SIGILOS

Lo que los sigilosos unos a otros en corrillo se contaban y con qué satisfacción, fruición y gloria, me abrió un hueco en el corazón que me perduró por años.

 

Por / León Darío Gil Ramírez – Ilustraciones / Stella Maris

Yo estudiaba en tercero. Un día, mientras mi maestra atendía a la maestra de segundo afuera del salón, con toda precaución llegué hasta su escritorio y, sin que nadie lo notara, el lápiz que ella siempre se atravesaba en la boca mientras escribía en el tablero se lo cambié por otro de iguales características. Y no fue una eventualidad o un arrebato momentáneo; fue un trabajo de semanas hecho con juicio, destreza y perfección. A cualquier hora, a la luz de mis ensueños, sin estropearlo lo contemplaba, lo olía, lo besaba; los huequecillos que marcaban sus dientes me provocaban no sé qué conmociones de terror o de ternura; como ella, me lo metía en la boca, pero yo para saborearla y sopesar la gloria de sus besos ilusorios.

Nadie se dio cuenta, ella tampoco, de que las envolturas de los confites o dulces que ella se comía, todas, las tenía yo. El mochito de un lápiz con el que se enlucía los ojos que una vez maleducada tiró por la ventana, rogando toda la mañana para que no le pasara nada, intacto lo recogí a la salida. Un lápiz labial que desechó como se desecha lo inservible, lo rescaté del cajón de la basura; su olor a fresa me sirvió semanas enteras para escaparme al paraíso.

Al escondido, como sigue un celoso a una novia coqueta, la seguía hasta que se montaba en el bus o hasta que me alcanzara la temeridad. Todo se lo conocía, por eso, en jornadas de puro amor solitario apostaba conmigo mismo como iba a llegar vestida mañana. Si no acertaba, me reprochaba y consentía de buena gana que ni siquiera me mirara, pero si acertaba, no le perdonaba que ni siquiera me tuviera en cuenta para borrar el tablero; un honor que ella solo le otorgaba a sus preferidos.

De cómo se vestía, me gustaba cuando se ponía las zapatillas de raso granate, las medias de rombos, la falda vaporosa, amarilla, con un ruedo de boleros más amarillos todavía, y la blusa medio lila con aplicaciones de follajes que le hacían juego con las zapatillas, o así fuera que se pusiera cualquiera de esas cosas, ese día lo celebraba como si se hubiera vestido para mí. Entonces, al escondido y en convite con mis quimeras, le hacía fiestas, le escribía cartas, le regalaba regalos imaginarios que, me imaginaba, la llenaban de una felicidad indecible; de recorrido le leía trocitos de La vaca ciega o El rey Midas, le cantaba canciones o le hacía dibujos y, esos sí, en un tramo del recreo, solitario, se los dejaba en su escritorio. Después de verlos como extrañas ociosidades sin ninguna identificación, los apilaba, los recogía y los tiraba a la basura. Tuvo un día la adorable sensatez (yo se lo agradecí con el alma), después de admirarlo con extrañeza, de guardar uno en el bolsillo secreto de su monedera: un gajito de nubes de cuatro colores puesto en un cachito de la luna menguante. Los otros gajitos de parecido estilo que le dibujé con más ilusión, con más dedicado empeño y más dedicado amor, ni siquiera los miró.

Rabia, odio, envidia, admiración, todos esos sentimientos me los provocaban los grandulones de quinto cuando, sigilosos como felinos, aprovechan las escalas para averiguarle lo que se ponía por dentro. A veces me subían las ganas de contárselo al director o contárselo directamente a ella, y me arrepentía. Por varias ocasiones se me pasó por la cabeza plegarme a sus sigilos, y me miraba y no encontraba cómo; además, fuera de considerarla un pecado a la luz de mis creencias, a mis años era una aventura que desajustaría la razón de mis iguales y, más aún, la de mis mayores. Lo que los sigilosos unos a otros en corrillo se contaban y con qué satisfacción, fruición y gloria, me abrió un hueco en el corazón que me perduró por años.

