Deteniendo su mirada y su vida, a través de la ventana, piensa en no pensar y deja que sus pupilas jueguen con las inconsistentes luces parpadeantes que se unen con otras formando figuras amorfas.
Por Maritza Palma Lozano
I. El hambre
Es domingo y el cielo está gris. Él, con sus piernas flácidas y sin vello atraviesa la habitación impaciente. Sus bóxer sueltos han perdido color y sus manos se menean descolgadas al son de un tema de reggae. Dicen que en su cabeza además del pelo enredado reprime un par de ideas, algunas de amor y esperanza, otras de destrucción y crueldad; las segundas fluyen con mayor facilidad.
Cualquiera en su esplendor animal desearía lo que él desea: planear insensible, en complicidad con Bukowsky, Poe, Nin, Miller y Medina, una estrategia macabra para derrumbar tantas hipocresías reproducidas por moda. Pero él, como Anthony Burgess, prefiere escribir para canalizar su deseo de matar, aunque su obra no sea ni media naranja mecánica.
Y como hasta la maldad cansa, su norte se cae, su imaginación ya no vuela. Empieza a sentirse bloqueado y cegado, invadido por la necesidad de vivir de lo que tanto odia, perseguido por el materialismo. Tiene hambre. Puede que el efecto de la droga haya pasado.
II. El sueño
Regresa de la cocina subiendo las escalas de baldosas manchadas. Dejándose ir, perdiéndose un poco con una pesadez en su estómago, y aún sin saber siquiera qué comió, abre la puerta de su habitación, mira hacia la ventana y deteniendo su mirada y su vida a través de ella piensa en no pensar, deja que sus pupilas jueguen con las inconsistentes luces parpadeantes que se unen con otras formando figuras amorfas. Retrocede y se sienta al borde de la cama. Ahora ni razona ni siente.
Los sentidos falseados en la realidad lo convierten en un objeto rígido tirado sobre un acolchado distendido; ya no hay tacto, ni olor, ni vista; el sonido se ha convertido en un zumbido que le penetra a cada segundo, con más intensidad, mareándolo por completo. Su cuerpo recae entre el vacío y su lengua apenas degusta el aire que aspira.
III. El frío
Las cobijas han quedado debajo de su cuerpo. La ventana abierta deja circular el aire de la tarde que cada vez se hace más helada; comienza a llover. Su piel se ha erizado y sus rosados pezones descubiertos se han parado. Tiene los ojos entre abiertos. Comienza a retorcerse de lado a lado, girando sobre sí mismo, indispuesto, entrelaza sus manos y las jala cada una para lados opuestos. ¿Qué soñará? Sus labios han perdido color con el tiriteo cada vez más intenso pero las cobijas solo se han arrugado y siguen debajo de él, inútiles.
IV. La muerte
¿Y cuál es la diferencia entre dormir y morir si después del sueño ya no somos los mismos, si después del sueño no recordamos?
El viento se ha calmado pero la lluvia sigue; en casa no hay un ruido. El frío es el mismo, y ahora me invade a mí, me he cansado de esperar su decisión. Si no ha de matarse para venir a acompañarme al menos debería llevar mi cuerpo a otro lugar, donde haga menos frío. Al menos debería arroparse para no sentir mi helaje.



