No me asustan… después de tanto recordar, ver un par de fantasmas da lo mismo ¡Sí! Se me olvidaba, los recuerdos  son  fantasmas que se ocultan en los recovecos de la memoria. Espasmos de silencio que naufragan en la inmensidad del pensamiento.

Tomado de escalerahastalaluna.blogspot.com

Tomado de escalerahastalaluna.blogspot.com

Por: Jhonattan Arredondo Grisales

A veces los recuerdos nos detienen en el tiempo, ellos manipulan a su antojo la vaguedad del ser y del sentir que por momentos nos agobia. Por esta razón, siempre llegan cuando se les da la gana, tampoco nos dan la oportunidad de elegir qué recordar, ni en qué momento; simplemente se aparecen de la nada, como los designios de los dioses. Ellos le lanzan gritos exasperados a nuestras almas, las hacen estremecer. No hay alma alguna que sienta el eco de un recuerdo y que haga caso omiso de sus preceptos. Ellos, los villanos, los lobos, las calaveras, las hormiguitas, los secuaces de la muerte; siempre tienen un motivo para que no olvidemos,  y así intentemos evadirlos y hacer como si nada hubiera pasado, sus voces siempre van a estar presentes; ellas nunca se van, nunca lo han hecho. Y es por esto que hoy les cuento este relato:

Camino por una calle completamente vacía, solo me acompaña mi sombra y mis recuerdos; espectros que me siguen por la vida. Camino y detallo mis pasos al andar, son pasos que tiemblan bajo el faro de la noche, pasos incesantes, pasos que corren como un ladrón porque la mentira los persigue. Me detengo por un momento. Mis pies quieren esconderse en los bolsillos, en mis escuálidos bolsillos; les da pavor mirar de frente a la soledad que guarda la noche y a los lobos que vienen detrás de ella. Los lobos aúllan mientras contemplan un globo luminoso que despierta a los espíritus; a la vez, sus aullidos  despiertan los misterios que exaltan a mi alma ¡Qué noche! ¡Qué bella y constelada está la noche! Sigo adelante, mis ojos inquietantes observan con detenimiento el asfalto de la calle, luego, me percato de que hay un espíritu rondando mi cabeza, es el fantasma de un poeta; quizá, el de un poeta ruso. Entonces, alguien o algo me habla desde mis adentros: La calle es como un  rio, uno que después de tantos croquis se convirtió en un mar de ensoñaciones. Sí, efectivamente es un poeta ruso, tiene que serlo.

Más adelante, estando más cerca, los recuerdos me detienen: me muerden las espaldas, me muerden todo el cuerpo; sus colmillos son como navajas y sus garras como espadas que atraviesan de lado a lado a mis sentimientos; es un ataque infalible. Los recuerdos parecen pequeñas calaveras, un batallón de hormigas que suben desde el suelo hasta llegar a mi cabeza, donde todo es un caos; sin embargo, escarban y escarban hasta que encuentran un refugio, donde no van a salir nunca; ni siquiera un Alzheimer podría sacarlos despavoridos. Otros, se desvían y toman el camino que los lleva directo al corazón, son las ovejas negras; en ésta familia los descarriados son los ambiciosos, quieren ir a donde todo está peor, sin darle la mínima importancia al recorrido que los llevará a ese misterioso lugar. El camino está cubierto de niebla y vientos huracanados intentan evadir a los recuerdos; en ese lugar, no son bienvenidos porque es donde mayor hacen daño. Pero después de un largo combate, finalmente cumplen su objetivo, acaban quitándole el tinte rojo que aún habitaba en los rescoldos de la sístole y la diástole. No es un gran festín, mi corazón en esta noche tiene un sabor amargo, amargo.

A pocas cuadras de mi casa, me siento en un andén y bebo tres cervezas mientras escucho una buena rola, de pronto, sin que yo me percate, dos preguntas se sientan a mis lados; son un par de vampiros que arremeten en contra de mi voluntad. No es nada extraño, son las hijas de los recuerdos, por lo tanto, son implacables: ¿Hasta cuándo hay que recordar? ¿Cómo librarnos del pasado? No encuentro soluciones, mi meditar es vago y ruin; estas son preguntas delirantes con respuestas inconclusas ¡Cómo dejar de recordar! ¡Cómo dejar todo en el olvido! ¡Cómo olvidar cuando existen los recuerdos! ¡Ay, dioses del Olimpo! ¡Escuchen este lamento!

Conquistada la noche, sigo caminando y aunque sé que no me van a creer, escribo lo siguiente, mis ojos: sospechosos y colmados de delirio, ven a lo lejos un par de siluetas fundirse en la penumbra, estando más cerca, veo cómo ambas siluetas se abrazan y se besan apasionadamente; son las sombras de un par de enamorados, dos difuntos que después de la muerte se siguieron amando. No me asustan… después de tanto recordar, ver un par de fantasmas da lo mismo ¡Sí! Se me olvidaba, los recuerdos  son  fantasmas que se ocultan en los recovecos de la memoria. Espasmos de silencio que naufragan en la inmensidad del pensamiento. Son quimeras, llanto y soledad; pequeños diluvios que caen como hojas de otoño sobre mi alma adormecida ¡Oh, faro de la noche! Ilumina este sentir, este escuchar de voces ausentes, de canciones que deambulan por las calles regando notas para los aedos; notas que se convierten en poesía y poesía que poco a poco se va con el viento.

Finalmente, después de una larga excursión nocturna, llego a mi escritorio. Me tomo una taza de café y enciendo un cigarrillo, como es habitual. Luego, sin vacilar más a la noche, me dispongo para emplearme en el arte de la imaginación y en la disciplina del descontento. Y  es aquí cuando empieza la verdadera tragedia, porque recordar para escribir es morir un poco.