Rubén no habla, la mujer no habla. El taxista habla para sí, revisando con sus ojos escrutadores el rostro de ella. ¿Será un mal polvo que se sentaron separados? Se pregunta.

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Por: Juan Camilo Gallego Castro
El único nombre real de esta historia es el de Rubén. Al final de la tarde abandona un motel en el Sur de Medellín. Silente camina hasta el taxi que había pedido minutos antes, se sienta en la silla delantera y mira por la ventanilla una mujer que avanza a pocos metros. Abre la puerta y se sienta atrás.

Rubén no habla, la mujer no habla. El taxista habla para sí, revisando con sus ojos escrutadores el rostro de ella. ¿Será un mal polvo que se sentaron separados? Se pregunta. Si hace unos minutos debían estar besándose, qué habrá pasado para que ahora estén alejados, en silencio y cruzando la ciudad con tanto afán.

Rubén no habla, el taxista habla para sí y la mujer se anima a decir algo cuando se ve cerca de su casa.

-Ay, Rubén, mirá esa fiesta-, lo dice señalando la casa de donde nace la música.

Al ver el taxi, un hombre sale de la casa con un ramo de flores inmenso, su cara a todo sol, la música a todo dar. La mira, su sonrisa tierna, su aire resplandeciente.

-Mi amor, ¡feliz cumpleaños!- le dice y luego la besa y la lleva consigo, la aprieta, le acaricia la espalda. Rubén no habla, el taxista habla para sí.

-Rubén –dice el esposo– gracias por traer mi mujer a la casa.

-Con gusto- responde corto, resbalando una sonrisa que apenas le nace.

-¡Mami, mami!- salen dos hijos de la casa, apurados, emocionados- ¡Feliz cumpleaños, mami!
La abrazan, la besan.

-Gracias Rubén por traerme a la casa– le dice ella dándose la vuelta, hacia la fiesta, el cumpleaños.
Rubén le pide al taxista que reanude la marcha, y ya incómodo atina decir algo.

-Soy un hijueputa.

-Con todo el respeto que usted se merece señor, es un doble hijueputa.