MI CIELITO, LA SECTA Y YO

Un estudiante busca refugio en medio de la lluvia, mientras cuenta las últimas monedas en su bolsillo y acompaña a su novia por las calles de la ciudad. De pronto, una puerta se abre, o quizá siempre permanece así, sobre todo cuando allí se tejen los eternos ritos de los seres humanos que buscan la trascendencia, lo eterno. El estudiante mira, oye, palpa y deja en evidencia una otra realidad. 

 

Escribe / Nicolás Agudelo – Imagen / Pxhere

Se hacían las 12 del mediodía mientras caía la usual lluvia de Manizales. Acababa de verme con mi novia en una cafetería nueva, que miraba de frente a la clínica de La Presentación, que tiene la edad de mi bisabuela. Aún lidiaba con la pena y el agite que me dio darme cuenta, más temprano, al despertarme, que, como tantos otros días, me quedé dormido e iba a llegar 40 minutos tarde al encuentro con mi amada.

Yo le daba cariños y la molestaba para darle el detalle de mi presencia. De mi presencia, porque andaba con 7 lucas (7 mil COP) en la billetera y, aunque eso valdrían dos tintos y par de pandebonos, había que tasar “pa’ salirme de deudas primero”, me repetía en la cabeza, para no sentirme mal por la poca diligencia que había tenido en la vida para que llegara a los 20 y no tuviera ni la moto, ni con qué alimentar a la polla, como tantos homónimos antioqueños y vallunos. Esto pensaba mientras bajábamos caminando al barrio Linares.

Ella me estaba hablando de un problema que tenía con su mamá, porque en una vuelta que le pidió que hiciera, referente a la empresa familiar, quedaron retenidos 4 palos (4 millones COP) en una página (la cual aun no entiendo para qué servía). Yo escuchaba, mientras disociaba viendo al cielo, porque hoy andaba lloviendo raro, y porque pensaba en cómo hacer plata esta semana, y porque tenía tareas que hacer para la U, y porque sabía que esos 4 palos para la familia de ella eran como esas 7 lucas que yo apretaba con el puño. Eso se reponía breve, pero mi jeva estaba claramente afectada. Por lo que, para mí, inoperante emocionalmente, me era imperativo hablar o hacer la cosa más absurda que pudiera para sacarle una sonrisa. En una de esas, también, tal fue el desparche, que me hice vacunar contra el COVID para una tarea, cúlpeme usted por sacar lo más posible de una situación incómoda.

El caso fue que la lluvia arreció tanto que no encontré otra solución al malparche que meternos a una bodega frente a un complejo de edificios, donde, al parecer, estaban realizando una misa. Caímos en la cuenta de una de que era un templo cristiano (ojalá se diga templo). Mi mujer es también cristiana, solo que, como ella me ha explicado múltiples veces, hay distintos brandings en este tipo de fe. Usualmente diferenciados por las empresas a las que están circunscritos o el propósito social de los recaudos semanales.

Vi las nucas de casi 300 personas mirando hacia un atrio más imponente y elaborado de lo que estaba acostumbrado, cual si fuera un escenario. Con seis bafles de concierto puestos encima simétricamente. Los muros blancos como la luz y ni una cruz a la vista. Había baños, lo que me hizo pensar si alguna vez había ido al baño en la casa del Señor y si no lo había hecho, esta vez no me quedé con las ganas. Sentados todos en sillas semejantes a las de la iglesia común, pero sin las almohadillas para uno arrodillarse

Entramos y me hicieron quitar la gorra, lo cual es completamente entendible, porque si me van a lavar la cabeza no debería haber obstáculos. Pensé, pero de una vez me retracté, ¿por qué?, pues ya entrado en gastos y reconociendo mi posición, sabiendo que iba a estar ahí metido un rato, por lo menos me queda entretenerme con el sermón (que no es sermón, sino que aquí se llama servicio).

Cuando llegamos me miraron varias personas con extrañeza; obvio, nunca me habían visto por ahí y en este tipo de vueltas la gente ya se tiene vista. Además, todo el mundo iba elegante, incluso yo, a decir verdad, iba hasta de gala, con la chaqueta del Once que dice LEONA.

Mi Cielo (a partir de ahora me referiré a ella así) se burlaba de mí, que porque por fin me trajo a escuchar la palabra. Y yo agradecido con Allah, porque tener a la mujer puta es el propio viacrucis. Entonces, el bobo (yo), todo romántico, le agarra la mano y se pone a poner cuidado a lo que dice el hermano.

El orador de ese momento vestía de traje negro, era calvo, pero tenía vestigios de cabello que le rodeaban los lados de la cabeza. Usaba gafas y tenía una nariz aguileña bien pronunciada que se divisaba desde la fila 24, donde yo estaba. Hablaba con un aire regañón y agrandado, como hablan todos los que se creen dueños de la verdad. Y, aunque su discurso apuntaba a ser más cercano a la gente, por las referencias a la vida que hacía y sus formas de narrar bien distintas a las del padre que usa túnica blanca, alzaba la voz excesivamente para dar énfasis y jamás paraba para decir ¡palabra del señor! Sin embargo, en reemplazo, a veces se emocionaba tanto que, al terminar una oración en un punto álgido o exclamativo, unos 300 feligreses (perdón si no se les dice así en este parche) le respondían con un amén, un alabado sea y hasta un ¡Sííí! Una interacción que solo había visto en películas enfocadas en la comunidad afro y su comulgar barrial donde tienen coros de lo más animados y hasta a bailar se paran. Caí solo en la cuenta de que esos negritos han de ser cristianos también, y que no haya visto algo así antes en mi vida responde a que Manizales, un poquito como Alicante y Cerdeña, un problemita social sí tiene.

