La fama es quien, muchas veces, meritoriamente o no, hace a los autores. Posiblemente no se hubiese editado la poesía completa de Saramago si éste no fuera el estupendo escritor de novelas que todos conocemos.

Por: Kevin Marín*

Tomado de culturacolectiva.com

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Me he encontrado con un libro de Saramago, o mejor, con tres poemarios reunidos: la formación de la poesía completa del autor portugués. Mi desconcierto pudo ser pueril cuando descubrí que, en la larga y extensa faceta de autor de novelas –o de prosa- José Saramago había escrito alguna vez poesía. Aunque, a decir verdad, puede que no sea tan extraño: casi siempre la obra (en plural) de mayor trascendencia por originalidad y calidad puede opacar otros géneros que se hubiesen desarrollado. Pienso en los ensayos de Sábato casi relegados a un segundo plano por El Túnel y Sobre héroes y tumbas o las biografías de Vallejo por la famosísima serie de sus memorias. Si se quiere podríamos hablar de excepciones y de obras de autores que marcan tendencia en la personalidad literaria de ellos mismos. Por ejemplo, nadie olvida Rayuela a pesar de los fabulosos cuentos de Cortázar y son pocos los que hablan del Amor y otros demonios ante Cien años de soledad. La fama es quien, muchas veces, meritoriamente o no, hace a los autores. Posiblemente no se hubiese editado la poesía completa de Saramago si éste no fuera el estupendo escritor de novelas que todos conocemos.

Este artículo tiene la intención de mostrar la poesía del Premio Nobel que no ha merecido la atención que sí obtuvo su prosa en 1998.

Sería ridículo y obvio decir que las líneas de los Poemas posibles, Probablemente alegría y El año de 1993 son marcadamente existencialistas. No el término filosófico francés que se nos presenta cuando pensamos en ello (el absurdo), sino de una representación del hombre donde no está marcado con la huella candente de la oscuridad y la bonanza, de blanco y negro, pues su poesía es ante todo un equilibrio pictórico donde los matices dibujan lo mejor de su poesía. Sin embargo, y aunque esta sea la primera impresión cuando terminamos la lectura de su obra, debemos ser muy cautelosos de las generalizaciones temáticas, en donde propongo que definamos su obra basándonos en las mismas fragmentaciones que el escritor ofrece para cada uno de sus poemarios: al hombre esperanzado de El año de 1993 debemos, indudablemente, iniciar con Poema a boca cerrada: aquí el poeta está irremediablemente perdido, angustiado del mundo en el que tuvo que vivir: “Este mundo no sirve, que venga otro. Ya hace mucho que andamos por aquí/ A fingir de razones suficientes. /Seamos perros del perro: que bien sabemos/ Morder a los más débiles, si mandamos, /Y lamer manos, si de otros dependemos”.

LA INVENCIÓN DE LAS PALABRAS

En “Hasta la carne”, primera parte de los Poemas posibles, Samarago hace un recorrido filosófico sobre la escritura y sobre lo que él mismo escribe y ha de escribir. Una poesía que obliga al hombre a buscar las razones de las interpretaciones de su oficio; es la búsqueda del sentido que el autor cuestiona para continuar la invención de las palabras: “Otros dirán en verso otras razones/ Quién sabe si más útiles, más urgentes/ Éste no cambió su naturaleza, /Suspendida entre dos negaciones. /Ahora, inventar arte y manera/ De juntar el azar y la certeza, /Se lleve en eso, o no, la vida entera./ Como quien se muerde las uñas cercenadas”.  Podríamos, sin temor a equivocarnos, llamar esta primera parte un manifiesto de y por la poesía. Al igual que muchos otros autores que no pertenecieron a escuelas metódicas ni formales ni de contenido, que rehúsan de las ambigüedades del lenguaje y las pretensiones honoríficas, Saramago proclama que las cosas cotidianas son las que hacen la poesía, el verso, pero es el poeta el que las transfigura en “lengua de otro mundo”.

Saramago se pregunta por la “verdad de las mentiras” que encierran las palabras:

¿Puedo hablar de muerte mientras vivo?

¿Puedo aullar de hambre imaginada?

¿Puedo luchar en versos escondido?

¿Puedo fingirlo todo, siendo nada?

(…)

Si todo a vanas palabras se reduce

Y con ellas cubro mi retirada,

Desde la cima de la sombra niego la luz

Como la canción se niega embalsamada…

La desazón poética figura en el desconcierto que encierra la utilidad de todo lo que hacemos, día a día, incluyendo ese artificio de las musas que describe al mundo que cantan los hombres. El arte poético es lo que alguna vez dijo Balandier en la justificación de su utilización antropológica del gasto: “La función creativa compromete la vida misma del que la asume puesto que lo expone a las actividades más decepcionantes, a la miseria, a la desesperanza, a la persecución de obras fantasmales, que sólo pueden dar vértigo o a la rabia. Es frecuente que el poeta no pueda disponer de las palabras más que para su propia perdición, que se vea obligado a elegir entre n destino que convierte a un hombre en un réprobo, tan drásticamente aislado de la sociedad y una renuncia cuyo precio es una actividad mediocre, subordinada a necesidades vulgares y superficiales”. En efecto, el artista no sabe por qué hace lo que hace, ¿cuál es la necesidad?: “(…)Amasados de pena y de silencio, /Porque todo está dicho y ya me canso”.

