Kafka desenmascaró la extrañeza que Gregor sentía ante los suyos transformando su cuerpo de humano en el de un insecto, pero sin alterar su tamaño, con lo cual el resultado no podía ser otro que una monstruosidad. La extrañeza invisible que al menos le había permitido la convivencia familiar, de pronto se hizo espantosamente visible.

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Por:  Jaime Fernández*

El sentimiento de extrañeza del individuo en la sociedad de los humanos recorre el mundo literario de Kafka, sólo que en La transformación adquiere un significado más vívido en parte porque el microcosmos en el que se proyecta -la familia- es también el más universal y conocido por la mayoría de los lectores de la historia. Se sobreentiende que en ella debería reinar la máxima confianza entre sus miembros. Es el primero de los numerosos círculos sociales en los que el individuo habrá de moverse en el curso de su vida; en ella comienza el proceso educativo y desarrollará las aptitudes básicas para el ejercicio de una sociabilidad normal, sobre todo cuando se independice para formar su propia familia.

Parece que el sentimiento de extrañeza ante aquellos a los que estamos ligados por costumbres y recuerdos comunes, constituye uno de los más vergonzantes. Los lazos consanguíneos son imborrables. En la tradición literaria abundan los ejemplos de padres e hijos que, tras años de ausencia, se reconocieron sin apenas cruzar unas palabras; o de hermanos que, incluso en circunstancias adversas, sintieron los latidos de la sangre.

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Los padres de Kafka con una de sus hijas, su yerno y el nieto

Sin embargo, a pesar de la tupida red de costumbres que envuelve a la familia, nada resulta menos familiar que ella. El trato íntimo entre sus miembros no siempre facilita el conocimiento mutuo. A menudo incluso lo entorpece. De cualquier manera, la contradicción que determina la idiosincrasia de la familia es que, tratándose de algo dado y no elegido, sea de carácter artificial. Se nace en ella, pero la realidad demuestra que funciona como tal cuando se hace.

La extrañeza ante las personas con las que compartía lazos de sangre fue el primer muro con el que Kafka chocó en sus problemáticas relaciones con el mundo. Pronto habría de percatarse de que no era el único. A través de la traumática experiencia de Gregor Samsa -un apellido con el mismo número de letras que el del escritor y dispuestas también de la misma forma- canalizó la angustia que le causaba su condición de hijo primogénito de una familia judía y de clase media, inmersa en un medio gentil, en el que los judíos asimilados, pese a la aparente normalidad de su estatus social, eran considerados ciudadanos de segunda categoría. Además, siendo el alemán la lengua de comunicación de su familia, aparentemente ésta formaba parte de la minoría germana en un país donde la mayoría de la población autóctona se expresaba en el idioma nacional, el checo.

A estas causas se sumaba la escisión a la que Kafka, abogado y asesor jurídico en una compañía de seguros, se vio sometido desde que tuvo conciencia de su vocación literaria y de la necesidad inexcusable de obedecer su misterioso mandato. Por si todo esto fuese poco, el sentimiento de extrañeza se mezclaba con el de autodesprecio, ambos derivados de una identidad insegura.

En la correspondencia con su prometida Felice intercaló algunas observaciones que informan de la extrañeza que le inspiraba su familia. En una carta de 21 de noviembre de 1912 admite que

“siempre he sentido a los padres como perseguidores, hasta hace un año he sido hacia ellos, como quizás hacia el mundo entero, indiferente como una cosa inanimada, pero ahora veo que aquello no era sino miedo, angustia y tristezas reprimidas”.

En otra misiva del 7 de junio de ese mismo año le confiesa que es “incapaz de hablar con nadie, pero menos aún con mis padres. Es como si me infundiera terror la visión de aquellos de los que provengo”, pero “no porque se trate de familiares sino porque se trata de seres humanos es por lo que no aguanto estar con ellos en las habitaciones (…) No puedo vivir con la gente, siento un odio absoluto hacia todos mis parientes, no porque sean parientes míos, ni porque sean malas personas, ni porque no tenga de ellos la mejor opinión (…), sino simplemente porque son seres humanos, personas que viven a mi lado. No puedo soportar la vida en común  con los seres humanos, tanto es así que ni siquiera tengo fuerzas para sentirlo como una desgracia”. Por aquellos años su verdadera patria era Felice.

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Una de las numerosas cartas que Kafka escribió a su novia Felice

En los Diarios trascribió una conversación que sostuvo con su madre a mediados de agosto de 1913, en la que le notificaba que había pergeñado el borrador de una carta que pensaba remitir al padre de Felice. El tono de este diálogo evoca a cualquiera de los que sostienen los jóvenes protagonistas de sus novelas con los personajes adultos ante los que se defienden de algún reproche.

