Por: Elbert Coes

Ilustración: Chucho Barrera

 

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En los reportes embusteros de fantasmas que he escrito para Openside, sucede así: el ambiente es lúgubre, frío y obnubilado; un gélido viento entra en una habitación y levanta las cortinas, mueve algunos objetos y luego el sujeto hace su aparición teatral. , así como con el tipo de 1915. Con una cámara, se ve una sombra que irrumpe en el espectro electromagnético, la figura se mueve en una dirección y repite el acto como si estuviera condenada a hacer lo mismo periódicamente. Ese editor sí que es bueno.

El video mostraba la habitación de Amalia en una perspectiva que indicaba que la cámara estaba al lado adyacente de la entrada. A ella se le ve sentada en la cama, arropada a medias. Tiene un libro en la mano que ojea impávida. Se escucha un ruido. Mira asustada hacia un lado de la ventana, deja el libro sobre el nochero e incómoda se mueve con rapidez. Corre en dirección a la puerta y desaparece del cuadro de filmación. Su cuerpo aparece nuevamente, devuelto y volando al interior de la habitación. Se golpea con la mesa de noche y rebota y cae al suelo. En ese instante aparece la pequeña Natalie —como si hubiese intuido que el episodio estaba por suceder otra vez—. Se dirige rápidamente hacia su madre, se inclina a su lado y con increíble fuerza, la levanta con sus dos manos, se suelta una y comienza a golpearla con la otra, mientras Amalia trata de sacudirse, jadea, vuelve a caer y la pequeña la levanta golpeándola bruscamente contra la pared. Al rebote le pegó una y otra vez, repitiendo la misma operación hasta que la dejó en el suelo recogida de pies y llorando. La niña desapareció del cuarto y la mujer, mal herida, corrió otra vez hacia la puerta, apagó la luz y volvió a su cama apoderada de un llanto estremecedor.

La cinta corrió un minuto más y luego se acabó.

—¿La niña está aquí? —preguntó el detective—. Si está aquí tiene que dejar que me la lleve. Como usted verá, las heridas que propinó a su propia madre son de cuidado policiaco.

Ahora entiendo su silencio.

Como toda gran madre, quería proteger a su hija.

—Será puesta en un programa para rehabilitarla.

Fuimos al cuarto donde había dejado a la niña y ellos se la llevaron. Me dejaron advertido que cuando la mujer mejorara, vendrían por ella.

Apenas salieron sonó el teléfono.

—Jon, soy yo.

Daniela.

—¿Dónde has estado? Hace rato intento comunicarme contigo. Algo pasó…

—Ya lo sé, Jon —dijo—. Pública la historia y verás la verdad. La niña está poseída. ¿Crees que si la alejan, él va a dejar de lastimarla? No lo hará, te lo aseguro.

Le conté lo sucedido a Amalia. Ella lloró delante de mí y yo, impotente, no pude hacer nada. Antes de irme llamé a una enfermera para que estuviera a su cuidado en mi ausencia.

Esa tarde le dije a Valentina que teníamos la primera historia para la séptima edición de Indicia Inc. Se entusiasmó y comenzó a escribir a partir de lo que le conté. Como prueba le enseñé los resultados de los exámenes de siquiatría y al día siguiente solicité copia de los informes policiacos. Los puse a su disposición.

En compañía de uno de los empleados de Jerome, Valentina y yo fuimos a la casa de Amalia donde pasamos la noche recogiendo muestras, revisando objetos y recolectando ítems que sirvieran para nuestra historia. Terminamos a eso de la 1:30 de la mañana.

Antes de publicar leí el reporte unas veinte veces. En la revista pusimos el aviso de venta de la casa de Amalia. Después del lanzamiento aparecieron más de diez compradores, entre otros, escritores, historiadores y lunáticos. Para entonces la chica había salido del reformatorio; ambas, madre e hija, se fueron a vivir a una casa que compraron en Buckhead, a donde yo iba de vez en cuando a verlas.

Debido a los resultados mientras vivieron en mi casa, y la opinión que los psicólogos tuvieron de Natalie acerca de su buena actitud, que para nada era de una mente criminal, la niña se juntó otra vez con su madre. Y como el tiempo pasó y nada volvió a suceder, Valentina había llegado a la conclusión de que el problema estaba en la casa. Un espíritu maligno, un ente, un alma vagante, pensaba ella, atormentaba a la familia por medio de la niña que no era consciente de lo que hacía. Para mí no había sido más que una de tantas historias citadinas con situaciones difíciles de entender. Para mí, todo se explicaba con el trauma que había dejado la muerte de su padre, Hernán Pérez, de la que posteriormente me enteraría había sido bastante trágica. Lo habían acribillado a tiros justo en la sala de su casa. Cuando su mujer llegara luego de recoger en la escuela a Natalie, lo encontró tumbado y nadando en sangre. También la pequeña lo vio. Creo que de esta imagen que la niña presenció, partió todo el mal que luego las amenazaría. Todas estas cosas las anoté en la revista como parte de mis comentarios. Incluso el hecho de que poco antes de la muerte de Hernán, se había abierto una investigación en su contra por alguna especie de delito relacionado con narcotráfico.

