La ciudad se sacudía frente a sus ojos. Las luces le aturdían a cada parpadeo. Pensó en que tenía ganas de orinar. A su cabeza venían nombres sin coherencia, Putin, el divino niño Jesús,  Mafalda, Pinochet, la pequeña Lulú.

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Por: Andrés Felipe González

Antes de cruzar la calle miró por encima de su hombro, para tener la seguridad de que nadie lo perseguía. Eran las siete y cuarenta en la fría noche de Pereira. La ciudad se sacudía frente a sus ojos. Las luces le aturdían a cada parpadeo. Pensó en que tenía ganas de orinar. A su cabeza venían nombres sin coherencia, Putin, el divino niño Jesús,  Mafalda, Pinochet, la pequeña Lulú. El semáforo dio la señal verde para cruzar. En el mismo momento en que su pie derecho bajó del andén, las húmedas llantas de un Renault 21 resbalaron sobre el asfalto, haciendo un ruido ensordecedor que llamó la atención de todos los transeúntes. Dos hombres se bajaron del carro, y como si fuera parte de una coreografía, los dos tipos descargaron sus Mini-Uzi de 9 milímetros con silenciador, sobre el perplejo cuerpo de Sandoval Mendoza.

Las luces de la noche penetraban las delgadas cortinas que caían sobre el piso de la habitación, donde dormía Sandoval Mendoza con la cabeza apoyada sobre su máquina de escribir. Unas fuertes ganas de orinar lo despertaron. Tenía una infección urinaria que la adquirió a la edad de 13 años inexplicablemente, “quizá fue una fuerte sacudida que me jodió la vejiga”, piensa Sandoval antes de dirigirse al baño. Estaba sudando a pesar de que afuera llovía. Eran las siete y treinta. Recordó que le debía mucho dinero a  gente muy peligrosa, y por eso estaba orinando en el baño de un sucio hostal del centro de la ciudad. El baño es estrecho e incómodo, no hay nada que separe la ducha del sanitario, hay colillas de cigarrillos, una botella de brandy, hojas en blanco, y los restos de lo que alguna vez fue un papel higiénico; hay una fotografía del Che Guevara, piensa en que le gustaría tener una barba así; se hastía de tanta inmundicia, así que se sube el cierre de la cremallera y se dirige a la salida.

Salió de su habitación y al pasar por el corredor, vio a Doña Maruja repintarse una y otra vez el labial rojo. Maruja era la puta más reconocida de la ciudad, en la pared de su cuarto tiene un diploma que la acreditaba por saber más de 112 poses distintas, aunque en este diploma no se refieren a Maruja, si no a Señora Zorrita Caliente. Doña Maruja lo reconoce y le dice:

—   ¡Hey!  Sandoval, escritor. Tenés algo de Cortázar, me dijeron.

Suelta una mueca y dice:

-Sí, un poster y un libro.

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Siguió su camino hacia la salida. Al salir, vio a un par de policías pedirle los papeles al conductor de un Renault 21. Alguien había denunciado que el carro estaba sospechosamente estacionado frente al hostal ya hace mucho tiempo.

Sandoval no le presta importancia a eso, solo quiere llegar a la esquina, cruzar la calle, y emborracharse nuevamente hasta el amanecer, tal vez en ese estado pueda escribir algo decente. Del Hostal al semáforo no había más que 35 metros, cada paso le reduce la distancia que lo separa de la esquina. Piensa en donde duermen los gallinazos a las  siete y cuarenta de la noche. Se para en la esquina a esperar que la luz cambie a verde, mientras mira por su hombro para tener la seguridad de que nadie lo perseguía.