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Por: Elbert Coes

Ilustración: Chucho Barrera

 

I

 

 

Contesté el teléfono; tras el ruido de una fiera enjaulada y de un silbido ensordecedor, la voz de una mujer me dio su nombre y dirección. Colgué y olvidé. Pero la escena se repitió como un déjà vu, salvo el nos vemos el sábado a las tres en punto. Tuve la precaución de anotar en la libreta esta vez. El pasado no corresponde a la buena memoria, no en los bajos del mundo ni en la conciencia roída. Los fantasmas en Indicia se vuelven reales pese al escepticismo; toda pasión termina perforando su matriz, es indiferente como el sol ante la tierra, como la navaja que perfora treinta y tres veces la carne de un inocente. Fantasma reales e irreales, no hay diferencia, todos perturban, y se roban la memoria.

El trabajo era para el alcalde en el ayuntamiento. ¿Quién lo diría? Una ciudad opulenta, de edificios y mega construcciones, cazando fantasmas. Somos una empresa; nos importa la ignorancia un bledo. Si el alcalde se lo creo, se lo cree el pueblo. Haz lo tuyo, Jon, y hazlo como si lo creyeras. No refutes, ya no estás en el colegio. Un tipo negro sin padres en tierra de blancos tiene que ser embustero o no es nada. Al menos debe sonreír como si se lo creyera. La conclusión del estudio sería la que los oficinistas quieren escuchar: el fantasma se fue, se trataba de un antiguo empleado que no había cruzado el umbral; ya está. J., Busca en los archivos, dame el nombre cualquiera de un empleado solitario de 1915 y que la gente del 2007 se joda. No es culpa mía su misticismo.

—Lo importante es que la revista dé para comer y pagar deudas.

Por las lupas de Sherlock, ¡qué hombre de clase media no tiene deudas! J. es ejemplo perfecto. Perdón que lo ponga en vitrina, pero es flacuchento, ojeroso y tiene mala suerte. El infeliz debe una casa que, ¡qué va a necesitar si su prometida es una difunta!

Dormí dos horas el viernes. Los imitaron ruidos de máquinas y ratas, y electrodomésticos que nunca se apagan. Pero toma una foto y yo me invento su historia. Ahora mira, esa sombra de ahí junto al chifonier, no sé qué sea, pero se parece a ese tipo de 1915. Es normal en civilizaciones retro. J. me dejó dormir después de las tres de la mañana. Me habían ganado el tedio y la pereza.

Regresé a casa a las ocho de la mañana del sábado. Metí la mano al buzón y saqué tres cartas, que dejé sin abrir sobre la mesa. Tras una larga siesta, traqueteó el teléfono:

—Jon, debes venir —dijo Valentina—. Tu amiga quiere verte.

3:18 de la tarde.

—Está bien. Estaré ahí en un momento.

El taxi me dejó en el sector tabernero de un callejón oscuro. Valentina salió volada como suplente al campo. Prometí max tarea lunes algo, balbuceó, lo demás se lo llevó el viento en la inercia de un taxi que se marcha igual de volado.

Un bar rojizo con tan sólo una mujer bonita sentada a la barra frente a un trago no es agradable, menos si el barman permanece voyerista detrás de una de esas cortinas rojas maliciosas. La mujer se volvió a mí con el rostro de alguien conocido. Alguien a quien no veía hacía más de ocho meses.

Daniela Castro había abandonado Tuxedo Park sin avisar. Lo último que recuerdo de ella es lo primero que veo ahora. El pelo. Abundante, negro, ondulado, brillante; y con un rosado culpa de la atmosfera prostituta del bar. Nuestra amistad guardó la distancia propia de las relaciones perfectas. En el blanco ruboroso de su cara los ojos grises saltaban iluminados por una sonrisa siempre tranquila.

—Jon —susurró.

Se levantó a recibirme con un beso en la mejilla. En el pasado fueron atrincherados, esperé que algún día dieran en el blanco. No creí que ese día hubiera llegado. La cortesía hablada era precisa y contundente y los chistes demasiado sutiles para reír a carcajadas. Después vino la razón por la que alguien te busca cuando ya pasaste los treinta.

—Supe que tienes una revista.

—En realidad pertenece a la agencia. Yo soy la figura pública, ya sabes, la foto que aparece en el periódico de ser necesario.

—Te entiendo, pero supongo que tienes voto para escribir, para decidir qué escribir y qué no.

Dudo pensando en el carácter de Valentina Cohen.