La madre le preguntó si había escrito a su tío Alfred, soltero y residente en Madrid, donde ejercía de director de la Compañía de Ferrocarriles de Madrid a Cáceres y Portugal y del Oeste de España. Según Max Brod, era “un hombre poco comunicativo, pero afectuoso y dotado de un agudo sentido de la familia”. Merecía que le escribiese, le dijo la madre. ¿Por qué razón lo merecía?, le interpeló Franz. “Tiene contigo las mejores intenciones”, le respondió la madre. “Puras formalidades -fue la réplica de Franz-, me es totalmente extraño, su incomprensión hacia mí es absoluta”. “O sea, que nadie te entiende”, le contestó la madre, “probablemente yo también soy para ti una persona extraña, y tu padre. Y sólo queremos tu mal”. “Es evidente que me sois extraños –respondió-, sólo existen los lazos de sangre, pero éstos no se manifiestan. También es evidente que no queréis mi mal”.

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Alfred Löwy, el tío carnal de Kafka por parte de su madre que vivió y murió en Madrid en 1923

Un ser humano se convierte en un extranjero cuando la extrañeza, que sólo él percibe como una aflicción, se torna visible también para los demás. Hasta entonces éstos quizá la intuyeran, como si se negaran a otorgarle carta de naturaleza, a la espera de que desapareciese más pronto que tarde. Pero esa espera paciente surte un efecto contrario al deseado cuando la extrañeza se vuelve visible. Kafka desenmascaró la extrañeza que Gregor sentía ante los suyos transformando su cuerpo de humano en el de un insecto, pero sin alterar su tamaño, con lo cual el resultado no podía ser otro que una monstruosidad. La extrañeza invisible que al menos le había permitido la convivencia familiar, de pronto se hizo espantosamente visible.

Un insecto de tamaño humano es un contrasentido. Para los hombres la principal característica de los insectos consiste en la enorme desproporción entre sus propias dimensiones físicas y las de éstos. La presencia de un bicho gigantesco, por inofensivo que fuera, sería más que suficiente para aterrorizar a todo quien lo contemplase. Es como si la extrañeza se hubiera vengado de Gregor, manifestándose de la forma más sarcástica en que podía hacerlo. Así, el hasta entonces extraño fingido en la propia familia se convierte en un ser abiertamente indeseable para ésta tras la misteriosa transformación que se opera en su cuerpo una mañana lluviosa de otoño, al despertar de unos sueños agitados.

Si se hubiese transformado en un insecto genuino, como uno de tantos de los que pueblan la naturaleza, habría escapado de la comunidad de los hombres para confundirse con sus iguales. Aun cuando la transformación acaeciera en otoño, una época poco propicia para los insectos, no así para los de la familia de los parásitos que, siempre que encuentren sangre que chupar, están preparados para sobrevivir incluso en el invierno, habría podido refugiarse en un rincón de la casa e hibernar mientras aguardaba la llegada de la primavera.

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Dibujo realizado por Kafka

Casi todavía peor que el tamaño gigantesco, fue que la transformación dejara intactos sus sentidos y facultades intelectuales, con la excepción del lenguaje, de tal manera que Gregor era el único que podía tener plena conciencia del resto de humanidad latente en él y observar con lucidez y mordacidad los apuros de esa familia desconcertada ante tan singular acontecimiento (pese al relato imparcial del narrador, hay que imaginar a Gregor sonriéndose de vez en cuando a la vista del alboroto que se montó a su alrededor). De ahí que, a falta de un espejo en el que mirarse al menos para verse como lo veían los demás, en los primeros momentos se negara a asumir su metamorfosis y le costara entender el espanto y la animadversión que despertaba.

No creía en la transformación que se había operado en su cuerpo porque entonces habría tenido que darla por consumada, y él pensaba al principio que sólo se trataba de un estado anímico pasajero, del que se repondría pronto. Tampoco estaba dispuesto a dejarse influir por las muestras de credulidad de quienes lo veían, y que juzgaba erróneas y fuera de lugar. Su negativa a aceptar la transformación respondía a la esperanza de que fuese reversible y de que lo sería mientras se resistiera a aceptarla. Pero la evolución de los hechos le demostró la inutilidad de estas elucubraciones. ¡Qué más hubiese querido él que la metamorfosis se hubiera reducido a una cuestión de creencia!

La raíz de su desgracia es que pensara como un ser humano, pero que su voz sonase como la de un animal. “Como no le entendían -señala el narrador-, nadie, ni siquiera la hermana, pensaba que él pudiera comprender a los demás”. La terrible lógica encerrada en la frase agudizaba su sufrimiento, revelándole el lado cruel de su transformación física y que se plasmará en el reconocimiento por los padres y la hermana de su condición animal.

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Cubierta de la edición alemana de “La Transformación”

Desterrado de la fauna, a la que tampoco podía pertenecer por tratarse de un cruce de insecto y hombre, un animal desnaturalizado, la circunstancia fortuita de haberse metamorfoseado en una casa habitada no lo redimirá de su exclusión, ya que, dada su singularidad, ningún ser humano habría sabido cómo cuidarlo. Como carecía de alas, le resultaba imposible escapar de la cárcel en la que se convirtió su cuarto. ¿Adónde iba a volar él con semejante cuerpo? Gregor-insecto no es más que un eslabón perdido en la cadena evolutiva, sin pasado -porque ¿cómo incluir en éste su extinto historial de humano?-, sin futuro y abocado a un presente efímero que la muerte cancelará en primavera, la estación en la que los insectos se reincorporan al ciclo natural del que han permanecido relegados en las estaciones frías.