En algunos exámenes fingía que le estaba haciendo trampa no para otra cosa sino para que ella se arrimara o simplemente pasara y me diera el goce perdurable de su olor. Ella tenía un olor a ella que la dejaba por fuera de la normalidad. Un olor que sentía cuando ella aparecía de verdad o le daba por aparecer en el ápice de una ensoñación, en un renglón del cuaderno de tareas, en los repliegues de un recuerdo o en los parajes desleídos o nítidos de un sueño.

De la carta que por pura ociosidad le escribí el día que por enferma no vino, y vino a cuidarnos el director, no puedo olvidar algo como esta frase: señorita, sepa que no la quiero para aprender, la quiero para aprenderla. A la salida me fui derechito a la iglesia la Inmaculada a pedirle a la Virgencita no solo por su salud sino por su felicidad. Al otro día llegó tan linda y tan radiante, tan risueña, que todo lo iluminaba y lo alegraba a su paso. Su andar de niña malcriada, sus ojos, sus labios, su pelo, eran una fiesta. Y nada había en su ser, nada, ni siquiera un vislumbre que me revelara que estuvo enferma, y eso, por una parte, me puso contento pero, por otra parte, me metió por pensamientos que me llevaron a creer que nos había mentido y que en vez de enferma estaba de jolgorio quién sabe con quién y quién sabe dónde.

Un día la amé más que ninguno otro: el día en que se metió al patio de recreo. La vi transcurrir de uno a otro lado del corredor, ansiosa, tratando de precisar algo. Una diadema de rosas rosadas, además de embellecerle la hermosura, le hurtaba la juventud y le exaltaba un halo infantil encantador. Con una mano sosteniéndose la barbilla se apoyó en la chambrana. Sin ella verme, yo la veía desde una banca del patio en la que conversaba con Orozco de irnos, ese viernes, por la ruta rumbosa de Las Delicias. Me vio. Me miró como ninguna vez me había mirado. Sentí que ella y yo éramos los únicos seres de la Tierra y que entre los dos se interponía una distancia infinitamente imposible de acortar. La vi abrir la puertecita de la chambrana y bajar. En el patio me impresionó el esplendor de su sonrisa y su avasallante estatura en medio de un raudal de niños como muñequitos de cuerda. Ella misma y su sonrisa se fueron transformando en un hechizo mientras se acercaba; cuando llegó hasta mí, ya no sabía dilucidar si ella era ella, el acaso de un ensueño o el destello de una aparición.

Sin siquiera entrar al salón una mañana nos llevó a mostrarnos y enseñarnos la ciudad. Fueron dos horas maravillosas. La gente sin cesar, el viento como una compañía elemental y bienhechora, los perros errabundos, la esquina venidera, las montañas del oriente… Por la calle su voz era otra voz; sin las ataduras del salón tenía la gracia de la libertad, de la palabra plácida envuelta entre sonrisas y mohines insinuantes. La ciudad contada por esa voz, hablada por esas palabras, proferida por esas manos y esos gestos felices, era incomparablemente distinta y más linda que la ciudad que se veía al pasar. Las iglesias, los parques, las fuentes, las palmeras, las estatuas, el teatro, las edificaciones, adquirían otras resonancias en la memoria que las amparaban del olvido y se prendían a la conciencia como un nuevo y dichoso saber. Fue como si a los que ya que teníamos, la maestra nos hubiera puesto otros ojos que veían más allá de la apariencia. Al final, como una jauría acosada por el ímpetu, nos arrojamos al parque infantil. Ella, ensimismada, recostada contra el anjeo, contemplaba las montañas y anotaba en su libreta quién sabe qué cosas de ella, de la vida o de nosotros.

De vuelta al salón nos puso a hacer una redacción sobre cualquier cosa que nos hubiera provocado el paseo.

Cuando llegó hasta mí, ya no sabía dilucidar si ella era ella, el acaso de un ensueño o el destello de una aparición. Entonces se sentó a mi derecha como si fuera un acto de todos los días. La sentí al instante, y su tibieza de paloma fue la primera ración del deleite. La segunda, la desnudez de su brazo rozando el mío, estremecido. La tercera, la cercanía de su aliento dulce. La cuarta, y no sé si deba decirlo, una encantada perversidad más allá de sus ojos. Mientras me miraba como a una pregunta, como al lomo de un gato me sobó la cabeza; hecho que me desajustó la razón y me hizo sentir más niño de lo que era.