—Digamos que sí.

—Es que tengo una historia. Una buena historia para contar

—Bien, déjame oír de qué va.

—Es una mujer adulta. Violencia en el hogar, esas cosas. Trabajo con comunidades de escasos recursos. Un trabajo hermoso, por cierto, pero no muy agradecido. No por las personas que debes proteger, o a quienes hay que enseñarles a valerse por sí mismas, sino porque cuánto más crees que has logrado, más descubres que hay gente viviendo en condiciones miserables.

—Comprendo perfectamente.

—Aunque por lo común termino llevándome cierta satisfacción de mi trabajo.

—Y así debe ser; para qué hacer algo que no te apasiona.

—Sí, es como tú dices. Pasión. No puede ser otra cosa cuando estas convencida de que tu vocación, la razón por la que estás en un lugar y no en otro, es lo que mueve tus días. Que te obliga a levantarte cada mañana y seguir adelante, arriesgar y exponer el pellejo por los demás.

—Es igual a lo que yo siento cuando debo saltar a resolver un caso.

—También oí que trabajan con cuestiones paranormales.

—Oíste bien. No es la parte más emocionante, pero mis compañeros creen que vende. Uno de ellos está convencido de tener dotes de parasicólogo. Dice que algunos de sus sueños se hacen realidad, y que intuye cuando algo importante está por suceder.

Daniela soltó una carcajada y los ojos le brillaron. No porque dudara de mi anécdota, diría sí que por mi tono incrédulo.

—¿Dijo algo los últimos días, quizá sobre una chica de tu pasado?

—No. Sólo sabe lo que sucede alrededor de él. No puede intuir nada acerca de mí, o hacer una premonición de mi vida… a menos que le cuente mis sueños. Cosa que nunca hago; y si lo hago, le digo mentiras.

Volvió a reír.

—Pero es un gran tipo, medio raro pero es el mejor compañero que uno pueda tener.

—En verdad me alegro que así sea, y espero que mi intuición esté en lo correcto al traerme hasta ti.

—Bien, pero sígueme contando. Dijiste que se trataba de una mujer adulta con problemas de familia.

—Su nombre es Amanda. Tiene una hija y su marido falleció hace unos años. El problema es que alguien abusa de ella, y ella insiste en decir, y aquí es cuando entran tú y tu revista, que el abusador es Héctor, su esposo muerto.

—¿Sabes que Openside no sostiene un contenido serio en el estricto sentido de la palabra? Está hecha para un público exclusivo, que sabe que gran parte de lo que publicamos es entretenimiento y embuste —dije. Nunca fui más honesto—. Eso es lo que la directora de la revista propone. Es periodista profesional, y dice que está harta de las malas noticias, por eso decidió independizarse, para publicar e investigar lo que le dé la gana. Ella no quiere publicar nada que asuste más a la gente de lo que ya está.

Bebió de su trago. Dijo:

—Ya veo, es una mujer. ¿Es joven?

—Tiene veinticuatro.

—¿Tienes algo con ella?

—No, en lo absoluto.

—Deberías, es una mujer inteligente.

Fue gracioso, pero continué el tema:

—Conozco un par de revistas que pueden publicar tu historia; más si lo que pretendes es mostrar la realidad que aun padecen las mujeres de nuestra sociedad.

—Ese es el problema, Jon. Nadie quiere publicar esto. ¿Crees que no lo intenté en los medios más idóneos? —Echó sus cabellos hacia atrás—. Acudí al Runtime, al News, al Atltanta Journal. Y no me preguntes si fui a la policía. ¡Nadie quiere hacer nada!

—En un país como este donde hay tantas reglas —en este negocio es siempre bueno mantenerse al margen—, que incluso a veces parecen contradictorias, debe haber alguna explicación para que eso pase. Quizá falte una denuncia, o tal vez no existan pruebas, algo por el estilo. Incluso puede tratarse de una historia con inconsistencias.

—Vamos, Jon, no me falles. Por los atardeceres en el parque. Por la casa en el árbol. Por lo que pudo haber sido entre nosotros.

Dudé. Sonreí a sus ojos lúminos y enamoradizos.

—No lo sé, es complicado, ¿sabes?

—Al menos escribe algo que suene caricaturesco. Sólo ve a su casa, habla con ella, entrevístala. No es más. Te tomará una hora, quizá menos. No la volverás a ver, no me verás más a mí.

—¿Qué te hace pensar que no quisiera volver a verte?

