Bloom ejercía la crítica con argumentos, polémicos sí, pero fundamentados en su erudición profunda: conocimiento de la materia, de la obra, generando la controversia. No sentaba cátedra, permitía la conversación respetando los argumentos preparados por su interlocutor.

 

Por: Rafael P. Alarcón Velandia*

Se murió otro de los grandes, quedan pocos, tal vez Steiner, Habermas, Said, Manguel, Jetrik, Coutinho… entre los que me llegan a la memoria en este momento. En los dos últimos años lo habían precedido Bauman, Eco, Carlos Rincón B. y, anteriormente, Nabokov, Borges.

Quedan pocos pensadores de esa élite que no buscaban seguidores fanáticos, acríticos; algo muy de moda en el mundo editorial y de ciertos feudos académicos. Bloom, como los supervivientes de esa élite, le encantaba formar lectores críticos que le cuestionaran sus análisis y premisas con argumentos reflexivos e innovadores, alejados de pasiones ciegas que los convirtieran en cerrados y pobres acólitos.

Como él decía, no era un escritor, era un crítico que ejercía la crítica como un género literario propio y no un parásito del escritor, como muchos ubican a los pretendidos críticos, que no son más que reseñistas, comentaristas de obras a servicio de editoriales o de páginas literarias con intereses de imposición de corrientes literarias, muchas de ellas superficiales y limitadas.

Bloom ejercía la crítica con argumentos, polémicos sí, pero fundamentados en su erudición profunda: conocimiento de la materia, de la obra, generando la controversia. No sentaba cátedra, permitía la conversación respetando los argumentos preparados por su interlocutor. Siempre con la ironía y la sonrisa, no de burla, sino de reflexión mutua con el otro, gestos que muchos no entendieron y, por ello, lo catalogaban de pedante, de imponente porque no estaban a su altura.

Esa ironía y forma de provocar constante en sus escritos críticos las aprendió de los estudios profundos que hizo de la cultura griega y latinos antiguos. Se sumergió en estas lenguas, en el significado de las palabras, y de allí, en el dominio de las lenguas romances.

John Ward de la editorial Oxford University Press conversa con el profesor Bloom en una fotografía tomada en una fecha indeterminada. Fotografía / The New York Times..

Vale decir que siempre expuso que la formación de un crítico se iniciaba cuando había leído y releído, comprendido e interpretado a los cinco grandes del mundo de la cultura occidental como son Homero, Virgilio, Dante, Shakespeare y Cervantes, en sus lenguas originales para evitar las malas traducciones, interpretaciones y la descontextualización de la obra. De igual forma había que sumergirse en la lectura de los tiempos que les tocó vivir. Después de ellos todo era influencia. Fueron los padres a los que se deberían superar. Esto lo entendía Ernest Hemingway cuando manifestaba que “Los buenos escritores sólo compiten con los muertos”.

Bloom, descendiente de judíos ortodoxos rusos, cuyos padres nunca aprendieron hablar inglés, sólo en yiddish. Pobres, residentes en el barrio de Bronx. Hacia los 6 años empezó a descubrir algo que llamó maravilloso, de lo cual no se desprendería nunca porque cada vez le encantaba y lo enamoraba, lo convertían en un bibliófilo y bibliómano: los libros.

Paseando por el Bronx descubrió la biblioteca y al entrar intuyó el universo en ella y su destino, como posteriormente lo afirmaría. Nadie le enseñó a leer, lo hizo en forma autodidacta. Escribió siempre a mano en cualquier papel que estuviera a su lado. No utilizó la máquina de escribir ni el computador para transcribir sus innumerables libros y ensayos, todo era a mano. Su secretaria y las editoriales se encargaban de trascribirlo a estos sistemas que para el eran novedosos y que criticaba con un argumento sencillo: la crítica y la reflexión sobre lo que uno escribe se realiza cuando se escribe a mano, pues es allí el momento donde corazón, pensamiento y movimiento se unen para la creatividad total, ya que no hay intermediarios entre el autor y el escrito, el animus está ahí.

