Espinosa, el dueño del gallo muerto, quien todos los sábados sacaba la olla para la mazamorra y pedía 800 y que ahora lo agredía brutalmente por haber perdido contra un gallo mucho más viejo que el suyo…

Por: Andrés Felipe González A.

Los hombres que querían poner sus gallos a pelear eran gente de cuidado: convictos y delincuentes. Ellos se pasaban los días de su funesta vida en una triste y decaída gallera, que en los últimos años se había convertido en un escenario parecido a los de La ciudad del pecadocon prostitutas de turno diario y matones de bajo presupuesto que, sin escrúpulo alguno, afilaban sus cuchillos y cargaban sus armas  a la luz de los focos de un Renault 4. El carro lo utilizaban también como transporte para sus atentados y trabajitos, con el riesgo de que los dejara varados a mitad del camino y, aunque nunca había ocurrido, cabía un inmensa posibilidad de que pasara, pues este cacharro había venido al mundo en un embarco hacía más de 40 años.

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La razón por la cual me encontraba allí era, sin lugar a dudas, Jane. La mujer de extenuantes curvas y rizos dorados, además, porque besaba sus hombros con ardua ternura. Jane era hija de Don Pedro García, el hombre que toda su vida vendió mazamorra y que, por suerte de la vida, un buen amigo le regaló a Pambelé para que le sacara algo de provecho.

Fue entonces cuando se desató la verdadera batalla. Pambelé amenazaba de muerte al otro gallo que se revolcaba y chapaleaba en la arena, ya que Pambelé le había enterrado una especie de puñal que Don Pedro le amarró en las patas, antes de la batalla. El gallo caído extendió sus alas cortadas como símbolo de su muerte, mientras Pambelé levantaba un poco de polvo de la tierra, como muestra de su superioridad o, tal vez, como si tuviera la intención de conquistar una gallina o despertar la admiración de los pollos.

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