Los carros  avanzan. Las personas abandonan sus ventanas. Hay risas y silbidos. Y un letrero en la puerta del baño que dice “TAL VEZ, QUIZÁS, LA MISMA MIERDA DA”.

 

Por: Andrés Felipe González Albuja

Estoy en un bar de seres repugnantemente extraños, que fingen vivir una vida de príncipes y doncellas. Quizás, y siendo positivo, tienen dos dedos de frente, y una cabeza que solo es utilizada para separar las orejas. Me encuentro cerca del parque Olaya Herrera, el parque que alberga centenares de ancianos, gatos, sicarios, palomas, y restos de mierdas de perros, que se han ido desintegrando por las personas que con sus zapatos, pisan y pisan sobre la misma mierda. De pequeño mi madre me decía que pisar una mierda de perro traía dinero. Creo que en toda mi existencia he pisado más de 167 mierdas de perros, y todavía me toca pedirle a los choferes de las busetas que me lleven en mil.

merengues

Paco llega al bar donde me encuentro. Paco es un chico torpe, quizá porque en sus primeros días de vida su madre lo dejo caer de la cuna, o quizá, es porque no gateó lo suficiente. Pero lo más posible, es porque le gusta que las personas lo miren agitar sus pies al ritmo de su pulso sanguíneo. Es como si estuviera bailando merengue todo el tiempo. Paco mide 6 pies de altura y pesa aproximadamente 70 Kg, tiene un aliento de puta madre y le gusta comerse las uñas de las manos y de los  pies. Él se sienta bruscamente junto a mí, y empezamos a beber. Pensamos en las tetas de la mesera, en la miseria del mendigo que nos mira desde afuera del bar; en cómo íbamos a pagar los tres litros de coñac que habíamos pedido; pensamos en cómo se ha empobrecido el mundo, y enriquecido el cielo con Heidegger, el Che, y John Lennon.

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Las personas que entraban y salían del lugar nos miraban con cierto desagrado, asco y curiosidad. Fue en ese mismo instante, que de los bafles del sonido salió una canción de Sex Pistols, que envenenó la sangre de los bohemios  y avellanó los oídos de las putas que los acompañaban. Paco y yo nos reímos a carcajadas, pero enseguida nos ponemos serios, porque uno de los borrachos rompe la botella en que estaba bebiendo cerveza –quizá Póker, quizá Costeña–, y arrastra a su contrincante diciéndole “vamos afuera hijoputa”.

El sol saca chispas del asfalto. El resto de personas van y vienen. Paco y yo nos alejamos. Es el momento preciso para escapar sin pagar los tres litros de coñac. Las cervezas se calientan en las manos de las putas que miran expectantes. El retador tiene lágrimas y mocos, quizá verdes, tal vez amarillos. El público expectante alienta a sus dos anfitriones. El tráfico se detiene y las personas desde las ventanas susurran intrigadas. Los carros pitan. Los perros cagan. Las moscas rondan las cervezas calientes. Paco se come las uñas.

Los dos se encuentran frente a frente, pero las ganas de pelear se han ido. El retador suelta la botella y le dice al otro que es hora de descansar. Este lo sigue como un perro faldero, quizás lo hicieron por no pagar la cuenta, o quizás, porque uno era amante de la mujer del otro, pero en fin, los dos cruzan la calle juntos. Cruzan el parque Olaya Herrera. Uno pisa la mierda de un perro. Los carros  avanzan. Las personas abandonan sus ventanas. Hay risas y silbidos. Y un letrero en la puerta del baño que dice “TAL VEZ, QUIZÁS, LA MISMA MIERDA DA”.