Sentía como esas manos tibias me palpaban plácidamente, rodeando mis  mejillas con un leve cosquilleo,  susurrándome sin necesidad de palabras, metiéndome los dedos a la boca, recordándome lo que es una caricia desinteresada; frotando su lengua junto a la mía con un sabor amargo, a nicotina, a lujuria, a olvido.

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Por: Viviana López González

 Era una vieja tarde del verano de 1915. Una tarde gaseosa y líquida. Un poco deshidratada. Con aroma a vino añejo, a cabaret de medio día, a mujerzuela con anhelos de orgasmo, a cigarrillo enlazado entre los labios.

Ahí estaba yo, luciendo un rostro casi perplejo, irreal. Un rostro ordinario, fácil de olvidar, sin vida, sin gestos; un rostro que parpadeaba al son del jazz, del tango y del charleston, con los labios partidos, mordiendo la copa de un whisky cualquiera; sin ánimo en la mirada, con las ojeras negras de colillas de cigarrillo, visualizando las espesas siluetas que danzaban al compás de Amanecer en Manhattan, que zapateaban gastando las suelas, rompiendo finos calzados, destrozando tacones, mientras su colonia de almizcle se desvanecía mediante la transpiración hostigante y oxidada de sus cuerpos.

Durante los 3:45 minutos que se extendía la canción, saqué mi máscara de joven y bella seductora, amante de los silencios de la noche que se apagaba lentamente. Odiaba estar en aquel lugar, pero aun así, odiaba más no saber a qué otro lugar ir. Con la interrupción de un olor a vómito y licor, de uno de los tantos gordos, calvos y sudorosos que se me acercaban a pedirme su compañía, con ese olor penetrante a infidelidad y tristeza, a desilusión, recordé la primera vez que me embriagué en un callejón solo y vacío. Dormí en la calle y desperté con mis ropas rasgadas y sabor a vómito en la boca. Mientras ese olor se impregnaba en mis neuronas haciéndome girar, allí estaba él, respirando fuertemente, con mirada de pervertido y con frases de cajón. “Porque estás tan solita nena. Tú necesitas la compañía de un hombre, un macho, y ese soy yo”, me dijo.  Eso fue lo único que le entendí, porque el resto de sus palabras fueron como un rasguño en el pizarrón.

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La noche continuó. Las siluetas danzaban. Los gordos cortejaban. Las putas abrían sus piernas. El alcohol hacía efecto. Una extraña sensación de calidez llegó por un momento, se apoderó de mi. Sentía como esas manos tibias me palpaban plácidamente, rodeando mis  mejillas con un leve cosquilleo,  susurrándome sin necesidad de palabras, metiéndome los dedos a la boca, recordándome lo que es una caricia desinteresada; frotando su lengua junto a la mía con un sabor amargo, a nicotina, a lujuria, a olvido. Pero se acabó. Llegué hasta el fondo del vaso. No más de su brusco sabor, ni su esencia. Pedí al mesero que trajera otra copa, esta vez mucho más fuerte, para olvidar mi rostro, mi hedor, mi angustia. Me sentía resquebrajada. Mi cara se fragmentaba en diminutos  pedazos.

Mis ojos lloraban sin soltar lágrimas, mis pupilas se dilataban al ver la gente festejar, viendo sus caras que rebosaban de alegría. Mientras yo estaba desolada en una mesa para dos, esperando a quien llenara esa silla vacía. Sentía mi ropa manchada de deshonra que, como mi alma, apestaba. Mi rostro rígido, fijo, sin gesto alguno, mirando hacia una  pared vacía.

Tenía la cara muy bien maquillada, como un antifaz para esconder lo que no quería mostrar. Me sentía como en una fiesta de disfraces, observando el desfile del engaño, de ceños fingidos.  Pero a mí no me engañaban, por más que intentaran ocultar quiénes son. Nunca lograrán huir de sí mismos, sólo podrán emborracharlo a tal punto, de que acepten quienes son, mientras dure el efecto. Pero el maquillaje se caerá para todos, incluso para mi, y en nuestros rostros veremos las marcas del tiempo.

Mi amor por ti no cambia, ¡pero los pensamientos sí vuelan a extremos que no quisieras saber!