−El matrimonio −continuó el hombre−, es algo muy complicado. Decidimos pasar la vida con alguien y lo hacemos hasta que el tiempo rompe todo. Creemos vivir con la persona indicada, pero ninguna es la indicada. 

Tomado de Periódico Espectáculo y Cultura de Chihuahua

Por: Jorge Sánchez Fernández

−Todo estará bien −dijo el hombre desde la cama, sin dejar de fumar su cigarrillo−. A todos nos pasa de vez en cuando. Lo importante es no armar un lío de todo esto, ¿entiendes? Lo importante es mantenerse tranquilo.

Antonio había sido un hombre relativamente feliz. Con una linda familia, un buen trabajo, unos hijos saludables y, según decían, inteligentes, una esposa guapa para su edad. Todo reunido para constituir eso que era su vida.  Pero esto había pasado y ahora él se enfrentaba a un gran reto: seguir viviendo con la imagen del engaño o terminar con todo y echar a la basura su gran vida.

Al levantarse, su esposa y el hombre no separaron la vista de Antonio. Ambos sabían que esa era una situación intensa, en la que cualquier pequeño desliz podría desencadenar una situación peligrosa.

Se vistieron en silencio y después se sentaron en la cama. Debería hablar, pensaba la mujer, pero decidió continuar en silencio y esperar a que su amante dijera algo. Este, por su parte, aguardaba que la mujer dijera alguna cosa. Al final de cuentas Antonio era su marido, por lo que a él concernía esa situación necesitaba una discusión en pareja.

Después de un rato, Antonio, con la vista fija en el suelo, dijo:

−¿Desayunamos?

El hombre y la mujer se miraron confundidos. En verdad la situación era atípica, y algunas personas podían reaccionar de manera extraña, pero ir a desayunar –en lugar de gritar, golpear o insultar– les parecía un poco extremista. Sin embargo, para no molestar más a Antonio, y para que los niños no tuvieran que vivir una mala situación, decidieron bajar y tomar algo.

En la cocina se encontraron con que los niños ya estaban despiertos. El más pequeño veía la televisión, mientras que la niña jugaba con un pequeño cisne de cristal, regalo de su padre.

−Bueno, niños ¿qué les gustaría desayunar? −dijo Antonio.

Los niños, sin volver la mirada, respondieron al tiempo: panqueques.

Antonio sonrió ante la respuesta. Luego comenzó a buscar la harina, los huevos, leche y demás ingredientes. Su mujer y el hombre lo miraban perderse en el interior de la nevera. Desconcertados ante su actitud, no se movieron de su lugar.

−¿Qué hacen? −preguntó Antonio, después de salir de la nevera−. Siéntense a la mesa. En un momento me uno a ustedes.

Ambos, hombre y mujer, se miraron con desconfianza. Sin más remedio se sentaron.

−¿Quieren un poco de café? −preguntó Antonio de espaldas.

−Sí, por favor −respondió el hombre que en ese momento comenzaba a experimentar un hambre punzante.

La mujer lo miró con recriminación. No comprendía el comportamiento de su marido.

−¿Estás bien, Antonio? −dijo.

−Mejor que nunca −respondió y continuó− ¿quieres café?

La mujer asintió. Luego de un momento los tres compartían una taza de café humeante. Sin decir nada, sorbían de sus vasos mirándose uno al otro.

−¿A qué hora recogen a los niños? −preguntó Antonio.

La mujer dirigió su mirada al reloj de pared y dijo:

−Siete en punto. 

Antonio se levantó y comenzó a revolver los ingredientes. Luego puso un sartén a calentar y por último agregó la masa. El lugar comenzó a llenarse de un agradable aroma. De repente, un fuerte ruido se escuchó. Todos, Antonio, su mujer y los niños volvieron la mirada a donde se encontraba el hombre y este, avergonzado, dijo:

−Perdón, es el hambre.

Antonio continuó preparando el desayuno. Su mujer se había levantado y ahora preparaba a los niños para el colegio. Primero peinaba a la niña, mientras intentaba que el pequeño se abotonara la camisa. Sin embargo, el niño no parecía dispuesto a colaborar. El hombre, al ver esta situación, tomó al pequeño de un brazo y gentilmente comenzó a acomodar su uniforme. Como si fuera su padre, metió la camisa entre el pantalón del niño, lo peinó debidamente, partiendo el cabello con una línea por la mitad y le amarró los zapatos. En todo ese tiempo, el niño no movió un solo músculo. Parecía hipnotizado por la habilidad del hombre. Al terminar, se alejó saltando y el hombre le dio una pequeña palmadita en el trasero. 