Único en su especie, no podrá sentir afinidad alguna con sus supuestos hermanos de sangre ni, por tanto, reincidir en la imitación en la que incurrió en su frustrada tentativa de usurpar al padre sus funciones. Además, su anomalía y aislamiento lo condenan a la esterilidad. Fue transformado para morir, para esfumarse, ni siquiera para metamorfosearse en un insecto diferente, desde luego más útil desde el punto de vista de la evolución animal. De ahí la atmósfera lúgubre, como de velatorio, que se respira en el apartamento de los Samsa durante los meses invernales en que los padres y la hermana presencian compungidos e impotentes la decadencia del monstruo en que se ha transformado Gregor.

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Cubierta de una edición alemana de “La Transformación”

Las secuelas de su mutación apuntan en un doble sentido: hacia él mismo, por supuesto, pero también hacia los miembros de su familia y hacia el trabajo (la inoportuna aparición en el hogar de los Samsa del jefe inmediato de Gregor la misma mañana en que sufrió la metamorfosis confirmó los peores presagios de éste), en tanto que testigos oculares de su desgracia. La primera inversión, humillante para un hombre joven y productivo como Gregor, a que le conduce la transformación es que de carne de parásito, por decirlo de una manera un tanto brutal, deba convertirse en un auténtico parásito de su familia, a la que hasta antes de la transformación había sustentado.

Los efectos inmediatos de ésta se traducirán en la “metamorfosis” anímico-social de los miembros de su familia, que tendrá su principal reflejo en Grete. De hecho, el relato comienza con la transformación del hijo-hermano en un bicho monstruoso y concluye con su muerte y la casi simultánea transformación de la hermana-niña en una joven pletórica, dispuesta a alzar el vuelo en cualquier momento. Por cierto, la disparidad en los destinos de ambos hermanos se refleja en la disimilitud de la segunda sílaba de sus nombres bisílabos, como en Rey Lear ocurre con los nombres de los hermanastros Edmund y Edgard, hijos de Gloucester.

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Un dibujo de Kafka

La muerte de Gregor es como una especie de autosacrificio para que Grete renazca, restableciéndose así el ciclo vital ahogado por la impotencia del hermano. Si éste al morir se redujo físicamente hasta esfumarse (“se secó” precisa el narrador, como los insectos cuando estiran la pata), Grete crece de estatura, se hace más grande -pero no como la “grandeza” monstruosa del hermano cuando se transformó en insecto-, y le aguarda un futuro prometedor.  Al tomar las riendas de la situación, será la verdadera sucesora de Gregor, convirtiéndose en lo que éste demostró ser incapaz: un auténtico alter ego del padre. En suma, tuvo que morir para que la familia Samsa expiara su vergüenza y las humillaciones derivadas de la repugnante metamorfosis del hijo y hermano.

Con su desaparición concluye el penoso invierno, durante el cual los Samsa permanecieron encerrados en su hogar, rehenes involuntarios de la metamorfosis del hijo, turnándose para evitar que se escapara y sembrara el pánico y la vergüenza entre el vecindario. A partir de entonces padres e hija recuperarán la identidad personal, libres al fin de los engorrosos vínculos forjados por Gregor tanto cuando trabajaba para sustentarlos como cuando se convirtió en una rémora para ellos.

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Ilustración para el relato de Kafka

Una prueba del cambio operado en las relaciones familiares es que, tras la desaparición de Gregor, el narrador nombre al padre, a la madre y a la hermana como “señor Samsa”, “señora Samsa” y “Grete”, en lo que puede interpretarse como un restablecimiento de sus identidades personales, frente a la impersonalidad de las funciones de padre, madre y hermana que tuvieron que desempeñar cuando Gregor estaba vivo, antes y después de la transformación. Bajo su “tiranía” -así es como habría que denominarla desde el punto de vista de la posteridad-, vivieron a sus expensas, paralizados, sin horizontes claros, testigos de su malestar. Aun siendo verdad que se sacrificaba por el bien de la familia, la desproporción entre la energía que derrochaba en el empeño y los magros resultados sólo se prestaba a la lástima.

El desenlace de La transformación entronca con los cuentos de hadas. Los Samsa se liberan de las desdichas que arrastraban desde hacía años, cuando el príncipe (Gregor) es desencantado para metamorfosearse en el sapo (en su caso, en un insecto gigantesco) que ya era, sólo que hasta entonces esa identidad animal había permanecido oculta bajo la falsa apariencia de un hijo y hermano incondicionalmente entregado a sus padres y a la hermana. En cuanto desaparece el monstruo, la felicidad retorna al hogar familiar. Es probable que al imaginar este final, Kafka tuviera en mente aquel relato que tanto apreciaba, en el que se narra la historia de un fraile cuya voz bellamente modulada escondía el alma del mismísimo diablo por el que estaba poseído, algo que sólo se supo tras su muerte.

 

*Jaime Fernández. España. Es periodista, escritor y autor de ensayos literarios. Ensayo publicado originalmente en el blog: En Lengua Propia.