Ese rojizo ambiente opacó otra vez su brillo de mujer madurando. Puso su mano en la mía. Helada por el whisky en las rocas.

—Por favor —dijo.

—Está bien, está bien, hablaré con ella.

—¿Lo prometes?

—No —dije y vacilé—. Quiero decir, lo haré. No prometo nunca nada. Lo haré. Confía en mí.

Sonrió y dijo:

—Confío en ti, sé que lo harás.

Mi suspiro involuntario se cruzó con su aliento alicorado; más tarde pensé en lo grosero del gesto.

—Tendré que ser muy cuidadoso. Es muy peligroso señalar culpables hoy día —dije—. La ley defiende tanto a víctimas como a culpables. Aunque no parezca, está de todos lados, y al final simplemente ganan: o los medios masivos de comunicación, o quien tiene el poder para hacerles callar o hablar.

—Supongo que eso también te atemoriza a ti.

—Somos sobrevivientes en un mundo agresivo.

La miré por tiempo imprudente; una hermosa niña, era ahora una gran mujer.

—Pide otro trago —dijo—. Yo invito.

Lo demás que hablamos fue ajeno al caso. Nos despedimos esperando vernos pronto; más mi interés en su hermosura, en su convicción de mujer, en lo que es bueno para un  hombre enamoradizo. Llegando a casa me dije: tonto, ni siquiera sabes donde vive.

Esa noche dormí apaciblemente por el licor. Había tomado tres copas y media de vodka que, a falta de costumbre, hicieron buen efecto.

La sexta edición de Openside se entregó entre las ocho y las nueve de la mañana del lunes, y a la tarde había superado la expectativa de venta comparada a las ediciones anteriores. Para celebrar, el equipo se reunió en un bar del Orfeo. Debí ser el que más cervezas tomó porque mi cuerpo se bamboleaba al salir a la calle, y la calzada tenía cuatro carriles cuando me recogió el doble taxi que el barman me había pedido.

Recién entraba a casa cuando sonó el teléfono, y al contestar oí las fieras enjauladas, el silbido largo y molesto y la voz de mujer:

—Hola, Jon, soy yo, Daniela.

—Hola, Daniela, ¿cómo va todo?

—Jon, ¿Puedo verte ahora?

Consulté la hora; 11:25.

—Son las once y media, y…

No creí conveniente para nuestro reencuentro delatar mis habilidades de bebedor.

El trajín del día y las cervezas me tenían adormecido.

—Acabo de tomarme unas cervezas y no coordino muy bien, ¿sabes?

—Jon, en verdad, sino fuera urgente, no te molestaría. Te necesito.

Pero mi yo interior, como diría J., estaba ansioso por verla.

—Está bien, ¿a dónde?

—¿Tienes donde anotar?

—Sí, dime.

La dirección correspondía a un apartamento del quinto piso de un bonito edificio en el centro de la ciudad al cual otro taxi me llevó en poco menos de treinta minutos. Daniela usaba pijama y tenía el pelo enmarañado, daba la impresión de haberse levantado de la cama recientemente. Los ojos grises eran dos luciérnagas en la penumbra.

—Pasa —dijo.

Afectado ya por la brisa nocturna, mi andar era mucho más torpe. Me llevó por un largo y oscuro pasillo hacia el fondo del apartamento, donde una habitación colonial tenía encendidas sus luces blancas y donde, sentada en la cama, había una mujer cabizbaja en compañía de una niña de no más de ocho años. La mujer dejaba caer con desaliento los brazos sobre su regazo, y aunque el ambiente del interior era cálido, tiritaba como si el aire mismo la hiriera.

—Lamento haberte hecho venir —dijo Daniela, entrando detrás de mí—, pero no lo habría hecho sino lo considerase necesario. Ella es Amalia, y su hija Natalie. Es la mujer de quien te hablé. —Había vestigios de té servido sobre uno de los nocheros—. Vino hace una hora.

Daniela se acercó a la mujer y le susurró:

—Tienes que hacerlo, por tu bien.

Insegura, la mujer asintió sin levantar la cabeza. Daniela me miró y se apartó como un telonero teatral. La mujer quitó los botones de su blusa uno a uno.

—¿Qué hace? —dije incómodo.

—No hables, Jon —dijo Daniela.

Se quitó la blusa y las bragas y giró apenas lo necesario para que yo pudiera ver su espalda lacerada. El mareo me arrastraba al precipicio de una cascada, hasta que instintivamente acabé vomitando sin vergüenza en un cuartico de baño.