Rindiendo indagatoria ante un juzgado, en la que estuve presente, Amalia dijo —por escrito— que ella tenía datos de su ex marido, los cuales estaban anotados en una agenda que curiosamente, tiempo atrás, él la descubrió leyendo. Ella se enteró de unas personas desaparecidas con las que él había tenido que ver y del lugar a donde las había llevado. Ese día él la golpeó despiadadamente para que no se le fuera a ocurrir hablar con nadie de ello.

La mujer dijo que aunque estaba muerto, él había vuelto para cortarle por ello la lengua. Aunque los datos obtenidos del cuaderno fueron de gran ayuda, su testimonio sobre las golpizas que le propinaba después de muerto, no fueron tenidas en cuenta para la condena póstuma.

En una fosa común, en las afueras de la ciudad, a 12 millas del centro de la ciudad, fueron encontrados siete cadáveres en avanzado estado de descomposición; todos víctimas de los actos criminales de Hernán Pérez.

Intenté contactar a Daniela una vez más para hablarle de todas estas cosas, pero no lo conseguí. Me contestaba la computadora. Opté por esperar a que pasaran unos días hasta que ella devolviera la llamada. Pasado un tiempo, busqué el número de teléfono del que me había llamado los últimos días. Pedí la dirección a quien me contestara para enviarle una copia de la séptima edición de Indicia Inc.

Una semana después el paquete fue devuelto a la oficina. Traía una nota escrita a computadora, dirigida a mí con la dirección de Indicia Inc. Rezaba:

Atlanta – Georgia, 16 de Agosto de 2007

 

Señor.

Jonathan Rice D.

Indicia Inc.

Edif. Orfeo Depto. 2506

Ciudad.

 

Asunto: Devolución paquete.

 

Cordial saludo.

 

La presente es para comunicarle que lamentamos el hecho de que la señorita Daniela Castro, quien laboraba para nuestra institución, hace unos meses dejó de hacerlo, debido a que un día desapareció de repente, sin previo aviso.

Recientemente supimos que la policía de su ciudad encontró hace unos días unos cuerpos entre los cuales, aunque no se ha identificado ningún cadáver, se encontraron credenciales con el nombre de la señorita en cuestión. Por lo cual si es usted un pariente suyo, amigo o tenía alguna relación especial con la señora, le ofrecemos algunos artículos que ella dejó con nosotros y que nadie ha venido a reclamar.

En aras de cumplir con nuestro deber social, le hacemos llegar la correspondencia de vuelta, deseándole muchos éxitos en todas sus gestiones.

 

Atentamente,

 

Erik M. Sandoval

Gerente general Investigación Social y Estatal.  Washington D.C.

Por supuesto que la memoria de los últimos días pasó fugitiva ante mis ojos.

—Jonathan, ¿Jon, que sucede? —Era Valentina que hacía rato intentaba decirme algo—. Hoy te ha estado llamando mucha gente. A los usuarios les gustó mucho la séptima edición. Trata de no perderte.

La miré sin dejar de pensar en la broma que alguien parecía estar haciéndome. Era de muy mal gusto.

—Trataré —dije.

—Jon, hace rato quiero preguntarte algo —dijo—. ¿Quién es Daniela Castro? La mencionas varias veces en tus comentarios ¿Por qué no la trajiste con nosotros? Hubiera sido muy útil —dijo emocionada— ¡Te imaginas la bomba!

Salí del lugar sin decir una palabra, directo a la estación de policías.

Había varias personas en el vestíbulo. Pregunté por el jefe. Me dijeron que tomara asiento y esperara. Luego vino una mujer y me llevó a una oficina pequeña y oscura. Al verme entrar, Ronald Méndez sonrió burlonamente.

—¡Jonathan Rice! —dijo, ofreciéndome asiento.

Asentí.

—El mismo. —Hice una pausa mientras me acomodaba en la silla—. De los cadáveres encontrados en la…

—Sí. —Interrumpió moviendo la cabeza. Un largo y grueso dedo me señaló—. Me agrada su revista. Me gusta su estilo. Para mí es uno de los mejores… mejor que esa manada de comemierdas que inventan historias para enriquecerse a costa de los ingenuos. Usted hace todo lo contrario. Le regala a la gente algo de qué reírse. Pero créame, Rice, un día los fantasmas y toda esa basura serán los que se mofen de usted. —Se movió hacia delante, abriendo unos ojos que a cualquiera pondrían nervioso—. Cuando se trabaja tan cerca de la muerte, uno aprende a respetarla; a veces guarda historias más atroces que la misma vida. —Volvió a echarse para atrás—. Temo decirle que la chica sí era Daniela Castro. Desapareció hace once meses, iba camino Tuxedo Park la última vez que se le vio. Usted vive en Tuxedo Park, ¿No es así… ¿Quiere un consejo mío, Rice? —Respondió a pesar de mi silencio—. Dudo que lo quiera pero se lo voy a dar. Deje de hacer eso o va a terminar como ella. O Peor, tras las rejas. Le aseguro que si esa señora, Amalia, no hubiera mostrado aquella agenda en el Juico de pruebas contra Hernán Pérez, con toda esa chatarra que escribió, usted estaría en este momento tras las rejas. Porque hasta su número de su celular aparece registrado en el de la Ship de la señorita Castro, como “llamada perdida”. Puede poner eso en la segunda parte de la historia… Buenas tardes, señor Rice, por ahora es usted un hombre libre. —Puso las manos detrás de su cabeza y se estiró—. Disfrútelo mientras pueda.