Tomado de masgua.com

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EL HOMBRE VIVE EN LAS PALABRAS

Cuando Saramago comentaba la edición de su obra poética se sorprendía del carácter militante de un muchacho de veinte años que decidió escribir poesía. No hay, por supuesto, mejor argumento que destrone esta aseveración cuando se señala que: “Que quien se calla cuanto me callé / No sé podrá morir sin decir todo”. El autor, sesenta años después, reprende humildemente las ilusiones del poeta que desea combatir contra un mundo injusto y mísero. Sin embargo, considero justo mencionar que el José Saramago comprometido a través de las palabras con la política –así sea de forma indirecta- no moriría en este período. Aquí ya podemos apreciar el mundo político y social del autor (no olvidemos que se escribieron durante el Estado Novo o el Salazarismo) en poemas como “Habla del viejo de Restelo” al “Astronauta” o en “Fraternidad”, o en el mismo poema “Dimisión” citado en los primeros párrafos. La desesperanza ante un mundo oscuro que se dice a boca cerrada.

LA RELIGIÓN Y LOS HOMBRES

Ya podemos apreciar en Mitologías, el Saramago enemigo y sátiro de la religión. Lo que años después se convertiría en Caín y El Evangelio Según Jesucristo, está bellamente escrito en quince poemas. “Los dioses, otrora, eran nuestros/ Porque entre nosotros amaban”.  El humanismo del escritor se ve antecedido a la reflexión sobre Dios; la practicidad, si se quiere, de la religión ante las ideas abstractas de ésta: “Hacer de la Tierra un Dios que nos merezca, /Y dar al Universo el Dios que espera”.

Saramago objeta esa idea del dolor y el ascetismo acuciante que propone el cristianismo para alcanzar la felicidad. Si la religión ha de existir, que sea para la felicidad de los hombres. En este sentido, es el hombre quien debe proponer la felicidad como motor de las religiones.[1]

Del pan, el cuerpo; la sangre, de este vino;

De las miserias del hombre, divinidad:

Nada ponen de sí los dioses vanos.

En mesa de la tierra se reponen,

Todo les es sustento, comen todo,

Que todo prolonga su duración.

Continúa, entonces, debatiendo con esa inequívoca fuerza que forja a la religión: el mal.

Un cuerpo de ahorcado es alimento,

Una soga es escalera hacia el cielo,

Es trono una higuera, es luz monedas:

Sin Judas, ni Jesús sería dios.

 

EL INCIERTO FUTURO

 Con un carácter visionario, muy común en él, anuncia su último poemario escrito en prosa. El año de 1993 se publicó en 1975, vaticinándose una guerra entre los poderosos y los desprotegidos; un libro de un marcado acento político que no obvia la afiliación de su autor con el Partido Comunista. De todas formas no debe ser ese el punto de partida para su análisis. Los dos escritores más famosos prediciendo (y siendo pesimistas) un futuro incierto para el ser humano durante el siglo XX fueron Aldous Huxley y George Orwell  y, particularmente, no he visto una crítica literaria de sus libros –Un mundo feliz y 1984, respectivamente- desde una óptica de ideología política y adición económica. El año de 1993, igual que los anteriores, deben analizarse a la luz de la literatura. Además, y no faltaba más, el futuro no es una jaula en la que sólo los economistas puedan entrar.

En él encontramos la trama que resultará decisiva en su prosa posterior. Me parece que este poemario es una versión resumida de los conflictos que se desarrollan en Ensayo sobre la ceguera. Sólo que la atmósfera campesina y el auge tecnológico están vedados en su obra más conocida y aplaudida. Como en su novela, la esperanza siempre resurge: los hombres salen a las calles empuñando las banderas mientras refrescantes brisas anuncian un nuevo país. Es una breve historia sobre la transición democrática en Portugal: los claveles inundan el aire que respira la sociedad liberada mientras los tiempos oscuros de la dictadura queda relegada a un rescoldo del pasado. Más parecido con una obra posterior de su prosa puede verse en Levantado del suelo, cuando ya en el final de la novela, una cantidad exuberante de personas reclaman la propiedad de ser dueños de su propio futuro.

La mujer y el hombre volvieron a la ciudad dejando

Por el suelo un rastro de siete colores lentamente

Diluidos hasta fundirse con el verde absoluto

De los prados

Aquí los animales verdaderos pastaban alzando

Sus hocicos húmedos de rocíos y los árboles se

Cargan de frutos  pesados y ácidos mientras en su

Interior se preparaban las dulces combinaciones químicas

Del otoño

Entretanto el arco iris vuelve todas las noches

Y eso es una buena señal

Con este poemario José Samarago cierra su ciclo de poeta de versos rimados y en prosa. La crisálida se expulsa: nace el novelista.

[1] Nos trae el recuerdo de ese diablo bueno que discute ampliamente con ese dios malo en El evangelio según Jesucristo.

 

*Estudiante de Historia, Universidad de Caldas.