemos por hogar adquiere algún significado la vergüenza es gracias a esa persona que tuvo el valor de ir a matar a la hiena en el cubil de la hiena. Muchos cuchicheaban y vociferaban que la vergüenza no calmaría el hambre, pero a nosotros, que nada tenemos ya, solo nos queda esta última y no merecida dignidad. Seamos capaces, al menos, de luchar por los derechos que son nuestros. Así pues, escarbando en mi memoria las viejas tácticas militares en las que hace ya décadas me instruí, decidí emprender con un puñado de valientes la lucha por el plato de comida.

Arrancamos los hierros de nuestros catres y fuimos a la batalla. No me enfocaré en el resultado, pues como dicen “el arte de vencer se aprende en las derrotas”, y aunque perdimos, hay más honor en ir a luchar que doblegarnos ante los bárbaros.

Como si de un castigo divino se tratase, al cabo de un rato de haber perdido contra el mal, un fuego inesperado consumió la sala del maligno, con tan mala suerte que se esparció por la nuestra. En breve y atizado por el viento nocturno, el manicomio estaba envuelto en llamas. Todos corríamos, aunque nos cuidábamos de no acercarnos al alambrado, temíamos a las balas de los militares que nos vigilaban. Pero, al fin de cuentas, yo prefiero morir de un disparo que quemado.

Sin saberlo, llegó el día en que se cumplirían mis sospechas. La mujer nos confirmó que no era víctima de la ceguera, mientras nos lideraba hasta el zaguán huyendo del fuego. Llegamos hasta donde los militares que nos vigilaban. No podía ver qué estaba pasando, pero sentí a la mujer perpleja. No escuchamos los disparos de alerta de los uniformados y todos nos asustamos. A fin de cuentas, el miedo también ciega. Seguimos de largo, el pórtico estaba abierto de par en par. Cuando menos pensamos ya nos encontrábamos afuera. Libres pero perdidos.

Pasamos la noche en la calle, fuera del manicomio. A todos nos invadían las dudas, pero solo yo me acerqué a hablar con la mujer.

— ¿Y los militares? —le pregunté.

—No están, al parecer todos se han quedado ciegos— respondió.

—¿Y tú?, ¿qué hay de tus ojos? Tú puedes ver y aún no parece que fueras a quedarte ciega —le contesté.

—Iré viendo menos cada vez, y aunque no pierda la vista me volveré más ciega cada día porque no tendré quién me vea. Además, la ceguera también es esto, vivir en un mundo donde se ha acabado la esperanza— me dijo inconsolable.

La noche era fría y el calor de los nuestros no era suficiente, aunque la cabeza de la Chica de las gafas oscuras sobre mi pecho me reconfortaba. Creí que sería una noche eterna, aunque no me atrevo a hablar del tiempo porque perdí toda noción de él. Simplemente esperábamos conservar nuestra vida, solo era esperar que amaneciera y ver si seguíamos con ella.

 

Bibliografía recomendada

Saramago, J. (1995). Ensayo sobre la ceguera (Trad. Losada, B.). S. c.: Epublibre.

Véase libro en:  http://web.seducoahuila.gob.mx/biblioweb/upload/Saramago,%20Jose%20-%20Ensayo%20sobre%20la%20ceguera.pdf

Imagen tomada de: lopedesosa.blogspot.com