La chica abandonó la cafetería en busca de otra señal y cuando salí a buscarla había desaparecido. La busqué en todas partes: Iberia, Avianca, Air France; pero se había esfumado. Finalmente, no perdí el vuelo, pero sigo en busca de señales.

 

Por: Camilo Villegas

Hace unos días, mientras desayunaba en un aeropuerto, se me acercó una chica de unos 14 años de edad, de melena ondulada y vestido a cuadros que parecía preceder del pasado más que de una terminal aérea. Llevaba en la mano un libro de Paulo Coelho en el que, según me dijo, acababa de leer que el mundo estaba lleno de señales.

-Acabo de caer en cuenta –añadió– de que comes el pan como si más que masticarlo lo pensaras, igual que hacía mi difunto padre.

-Pues me cago en Paulo Coelho y en tu padre muerto –respondí sin agresividad–. No hablo con nadie cuyas citas literarias no sean de Shakespeare para arriba.

-Eso también era típico de mi padre –respondió ella con dulzura–, despreciar lo que ignoraba. Puedes cagarte en él todo lo que quieras, pero deja a Paulo Coelho en paz.

Llevaba en la mano un libro de Paulo Coelho en el que, según me dijo, acababa de leer que el mundo estaba lleno de señales.

 

Entonces comprendí que el mundo estaba de verdad lleno de señales. Aquella chica me recordaba a una novia de la universidad que se llamaba Estela, un nombre un poco raro para la época. Tal vez, pensé, venía a decirme algo desde el pasado.

A veces, no muchas, pienso en el pasado. Voy caminando por la séptima en Bogotá, en dirección a la Universidad Javeriana, y de súbito veo que viene de frente Estela, que va a clase de anatomía. Quizá sea un poco cruel exigirle una cita de Shakespeare con un bagaje cultural tan escaso.

Después de todo, yo tropecé con Shakespeare por casualidad y no siempre consigo entender lo que dice. Me faltó muy poco para quedarme en Paulo Coelho: tal vez lo hubiera preferido a condición de que Estela permaneciera a mi lado. Ahora seríamos los dos unos treintañeros,  veríamos Netflix y leeríamos juntos a Paulo Coelho. Nuestros hijos llenarían nuestra casa con libros de autoayuda y habríamos encontrado un sentido a la vida. Dicho así suena bien, mejor que Bakunin o Nietzsche.

Hablando de Nietzsche, me acordé de un libro muy importante en mi vida: El anticristo. Tal vez, de haberme casado con Estela, yo podría haber escrito El alquimista de Coelho. No sé, no sabe uno qué es lo importante y lo que no. Pedí un café americano, mordí el pan y lancé una mirada amable a la chica.

-Mira –le dije–, no quiero molestarte, pero es que Paulo Coelho escribe muy mal y es un farsante. Además, no creo que el mundo esté lleno de señales. Más bien peca de lo contrario: de falta de señalización. El mundo es peor que el aeropuerto Eldorado o que el de Lhasa Gonggar en el Tíbet: todos los carteles están ahí para confundirte, para que cojas el vuelo que no es o te quedes atrapado en el laberinto de sus pasillos.

-Razón de más para que cuando aparezca una señal nos aferremos a ella, y ya te he dicho que tú te pareces a mi padre.

-Ahhh y dale con eso, déjame desayunar tranquilo, voy a perder mi vuelo. Pues no es por darle la razón a Coelho, pero tú eres idéntica a una exnovia de la que estuve enamorado en mi adolescencia. Idéntica, idéntica. A lo mejor eres hija de ella. Se llamaba Estela.

-No sigas –respondió, palideciendo la chica–. Mi madre se llama Estela, pero tengo miedo de que si continúas hablando no se trate de ella, con lo que me gustan a mí las señales del destino.

Ilustración / Vexels

A mí también me dio miedo indagar, por si se rompía la magia. Nunca había imaginado viuda a Estela, con la ropa interior negra y todo eso. Yo sigo soltero por pereza, además, tengo un burdel y eso da muy mala imagen, pero de repente pensé que, si Estela estaba viuda y todavía sintiera algo por mí, yo estaría dispuesto a casarme con ella, aunque su hija leyera a Paulo Coelho. Personalmente, había caído el año anterior en el desvarío de leer Mi mundo, mis huellas, de Carolina Cruz.

-Quiero casarme con tu madre –me oí decir con decisión, mientras pagaba la cuenta.

-Pero si ni siquiera sabes si es la Estela del pasado.

-No importa –respondí–. Si esto es una señal, no quiero dejar de leerla. Me da pánico seguir pasándome la vida dentro de aeropuertos en busca de módulos de información. Llévame donde está ella. Seré como un padre para ti.

Eso es en realidad lo que imaginé, y sin duda lo que tenía que haber hecho, pero no tuve valor para traicionar a Shakespeare a favor de Coelho. Entre la literatura y la vida, siempre he elegido la literatura, y así me va. La chica abandonó la cafetería en busca de otra señal y cuando salí a buscarla había desaparecido. La busqué en todas partes: Iberia, Avianca, Air France; pero se había esfumado. Finalmente, no perdí el vuelo, pero sigo en busca de señales.