Pero divagando me pierdo, seguro por el déficit de atención. Cuando me doy cuenta, el sujeto ha estado hablando otros 10 minutos en los que, para mí, solo fue ruido, mientras miraba su olvidable rostro.

Para fortuna mía y para continuar en lo que iba, él seguía ejemplificando lo mismo, no lo mismo de hace un rato, sino prácticamente el 90 por ciento del discurso de los hogares espirituales a los que he asistido en mi vida: “Usted no es bueno, sea bueno, rece bien, entréguese, esto no es rezar bien, de nuevo, le repito, rece bien. Es que eso que usted hace no es querer a dios lo suficiente. Tenga por seguro que, si viene más aquí y se deja ayudar, en la vida le irá bien”. Y, de fondo, un bebé, llorando, como siempre.

Entonces, ¿será que es cierto eso de que la rutina es algo inherente a nosotros? o ¿que si nos repetimos lo suficiente algunos lo creemos? Claro que sí y claro que no, no lo digo yo, lo dicen los hermanos que después del fin del discurso levantan la mano para manifestar sus historias de lucha y cómo la fe los movilizó para superar obstáculos. Probablemente lo más bonito que jamás vi en la iglesia católica.

Más tipos y mujeres vestidos de traje, como los hombres de negro, pasan entre las filas de sillas recogiendo donaciones. Yo de mil amores daría una luca si la tuviera pa’ regalar, pero solo luca, porque me da como una punzada en la costilla cuando veo una mano en la fila de adelante poner un billete con la cara del hijo de Pumarejo. El problema es que cuando llega ese filtro de café XL al frente de uno, este se queda como 5 segundos incómodos, segundos en los que a mí me toca mirar al señor que sostiene el palo mientras aprieto los labios hacia adentro en señal de incapacidad para depositar. Él me devuelve la mirada con aporofobia, como si estuviera irrespetando al de arriba. Pero si él todo lo ve, sabrá perdonar el cariño que le tengo a las tortugas de alpaca que me quedan.

Al mismo tiempo, los señores de traje pasan micrófonos para que las personas testifiquen y yo atento.

Un tipo con dificultad habla del coma del que salió debido a una parálisis cerebral, una señora apuntó anécdotas sobre el desarrollo de su negocio, una señorita de unos 35 años contó su trayectoria en el estamento político de la iglesia y comentó sus cambios comportamentales, como empezar a usar falda larga por recomendación de ciertos maestros de la iglesia.

Tengo que decir también que me sentí apenado con los demás asistentes porque todos portaban una biblia o el pdf de la misma en el celuco y siempre se agachaban a buscar los versículos que les pedían leer. Chévere por ese lado, porque incitan a la lectura. Alguna vez Mi Cielo me comentó que desde su iglesia les recomendaban leer la biblia al menos una vez al año. Yo, juro por Visnú, que la leeré alguna vez, porque me gustan las películas, así como hice con Harry Potter.

Luego me desentendí de la misa porque se me ocurrió un chiste negro que contarle a Mi Cielo, referente a la semblanza de estos foros con la de un tal pintor austriaco. No es que lo piense realmente, pero, de vez en cuando, me gusta ver a una cristiana sonreír sorprendida por el vacío espiritual que expresan mis ojos.

Pasaron 15 minutos más y una llamada de emergencia referente al dinero perdido puso nerviosa a Mi Cielito, que terminó por despedirse apresurada para resolver la situación, diciéndome que en la noche iría a mi casa a ver el partido conmigo, divina que es, me dije.

Un video proyectado, una alabanza de manos abiertas y de pie, fue lo que terminé de ver ese día. Esta última me cautivó porque no era una cita repetida como el Padre Nuestro, sino que eran muchos susurros al unísono, que invocaban cosas distintas.

Ya había escampado ¿gracias a quién? Antes de irme me paré despacio para reparar qué hacía este pueblo de distinto cuando salían de su mezquita. No encontré nada concluyente en los que se fueron, los que se quedaron, por otro lado, me revolvieron un poquito el estómago.

Cerca de 15 parejas, siempre una de ellas llevando traje o vestido, dispuestas en las bancas más cercanas al atril, asumían uno de dos roles. Unos, los que no tenían traje, estaban sentados con mirada perdida hacia el frente o con los ojos cerrados; los de traje les masajeaban las cabezas y se les acercaban a ratos a susurrarles cosas al oído y la parte de atrás de la cabeza. De esta manera permanecieron cerca de media hora y yo, sapo, viendo desde atrás, casi horrorizado, le pregunto a una señora por qué está pasando lo que está pasando, a lo cual ella responde tranquilamente con que “…a medida que uno asciende en niveles de espiritualidad gana la habilidad de hablarle a las personas de parte de Dios”. Yo asiento con la cabeza, me levanto y me voy, tratando de disimular que acabo de ver algo supremamente perturbador, según los pocos principios que tengo.

Camino por la calle de afuera del lugar buscando un paradero de buses, está llena de publicidad del MIRA, el partido político que fundó la iglesia hace 23 años. Pongo en retrospectiva mi experiencia en el lugar mientras cuento monedas de cien y de doscientos: recuerdo que alguna vez me clavaron una aguja en la cabeza haciéndome acupuntura, que ando antojado de unas cartas del tarot y que sigo siendo del Blanco a pesar de todo.