Mientras me limpiaba en el lavabo escuché la voz de Daniela a mi espalda:

—¿Está todo bien, Jon?

—Lo siento. Es el aire de la noche.

Sentí su pequeña mano sobre mi espalda, su frío atravesó los filamentos de mi saco de tweed.

—Jon, yo estuve en su casa. Ella vive sola, e insiste en que es su marido el que le causa estas heridas. Pero, como te digo, él murió hace ya tres meses.

Me volví, para asegurarme de que no se estuviera burlando de mí.

—No creo en fantasmas, Daniela. Debe haber una explicación para esas heridas. Incluso es posible que se las haga ella misma.

Daniela apoyó el hombro izquierdo sobre el marco de entrada al cuartico de baño y cruzó los brazos.

—Jon, yo tampoco creo en fantasmas. Pero cuando acudí a esta mujer, lo primero que hice fue asegurarme de leer su historia clínica. En ella no hay nada que sugiera un trastorno psiquiátrico, o una tendencia suicida, o algo por el estilo.

—¿Y estás segura que su marido está muerto? Puede que sea él quien le pegue, pero ¿será que sí está muerto?

—Tengo copia del acta de defunción, las fotografías del sepelio. Trabajaba en una obra de Home Building, en Buckhead. Fue velado y sepultado como buen cristiano.

—¿Ella te dijo que era un fantasma?

—Las primeras veces eso quiso decirme, ahora… ahora no dice que es un fantasma, pero asegura que es su exmarido.

—Ese es un punto: el tipo se hace pasar por muerto. Pero no creo que para maltratar a su mujer. ¿Averiguaste a qué se dedicaba?

—Ya te dije, era obrero.

—Sí, sí, lo siento. —Me sujeté la cabeza para que no desencajara del cuello—. Escucha, comprendo tu preocupación. Yo escribo historias sobre fantasmas y cosas sobrenaturales pero, de ahí a creer que sean ciertas… Esto no es de mi competencia. Esto es una cosa fiscal. Y le agrego, que tú tampoco deberías tomar esto por tu cuenta. Mira a esa mujer; está malherida. ¡Hay que llevarla a un hospital y avisarle a la policía de lo que le pasa!

Juraría que sus ojos grises dejaron de ser luciérnagas para convertirse en soles, supernovas de una constelación vecina.

Saqué mi celular del bolsillo y marqué el número para el servicio de taxis. El cual anunció en recepción su llegada a los cinco minutos.

Confieso que quería irme a casa a dormir, pero como todo un caballero, aun en el estado de embriaguez en que estaba, me digné a seguir a las mujeres hasta la clínica donde acabó internada.

Al día siguiente llegué tarde a Indicia Inc. Había mucho que hacer gracias al arrollador número de ventas que se había tenido de nuestra sexta edición.

Jerome Marshall anunció que iba a viajar fuera del país para que lo viera un médico que realizaba investigaciones en el campo onífero. Su problema con el sueño seguía teniendo influencia en su misántropo comportamiento. (No lo culpo. Después de haber pasado tiempo en la cárcel por un crimen que no cometió, cualquiera comenzaría a tener trastornos).

Por otro lado, me vi tentado a contarles a él y a Valentina sobre la mujer con presuntas heridas infringidas por su ex marido. Callé.

A la caída de la tarde hice una llamada a Daniela Castro para conocer el estado de Amalia Pérez. Me dijo que no estaba en el hospital pero que la había visto al mediodía y la había dejado optimista y que, pese a la brutalidad de sus heridas, los médicos le habían dado un buen pronóstico. Como se trataba de una mujer con escasos recursos, le dije que contara conmigo para el pago de los gastos médicos si su seguro no cubría tales o cuales medicamentos y procedimientos.

Al día siguiente, miércoles, a las horas de la mañana, fui a verla llevado por un súbito impulso humanitario. Estaba en una intervención quirúrgica, pero esperé un par de horas en el cuarto donde también estaba su pequeña hija. Había televisión y algunos crucigramas con qué entretenerse. Sin medir mucho las consecuencias me dirigí a la pequeña:

—¿Tienes idea de quien le hace esto a tu madre?

La niña miraba los dibujos animados como si quisiera evitarme. Sin embargo, esto es algo característico de todos los de su edad; están seguros de que en aquellos movimientos reinventados detrás de una pantalla de plasma se esconde la verdad más que en las palabras de los adultos.