Creo que buscando las palabras levantó los ojos un rato para mirar el entorno; después me volvió a mirar, y a mirar como a una pregunta. En silencio, casi midiendo los movimientos, del bolsillo sacó, doblada, muy doblada, una hoja; tanto, que creí que antes que doblarla la quería desaparecer. Como para ella sola, muy despacio, la desdobló en una actitud solemne. A pesar del bullicio del recreo y a pesar de los años y años que han pasado, no se me puede olvidar que oí los sucesivos desdoblamientos de la hoja. Lo que me sobrevino pensar mientras eso ocurría, todavía me causa horror: una notificación a mis padres sobre cualquier hecho sin lugar en mi cabeza. Pero no. Mirándome con admiración y gozo dejó en suspenso el último doblez. Y repentinamente lo desdobló ante mis ojos tarareando y simulando con las manos un pase de magia: era la hoja de mi redacción. Me la entregó como se entrega un diploma, se la recibí como se recibe una carta. Con un tono clemente, dulce a la vez y pícaro, muy distinto al de la vida diaria, me pidió que se la leyera: se la leí. Ocho o nueve renglones que hablaban de algo de lo que ella jamás mencionó en el recorrido, pero que representaba para mí, y para cualquier niño, quizá la aspiración más sublime: volar. Hablé del columpio como aquel objeto con el que nos ponemos las primeras alas para dejar la tierra y consagrarnos fugazmente como seres del cielo, como evanescencias del aire. En honor a la despaciosa ternura con que me miró y me acarició los cachetes, me dio por creer que yo le acababa de leer un embrujo o, quizá, ella acababa de escuchar un embeleso.

De mi mérito literario, por un admirable proceder de mi maestra, nadie se enteró. A los mejores en cualquier hecho los sacaba al frente, delante de todos, para adornarlos en palabras y dejarlos como ejemplo de lo que sea: disciplina, cumplimiento, aplicación, servicio, amistad, talento, inteligencia. A mí no. Y jamás me importó; ella comprendió a tiempo mi deseo recóndito de ser así.

En clase, después de uno de los recreos de finales de octubre, le noté la ansiedad. Estrenaba blusa y la embellecía una bufanda de hilos de colores brillantes y puntas desflecadas, y era la primera vez que le veía unos aritos de plumas azules. Con insistencia, con la lengua, se repasaba los labios. No era rubor lo que se había puesto en los pómulos, era un fuego interior que se los incendiaba desde adentro. Parada, caminando o sentada, por entre la ventana miraba con insistencia el cielo jubiloso de la calle. También con insistencia miraba el reloj. Cada vez que pasaba, en el cuadro de Bolívar, como si estuviera sola, con provocativa coquetería se recomponía el cuello de la blusa, se enroscaba o desparramaba el pelo, se aderezaba un crespo, con el anular se repasaba las cejas con medida suavidad. Lo que más me hería era cuando llegaba hasta la puerta y la abría un poquito y por ese poquito miraba un instante, y la volvía a cerrar. Al momento en el que el reloj le debió marcar el límite y no pudo con la ansiedad, del bolso que colgaba de su silla, llena de malicia sacó un paquetico y, con torpeza, como no lo pudo meter entre el bolsillo de la blusa, como una niña encartada con un pecado lo tuvo que tapar entre las manos, insuficientes, y precavida apretarlo contra el pecho.

Confundida llegó hasta la puerta. Desde ahí, por primera vez, después de advertirnos que nadie, absolutamente nadie se podía levantar, amenazó con rebajarnos disciplina, conducta y religión si advertía el más mínimo ruido o movimiento. Lo decía, y era como si estuviera proclamando una sentencia, pero se reía con una risita donde persistía un resquicio de fingida autoridad, miedo y desazón. Abarcó la clase en una mirada infinitamente dichosa, y salió.

Por encima de ella misma, de los chivatos, por encima de la disciplina, conducta y religión, sin poder con lo que sentía me levanté, fui y, por entre la puerta entrecerrada, la vi. Se besaba con uno de pantalón de paño, camisa de puños, pelo largo y bigote que, sin ninguna duda, tenía muchos más años que ella.

Verla en esas me partió la vida en mil pedazos.

leondarialaluna@hotmail.com