Ilustración / Archivo / Stella Maris

PATRIA QUEMADA

Adentro huele a sudor y a sangre, siento a otros a mi lado, otros huérfanos llevados ciegamente donde nadie recuerde sus nombres.

 

Escribe / Alejandro Jaramillo Restrepo – Ilustra / Stella Maris

Un destello, un sonido, un golpe, un par de segundos y un cuerpo cae sobre la acera. Corremos.

Se respira un aire viciado que huele más a odio y a sevicia que a pimienta, la boca reseca, el sudor goteando por la pañoleta, un dolor en el pecho que nada tiene que ver con el físico, un correr de calles y esquinas esperando que a la vuelta de cada una no esté la parca esperando. No se deja de correr.

Huele a patria quemada.

Tres detonaciones en simultáneo detrás y uno más que cae, uno que no volverá, uno al que doña Inés seguirá esperando, duele. Yo sigo corriendo. Me pesan el alma y la botella de agua con soda, me arden los pies y los ojos, me queman los pulmones. Yo sigo corriendo. No hay a donde ir, donde sea suenan las armas, fogonazos que enceguecen y matan, rastro azul de pólvora asesina, grupos de manchas negras que bajan de carros, que corren en bandada, agentes de negro y sin placas que nadie conoce, pero se sabe que los envía la muerte, diosa celosa al lado del padre, del cerdo que da la orden, del monstruo que la ejecuta. Yo sigo corriendo. Pasan tres calles vertiginosamente por la huida, las farolas iluminan el parque que me vio jugar de niño, dos calles más y estaré en los brazos de mi madre; el silencio camufla la noche con sonido funesto, atrás, muy atrás, está el peligro. Me detengo, respiro, lloro. Atrás quedaron los demás, tal vez nunca sepa de ellos. Una luz sobre mi hombro, un camión sin placa con un hombre sin rostro, no tiene conciencia, una marioneta al volante. Retumba el motor, me persigue. Yo vuelvo a correr. Las sombras se mueven en moto, salen del suelo, huelen el miedo; dos carabinas como hoces que mutilan a balazos me apuntan, tres sombras que conducen otras tres que traen la muerte. Huyo. Dejo de oír, la boca sabe a hierro y mi cabeza roza el pavimento, ya no corro, no siento, no pienso. Se abalanzaron sobre mí las sombras en la huida, la noche me cae encima. -¡Quieto hijueputa!- dice la parca. Me rindo. Me arrastran por el frío suelo, el roce del asfalto y la ropa mojada, se abren las puertas del camión, no hay luz al final del túnel. Me dejo llevar. Adentro huele a sudor y a sangre, siento a otros a mi lado, otros huérfanos llevados ciegamente donde nadie recuerde sus nombres.

Tres sombras, un camión, un insulto, dos hoces cargadas y un cuerpo que desaparece.

Madre, no me esperes esta noche, me fui con mi patria.