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Por: Diego Firmiano 

Qué hace un hombre (o mujer) apresurado en un mundo aun más apresurado. No le basta acaso la agobiante repetición diaria a la que estamos expuestos, todos, sin excepción, para aprender sabiduría de ella.

Cuál es el sentido de acumular. Porque cada vez somos menos capaces de que algo, una historia, un suceso, un paisaje, sea absolutamente nuevo. No se quejó el viejo Salomón del eterno retorno de las cosas y de que lo nuevo, o lo que se llama nuevo (bajo la tierra), realmente ya existía mucho tiempo antes.

El secreto está en lo que Shakespeare (o quien quiera que fuese) proclamó: “Bienaventurado el joven que es joven”. Y este constante mantenerse rejuvenecido es la capacidad de enfrentarse con situaciones sin que algo de nosotros exclame: “esto ya lo he visto”. Es la capacidad de asombro. Es el ser virgen y sensible para lo importante. Es no estar apresurado, sino siempre vivo, dispuestos a ser sorprendidos aun por lo que algunos llaman “nimiedades”.