Comieron en silencio. Los niños saboreaban el desayuno como si fuera la primera vez que probaran algo tan delicioso. La niña quiso repetir, pero su padre dijo que no. Al terminar, la mujer y su amante se levantaron, recogieron los platos y comenzaron a lavarlos. Ninguno de los dos decía nada, temerosos de que cualquier cosa pudiera desencadenar la ira de Antonio.

−Mami −dijo la niña, apareciendo de la nada − ¿podrías guardar mi cisne?

La mujer tomó el pequeño animal de cristal. En medio de sus manos jabonosas parecía que el cisne movía sus alas, con la imperiosa necesidad de escapar. Una pequeña vida latía en su interior, sin otro fin que el de salir volando y no volver jamás. Fue entonces cuando el diminuto animal abrió sus alas e intentó despegar, estrellándose tristemente en el suelo.

La niña soltó un aullido de pena. La mujer volvió la mirado donde se encontraba Antonio. Éste la miró fijo, luego se levantó y comenzó a recoger los pedazos.

Al terminar de lavar, el hombre secó las manos de la mujer. Antonio terminaba de comer el último panqueque junto a los pedazos del cisne. En ese instante, sonó el timbre.

−Hola −gritó un hombre desde fuera de la casa−. Abran.

Antonio se levantó pesadamente y muy lento se dirigió a la entrada de la casa. Una fuerte risa invadió todo el lugar. Los niños comenzaron a saltas de la felicidad al reconocer la voz.

−Mi abuelo, mi abuelo− decía el más pequeño.

La mujer tomó la mano de su amante tan fuerte que éste lanzó un corto chillido, como aquel que hacen los murciélagos al caer la noche. En la cocina pareció Antonio, seguido de los padres de su esposa. Él, un hombre alto, con atractiva sonrisa y grandes entradas y ella una mujer rechoncha, con rostro amable y fuertes piernas. Saludaron a todos con sendos abrazos.

−Él es −dijo Antonio desde el otro extremo de la habitación− un amigo mío. Está de visita en la ciudad y se queda con nosotros.

−Mucho gusto −dijeron los viejos al tiempo.

−Mucho gusto −alcanzó a decir el hombre.

 

El transporte se llevó a los niños poco después. Las cinco personas hablaban en la cocina. El hombre comenzó a contar historias de su vida, cada una más graciosa que la anterior. Los viejos reían encantados. Antonio por su parte mantenía silencio. De vez en cuando asentía ante alguna de las historias.

−¿Usted tiene esposa? −preguntó la anciana mujer, dirigiéndose al hombre.

−Sí −respondió, mientras se acomodaba en su asiento.

−¿Dónde se encuentra ahora? −preguntó el anciano.

−En casa −dijo el hombre, dedicando una leve mirada a la esposa de Antonio−. Suele levantarse tarde.

−¿Por qué no te acompañó al viaje? −preguntó Antonio.

El hombre no supo qué contestar. Todos lo miraban impacientes por su respuesta. Un viejo auto sonó en la calle. Parecía que arrastraba algo detrás suyo, como si se hubiera chocado en algún basurero y ahora lo llevara entre sus ruedas. El sonido desapareció de repente y en la habitación nada había cambiado.

−Pasamos por un mal momento −dijo el hombre−. Desde hace algún tiempo nos hemos distanciado. No somos los mismos que cuando nos casamos y eso se acentúa más cada día. Poco a poco se ha convertido en una desconocida para mí y sé que lo mismo le pasa a ella.

Antonio lo miraba y escuchaba atento.

−El matrimonio −continuó el hombre−, es algo muy complicado. Decidimos pasar la vida con alguien y lo hacemos hasta que el tiempo rompe todo. Creemos vivir con la persona indicada, pero ninguna es la indicada. Decidí, entonces, emprender este viaje para encontrarme y quizá poder tomar la decisión correcta.

Todos quedaron en silencio. El viejo y su mujer se miraron de reojos. Antonio observaba los restos del cisne de su hija, oscuros sobre la mesa. Su mujer por otro lado se había levantado y ahora vigilaba atenta la calle desde la ventana.

