…Siguió comiendo  y me dijo que el amor no se podía contar con los dedos de la mano pero que había dos opciones: creer o no creer, siempre pasaba con las cosas que no existían, era solo cuestión de pensarlo bien…

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Por Ángela Henao:

Papá me enseñó que todo lo que existe se puede contar con los dedos de la mano: las personas, los animales, los objetos, las estrellas, los números; ese tipo de cosas. Cierto día mientras comíamos le pregunté si la música existía y me dijo que sí porque las notas musicales se podían contar, pero para mí no era suficiente, también le pregunté por el amor. Se quedó mirándome de hito en hito. Pensé que había recordado los labios rojos de mamá muy parecidos a los de la abuela Patricia, siguió comiendo  y me dijo que el amor no se podía contar con los dedos de la mano pero que había dos opciones: creer o no creer, siempre pasaba con las cosas que no existían, era solo cuestión de pensarlo bien. Él había decidido no hacerlo, al menos eso nos había hecho entender a todos. Sabía que era un incrédulo por la forma en que andaba siempre que caminábamos al cementerio: colgaba sus ojos en una parte del cielo y así se iba, sin siquiera prestarnos atención cuando le hablábamos. Hasta mamá reconoció su poca confianza que se mandaba para hacer todo, siempre lo admitió, aun cuando se encontraron por primera vez. La abuela Patricia nos contó que había sido un día lluvioso de marzo, mamá iba caminando para la residencia cuando su sombrilla salió volando y corrió tras ella, por cosas del viento llegó a las manos de papá y cuando se la entregó le dijo ─cosas que pasan─ y mamá se enamoró, ese había sido el instante decisivo, tal vez ahora mamá esté viviendo ese momento infinitas veces. Fue ahí cuando entendí porque la abuela Patricia decía que era el viento quien determinaba la posición de las cosas, nada más. Ambos eran estudiantes en una ciudad sin conocer, pero mamá había muerto y todo se había acabado para los dos. Papá se paró del comedor y nos ordenó arreglarnos para visitar a mamá, salimos la abuela, él y yo. Cuando llegamos al cementerio la abuela le dijo que comprara cuatro flores para mamá, específicamente rosas, papá dijo que cuatro eran muy pocas y decidió comprarle ocho. Desde ese día admitió que el amor sí se podía contar con los dedos, así fuera para estrechas proporciones.