—Oye. Natalie.

La pequeña me miró y sin que yo repitiera la pregunta negó moviendo la cabeza. Regresé al aburrido crucigrama.

La mujer volvió a la habitación acompañada por camilleros y lindas enfermeras. Dijeron que estaba muy bien y que la dejarían unos tres días más hasta que estuvieran sanas las curaciones. Algunos órganos internos habían sido sutilmente afectados y tenía un par de costillas rotas. Pero nada que los médicos locales no pudieran arreglar.

Pregunté por familiares o amigos y mencionaron a un tal Abraham, hermano de la paciente, que estaba de paso por la ciudad.

Daniela se apareció en el pasillo justo antes que yo dejara el lugar. En privado intercambiamos palabras y nos despedimos hasta nueva orden.

No supe de ellas hasta el día en que, como había dejado indicaciones en la clínica de que los gastos corrieran a una de mis cuentas bancarias, llegara la notificación de la operación realizada al buzón de mi casa. De ello me enteré el sábado a las nueve de la mañana cuando revisaba la correspondencia. Llamé a Daniela para saber de la condición de Amalia.

—Está muy bien, Jon —dijo—, salimos de la clínica ayer por la tarde. Estaba radiante; ella y su hija están felices. Mejor que antes. Está muy agradecida contigo, deberías pasar a verlas.

—Quizá lo haga por la tarde. Debo atender unos asuntos que tengo pendiente. —Silencio. Luego, dudoso pregunté—: Daniela, ¿pusiste la denuncia?

—Bueno, incluso por mi labor social, sabes que no le reciben denuncia a cualquiera que el caso le resulte ajeno. Sin embargo, la policía llevará el caso de oficio, por la gravedad de las heridas. Pero como no hay a quien denunciar, no creo que hagan mucho. En todo caso —aclaró—, la policía inspeccionó la casa y está vigilando quien sale o quien entra. Hasta ahora no han encontrado nada sospechoso. El comisario me dijo que mantendría vigilancia durante las siguientes cuarenta y ocho horas para asegurar la tranquilidad de Amelia y de su hija.

Después de hacer otras visitas informales fui a casa de Amelia, cuya dirección me había dado Daniela. Tal como me había dicho, todo estaba en orden. La mujer se hallaba muy recuperada. Su hija pintaba gráficos en papel bond y Amelia, frente a una máquina de coser, trazaba hilos en pantalones que le daban por encargo. Me recibieron con chocolate y pan tostado y me enseñaron sus planes de irse a vivir a casa de unos parientes en Boston.

Amalia le hablaba a su hija en señas que ella bien entendía, y la pequeña me decía lo que su madre quería que yo entendiera. Compartí un largo rato con ellas hasta que recibí la llamada de un cliente potencial, el dueño de un viejo edificio abandonado. Había quedado con él para vernos en un bar del centro.

Me despedí de las mujeres con cierta nostalgia, pues que ya no tendría razones para volver a verlas. Sentí la satisfacción del deber cumplido. No había movido un dedo, pero ambas estaban bien.

Al salir noté que la policía seguía custodiando la casa. Eso me reconfortó.

Dos horas después estaba yo en casa; revisaba archivos y leía algunos artículos cuando sonó el teléfono. Eran las 8:55 de la noche. El aparato lanzó un crujido extraño y luego se escuchó una voz meditabunda.

—¡Jon, pasó otra vez! —Era Daniela—. La policía dice que no ha visto a nadie entrar o salir de la casa. Van a retirar la vigilancia por que están seguros que el problema no es de violencia intrafamiliar, creen que ella misma se hace las heridas. Sé que no debería llamarte para esto pero tenía que hacértelo saber.

—¿Dónde estás?

—En la clínica —respondió—. Me temo que esta vez haya sido peor.

La institución se hizo cargo nuevamente. Por fortuna Daniela estaba errada. Las heridas eran muchas, pero no habían sido de la gravedad de las anteriores.

Aunque los médicos anotaron que la mujer, a pesar de la carencia que tenía para expresarse, estaba en buenas condiciones psicológicas, y tras hacerle una tomografía axial en la cabeza, ya que Daniela seguía las instrucciones policiacas sobre su estado mental, no encontraron contusión alguna ni masa que pudiera indicar estar padeciendo un trastorno siquiátrico; sí remitieron una orden para que la revisara un especialista en el tema.

Como no hubo necesidad de internarla, Daniela las llevó a su apartamento.