Antonio fue el primero en levantarse.

−¿Por cuánto tiempo han estado casados? −preguntó el hombre, antes que Antonio hablara.

El viejo miró a su mujer y luego ella respondió:

−En unos meses cumplimos treinta y cinco años.

−¿Cuál es la clave? −volvió a preguntar el hombre.

En la ventana la esposa de Antonio soltó una pequeña sonrisa imperceptible para todos.  

−Deja ya a mis pobres padres −dijo ella−. Desde que los conozco se han querido. Si me preguntas a mí, la clave para permanecer juntos tanto tiempo es el amor.

−Sí, el amor −dijo el viejo, lanzando un suspiro.

Todos estuvieron de acuerdo y al instante volvió el silencio.

−¿Preparamos algo de almuerzo o salimos a comer algo? −preguntó Antonio.

−Comamos afuera −dijo la anciana−. Hace poco fuimos a un lugar estupendo en el norte ¿recuerdas? −preguntó dirigiéndose a su marido.

−¿A La casa? −respondió éste.

−Sí, así lo llamamos nosotros: La casa. Es un lugar nuevo y muy precioso, con un nombre en francés ilegible. Toda la decoración está basada en los años cuarenta. La primera vez que entré me pareció haber viajado en el tiempo a la casa de mis abuelos. Ellos tenían una pequeña cabaña entre las montañas. Ahora en el terreno han sembrado caña… horrible. Pero en ese entonces parecía un lugar de los cuentos. Aunque era un ambiente rural toda la decoración hacía recordar aquellas antiguas mansiones que estaban tan de moda en la ciudad por aquel tiempo. Allí pasé mis primeros años, hasta que salí para estudiar en la ciudad. Luego conocí a tu padre, mis abuelos murieron y la casa fue vendida −la mujer quedó en silencio un momento y luego continuó−. Les gustará ese lugar.

Todos estuvieron de acuerdo. La mujer de Antonio se levantó para arreglarse antes de salir. Desde el umbral de la puerta de su habitación miró la cama aún sin tender. Por un momento tuvo el impulso de acomodarlo todo: recoger los tendidos, poner en su lugar las almohadas, sacudir las cobijas. Pero ya era muy tarde y decidió darse un baño.

En la cocina los viejos hablaban sobre el gran menú del restaurante. El hombre los escuchaba atento, mientras Antonio se deshacía de los trozos del cisne. Cuando los arrojó al cubo de la basura estos emitieron un leve resplandor. La mañana había dado paso a la tarde y en la calle sonaban los autos de los vecinos ir y venir. En ese instante apareció la esposa de Antonio bellamente arreglada. El hombre la miró de arriba abajo. Llevaba en sus manos un pantalón y una camisa de su esposo.

−Es una muda de ropa para tu amigo −dijo ella.

−¿Usted no trajo ropa? −preguntó la anciana.

−No −respondió Antonio.

El hombre negó con la cabeza y luego recibió el pantalón y la camisa de Antonio. Después de un rato regresó impecablemente vestido, con una sonrisa en los labios, dijo:

−Gracias por la ropa. Es una fortuna que seamos de la misma talla.

Antonio no dijo nada y se dirigió a su habitación. Una vez en ella vio que la cama estaba completamente arreglada. En el baño notó que su toalla había sido utilizada recientemente. La humedad que la impregnaba invadía también el piso y parte de las paredes. Se metió debajo de la ducha y sintió el suave recorrer del agua.

En la sala sus suegros, su esposa y su supuesto amigo, lo esperaban. Desde el baño podía escuchar cómo ellos reían con una de las historias del hombre. Antonio abrió más la llave de la ducha, con la intención de erradicar todo el ruido, pero fue en vano.

−Antonio –escuchó a su esposa−. ¿Te ha pasado algo? Llevas mucho tiempo ahí.

Mientras ella golpeaba la puerta, sus suegros y el hombre se unieron para corroborar lo que sucedía.

−¿Estás bien? − la mujer comenzó a sollozar, sin dejar de golpear la puerta.

Antonio escuchó cómo los demás trataban de calmarla.

−Sal −decía la mujer−. Sal, por favor.

−Tranquila −logró decir Antonio, sobrepasando el ruido que hacía la ducha −. Tranquila, todo estará bien, todo estará bien.