Absorto en el arabesco que decoraba el borde de la alfombra no se percató; aun viendo que en ellos también hay espacios que en apariencia son vacíos. Incluso, de pie frente Víctor Hugo, con el fin de hallar algo que franqueara el vacío vencedor no descubrió la ausencia de Alessandro Manzoni.

 

Por: Juan Camilo Peláez Peláez

¡Vanidad de vanidades! Francisco quería añadir en su vasta biblioteca una sección que no tenía. Quería, ante todo, que esta colección se diferenciara del resto de su biblioteca, la cual guardaba en orden estrictamente cronológico y vigilado a lo largo de los años con la meticulosidad digna de una persona melancólica.

De ninguna manera, por más que amara la literatura italiana, Cavalcanti y Boccaccio ocuparían los primeros estantes. ¡No! Estos ya estaban separados para Homero y Hesiodo y, sucesivamente, para los latinos. Ni siquiera los grandes estudios acerca de literatura antigua ocuparían esos primeros lugares. La linealidad del tiempo determinaba el orden de los estantes.

-¿Cómo diseñaré esta colección?-, se decía mientras recorría los más de veinte siglos de literatura occidental. ¡Maldita sea! ¿Por qué pienso en su diseño cuando aún no tengo libros para poner en el estante?

En realidad, Francisco aún no sabía qué libros añadir a su colección. Incluso, debido al orden cronológico de su biblioteca, en ella no había mayor compilación o distinción que una pequeña lámina de aluminio que clasificaba sus libros por centurias; y el espacio vacío en su penúltimo estante, curiosamente, abría una brecha temporal de más de un siglo.

-Me aterra, no sé si el vacío que altera la armoniosa saciedad de estantes llenos, o la novedosa noticia de no haber tenido en mis lecturas registro alguno de estos más de cien años-, pensaba mientras lisonjeaba con su mano el frío espacio. Verdaderamente, me abisma la idea misma del vacío. ¡Horror vacui! Sensación inapropiada para el lugar de la biblioteca en el que se encontraba.

De inmediato salió de su estudio,  no con otro propósito sino el de obtener un libro que hubiese sido escrito en la centuria que ponía en evidencia ese vacío generador de la alteración cronológica ya establecida y, que llamativamente, no había sido advertido por él.

Al llegar a la librería no saludó a la administradora, la cual tampoco se inmutó en salir a su encuentro, quizás por ser un cliente ya conocido. Buscó, sacó los libros de su empaque, siguió buscando e incluso tuvo que pagar una colección de relatos fantásticos, porque en su prisa por hallar aunque fuera un libro lo dejó caer del punto más alto del estante y, pateándolo para atenuar el golpe, estropeó las hojas y la cubierta del libro.

No quería regresar a su casa sin un libro para poner en ese gran espacio y tampoco pretendía unir los libros que precedían el vacío con los que le seguían. Caminó, y aunque extrañado por la poca gente que había en la ciudad, no se detuvo a contemplar las desoladas calles. Entró a su casa, abrió la puerta del estudio, acogido de nuevo por su biblioteca y se quedó mirando ese espacio -¿o el espacio lo miraba a él?-. Se tumbó en la alfombra que cubría el suelo, suspiró hondamente y se sintió vencido.

Absorto en el arabesco que decoraba el borde de la alfombra no se percató; aun viendo que en ellos también hay espacios que en apariencia son vacíos. Incluso, de pie frente Víctor Hugo, con el fin de hallar algo que franqueara el vacío vencedor no descubrió la ausencia de Alessandro Manzoni. Sus pupilas buscaban encontrarse con algo, o que algún libro saliera a su encuentro. Lo notó cuando, pasando su vista por los dos tomos de don Quijote de la Mancha, observó que no estaba Guzmán de Alfarache, Los lusíadas y el Libro de la vida de santa Teresa de Jesús. Escrutó aquel espacio y supo que era muy pequeño en comparación con el primero.

Quiso cerciorarse que no hubiese otro espacio en la biblioteca del que él no se hubiese percatado. De este modo, inició su recorrido y para tranquilidad suya desde La ilíada hasta El asno de oro de Apuleyo todo se encontraba en orden. Fue, en los libros de caballería en donde halló sus mayores pérdidas, quedando en su poder sólo Tirant lo Blanc y Amadís de Gaula. Con paso apresurado, mientras recorría la literatura que oscilaba entre Renacimeinto y Barroco, recordó de modo fulminante los libros del primer vacío:

-¡Almas muertas! ¡Las ilusiones perdidas! ¿Cómo no lo recordé? Gógol y Balzac han huido de mis estantes y yo, desatento, no lo advertí; por el contrario, quería que otros libros, usurpadores e impuros ocuparan su lugar. ¿Huido?, -se preguntó con sus ojos fijos en el espacio-, ¡han sido robados!

Corrió hasta su escritorio con el mayor número de libros. No escatimó en mirar títulos o autores, pues para él todos eran preciados. Quiso guardarlos cuando creyó oír un ruido y, presa del estupor, se dejó caer cuando al girar observó que sus estantes se hallaban casi vacíos.

-Pero, ¿en qué momento? Sólo veo algunos clásicos…

Calló. Por un instante sucedió lo imposible: su pensamiento se detuvo al ver que La comedia estaba reducida a treinta y tres cantos, habiendo once en el Infierno, once en el Purgatorio y once en el Paraíso.

-¿Señal divina? ¡Ni pensarlo!

Francisco se heló al no recordar qué libros precedían a Dante y menos cuáles le seguían. También, su amada literatura italiana desaparecía en su presencia sin percatarse de ello. Aceleró el paso buscando -¿o huía de lo inevitable?- a Leopardi, hallando en su lugar una hoja arrugada que dejaba leer: Dispera l’ultima volta. Al gener nostro il fato non donò che il morire[1].

Se tumbó y sus ojos llorosos fueron testigos del silencio que produce el vacío. Levantó la mirada y observó que los estantes se encontraban limpios y dispuestos a excepción de una pequeña mancha. Caminó a lo largo de ellos y llegó hasta el único libro que se sostenía de pie, leyéndose en el lomo, con mucho esfuerzo, el nombre de Eugenio Montale. Feliz, abrió el libro y con una sonrisa digna del hallazgo guardó en su mente aquella línea.

Un vaso cayó de la mesita de noche. Santiago –el sobrino de Francisco-, se acercó a él, y secándole su frente sudorosa por el estertor, escuchó que su tío le decía:

-Santiago, la vita è una ilussione che manca.[2]

Fue el médico de la familia quien lo separó del cuerpo, mientras su rostro se inundaba con lágrimas. Lo abrazó por última vez y antes de salir del cuarto le dijo al médico:

-¿Sabe? Mi tío sufría de Alzhéimer hace diez años y una de las cosas que más lo entristecía era no recordar algunos pasajes de sus libros favoritos, los cuales se desdibujaban lentamente con el pasar de los días.

El médico, sin saber qué responder, guardó silencio.

-Lo curioso es que sus últimas palabras fueron un verso de Eugenio Montale que, pensábamos, había sido el primero en olvidar–, dijo mientras salía de la habitación-.

[1] Desespera por última vez./ Al género nuestro, el destino no dio más que el morir.

[2] La vida es una ilusión que fallece.