Expresa el director de noticias Ecos 1360 Andrés Botero, con tono airado: “¿Y yo que putas tengo que ver en esta historia?”.

 

Por / Rigoberto Gil *

Salute, señor Tomás Ramsur. Declara usted desde la bandeja de comentarios del 2 de agosto que no ha matado a ningún crítico literario. Si admitimos que dice la verdad, las sospechas que deslizó el escritor Jaiber Ladino en torno de su nombre quedarían descartadas. Considero prudente esperar, no obstante, los avances de la investigación emprendida por el joven fiscal Morelli. “Vale La Pena”, por lo tanto, sospechar de Lord Violeta, quizá el más anfibio de los azuzadores de la polémica intelectual pereirana.

Expresa usted que “Los críticos son bienvenidos en mi casa”. ¿Debemos presumir que el crítico asesinado estuvo en la suya? ¿Sabía usted de la factible existencia de la maleta que el crítico literario escondió con celo en la antigua casa de Héctor Escobar Gutiérrez, según lo corroboró la tía bailarina a este reportero en días pasados, cuando me disponía a cotejar datos para mi entrega fallida de la crónica policial “Tía de crítico literario lanza una explosiva hipótesis sobre crimen”?  La maleta, con huellas de saqueo, fue recogida en custodia por agentes del GAULA en el parque del sector de Providencia.

Probable maleta viajera de crítico literario. Expendiente del fiscal Morelli, p. 466.

Me cuestiona usted, señor Ramsur, si mi labor de informar obedece a un asunto de resentimiento, de ajuste de cuentas. Para nada. Lo mío hace parte de un ejercicio de comprensión de la realidad. Es necesario preguntar, esclarecer. Por esta vía, ¿leyeron y examinaron ambos alguna obra literaria pereirana que les haya parecido interesante, digna de un comentario en La Cola de Rata? ¿Qué piensa usted del canon escolar, dividido por géneros, que el periodista Molano Gaona desliza, subterfugiamente, en la hipotética discusión que dio pie al crimen intelectual de la 29? Que el espíritu aristocrático de Marinetti lo siga acompañando en su apacible tarea de cultivar pomodoros y berenjenas, mientras en El Ubérrimo, esa mesiánica tierra de 1500 hectáreas, se cuecen habas.

Expresa el director de noticias Ecos 1360 Andrés Botero, con tono airado: “¿Y yo que putas tengo que ver en esta historia?”. Intentaré dar respuesta a su inquietud de un modo sereno: ¿Y yo que culpa tengo que el joven fiscal lo haya buscado a él para hacer declaraciones sobre el aleve crimen borgiano cometido en la persona del crítico literario, cuya verdadera identidad aún no se esclarece?

Temida periodista Elizabeth Pérez, me confunde usted con sus apreciaciones del 3 de agosto. Agrega poco al examen del crimen de la madrugada del lunes, rebajar este hecho atroz a una “inventiva literaria”, a un “juego macabro”. El asunto es simple: estamos frente al caso de un asesinato que el fiscal Morelli lleva con prudente esmero y del cual esperamos un rápido desenlace, a pesar de la contingencia y del pico de la pandemia, lo cual implica lentificar la dinámica de las audiencias y el acopio de pruebas. Donde hay cuerpo, hay crimen, lo saben hasta en el Concejo municipal.

Si duda de mi reporte, señorita Pérez, tendrá que poner en cuestión la labor periodística de Franklyn Molano, un colega íntegro, cuya perspicacia visual le permitió hallar probables testigos del hecho criminal en donde yo –lo manifiesto– solo advierto baturrillo. No seré yo quien sopese los testimonios de “Yorla”, “Abelardo” y “Alzate”. Hacen parte de la reserva  sumarial. Puedo constatar, sobre la base del expediente de la fiscalía, que, en efecto, en la mochila embera-katío había páginas de un diario de viaje, un par de libros de Klepsidra Editores, una grabadora sin pilas y dos cédulas de ciudadanía. En cambio, me extraña que el periodista Molano Gaona no aluda a la maleta hallada en un parque. De acuerdo con la tía bailarina, esta maleta viajera contenía un grueso volumen inédito con sendos estudios críticos sobre la literatura de la ciudad sin puertas, en una suerte de ampliación controvertible del clásico libro Literatura risaraldense (1988) de la escritora Cecilia Caicedo.

Conocedor del expediente y una vez analizado con rigor informativo las circunstancias que envuelven el escabroso crimen del crítico literario, comparto esta conjetura sobre la base de testimonios recibidos en el seno de la familia adolorida: en las páginas de ese grueso volumen inédito están los móviles que desembocaron en la trágica muerte del sobrino de la bailarina radicada en Santiago de Chile. Y en especial en el capítulo VI titulado: “Nueva oleada de escritores del No. Visceralismos y neoconservadurismos en la capital del eje”.

Por último, señorita Pérez, me llama usted “Rodrigo Gil”. ¿No le parece que es suficiente con que el crítico asesinado tenga doble identidad –un doppelgänger, diría el profesor Valencia Solanilla– y que el poeta Rubio aluda desde ese hecho a los siniestros personajes de Roberto Bolaño?

En tiempos de las fake news, no le hace bien al gremio periodístico señalar a los reporteros como posibles determinadores de hechos criminales. Ya bastante tenemos con la acción de tutela rubricada por escritores de la comuna centro, que nos impidió publicar lo que habíamos prometido. Fui yo, en rigor, quien informó a la opinión pública sobre el deceso del crítico Rodrigo Argullol (o Harold López). ¿Y ahora soy sospechoso? ¿Con qué argumentos “Reportero hasta morir” se atreve a enlodar mi nombre al sugerir que “el verdadero y único asesino es el mismo autor del texto” que ha dado origen a la presente polémica? Con que sigan así las cosas, me tocará pedir pista en la Justicia Especial para la Paz (JEP), toda vez que el periodista Botero, proclive a imaginar novelas oscuras, insinúa el agenciamiento de osadas cofradías de criminales intelectuales, en la línea de los Grupos Armados Organizados Residuales (GAOR).

Las consecuencias de este atroz crimen, de este jardín de senderos que se bifurcan, suscitan a lo sumo un prolegómeno. Ilustremos: ¿Sabía usted que la amiga del crítico literario, la chica ebria que dio aviso a las autoridades en el Cai del cuadrante, se halla internada en el Hospital Mental de Risaralda? Según el psiquiatra Alarcón, su paciente presenta un trastorno de estrés postraumático (TEPT). La periodista Adriana Villegas de La Patria de Manizales, la contactó y ella reveló que teme por su vida: “Me quiero morir. Creo, además, que soy asintomática del coronavirus”, dijo, desesperada, pues ya no resiste la presión, las amenazas disfónicas, en instagram, enviadas por un ala (no Alan) de poetas realvisceralistas.

Me despido un tanto triste, pues me siento objeto de burlas. Lean el comentario de Camilo Alzate, el enfant terrible de la non-fiction pereirana. Mientras él emplea metáforas para invitar a la risa, yo sigo aplicándome toda suerte de ungüentos caseros y fórmulas medicinales. Después de que pase el tiempo de la cuarentena, en unos cuatro años, once meses y dos días, digamos, y el cronista Alzate se baje de su bicicleta comprada en una prendería del parque La Libertad y detalle en mi cabeza, tendrá que retractarse.

*Ver publicación original en La Cebra Que Habla.