Bloom partió de la crítica como entidad literaria propia, y esta se iniciaba con el proceso de ser un bibliófilo desbordado. Fotografía / Getty Images

En la soledad de la biblioteca neoyorkina aprendió a dominar la lengua inglesa: descubrió su poesía y a sus poetas. Para Bloom, literatura era todo tipo de escrito, no hacía la separación entre ensayo, novela, cuento o poesía. Se embelesó con Shakespeare y William Blake. En adelante, sus estudios serían siempre en torno a lo literario. Se graduó en 1951 en la Universidad de Cornell. Posteriormente realiza un doctorado en la Universidad de Yale, donde es inmediatamente contratado para la docencia hasta el final de sus días, la cual la ejerció también en Cornell, New York y universidades europeas.

Bloom partió de la crítica como entidad literaria propia, y ésta se iniciaba con el proceso de ser un bibliófilo desbordado y entregado a la lectura crítica de los grandes maestros que crearon los universos: Homero, Virgilio, Dante, Shakespeare y Cervantes.  Criticaba con frecuencia la enseñanza superficial de la literatura que no implicara estos universos iniciáticos o que no se les leyera. Fue una de sus iniciales polémicas con el espeso y estrecho mundo de sus compañeros de la academia de lenguas y de literatura.

En 2014 concede una entrevista al diario El País donde precisa puntos de otra de sus innumerables polémicas, al declarar “la mayoría de los que se llaman a sí mismos poetas sólo son versificadores. Y la mayoría de los que se llaman a sí mismos críticos no lo son de ningún modo, se trata de periodistas, o de ideólogos o propagandistas”. Algo que aquí en nuestra ciudad de Pereira es muy frecuente encontrar, pues muchos viven declarándose poetas y la otra mitad como críticos. Por esto, no creo que la perspectiva de Bloom la vean con buenos ojos.

Otro de sus temas polémicos lo constituyó la angustia de las influencias que padece todo escritor. Fotografía / The New York Times.

En la denominada escuela del resentimiento ubicó a marxistas, feministas, psicoanalistas lacanianos, neohistoricistas, deconstruccionistas y todos aquellos que de una u otra forma tenían ese tinte de animosidad o furor grupal contra todo aquel que les generara antipatía a sus posiciones dogmáticas, como lo hacía Bloom al cuestionarlos e invitarlos a la autocrítica. Con dicha escuela creo una de las mayores polémicas. Se enemistó con medio mundo, recibiendo todo tipo de improperios, descalificaciones, silencios académicos, rechazos y aislamientos, odios fanáticos, inclusive de todos aquellos que nunca leían sus obras y se manifestaban referencialmente, por ser parte de algún movimiento social, literario o político.

Su respuesta siempre fundamentada en un pensamiento crítico era que la literatura no debería perder el gusto estético de la lectura, el placer de ella, el escribir y el leer para la transformación del ser humano. Antes de embarcarse sin preparación a empresas sociales o ideologías de calenturas para los cambios sociales se deberían empezar por el cambio del individuo. Temo que los dogmatismos irracionales cargados de emotividad no lo han entendido, de ahí la andanada de críticas hacia Bloom.

Otro de sus temas polémicos lo constituyó la angustia de las influencias que padece todo escritor y como dice Carlos Gamerro en su obra Harold Bloom y el canon literario:

La relación de influencia que más le interesa a Bloom, en cambio, es la que se establece entre un precursor fuerte, titánico, y un efebo fuerte, a veces tan fuerte como él, pero condenado, por el único pecado de haber llegado más tarde, a ser un segundón de la literatura. En estos casos, la actitud hacia el gran precursor es de admiración, rivalidad, miedo, a veces odio: ahora sí, estamos en el terreno de la  angustia de las influencias. Kafka vivió intensamente tal angustia: su gran precursor fue el olímpico Goethe.

En el prólogo de su libro Cómo leer y por qué Bloom nos plantea esa relación del hombre consigo mismo que, a través de la lectura en solitario se encuentra com ese otro necesario para comprenderse y comprender a la vez a esos otros externos con los cuales tiene empatía o antipatía:

Leer bien es uno de los mayores placeres que puede proporcionar la soledad, porque, al menos en mi experiencia, es el placer más curativo. Lo devuelve a uno a la otredad, sea la de uno mismo, la de los amigos o la de quienes pueden llegar a serlo. La lectura imaginativa es encuentro con lo otro, y por eso alivia la soledad.

Leemos no sólo porque no es imposible conocer bastante a la gente, sino porque la amistad es vulnerable y puede menguar o desaparecer, vencida por el espacio, el tiempo, la comprensión imperfecta y todas las aflicciones de la vida familiar y  pasional.

Harold Bloom, un lector empedernido. Fotografía / Time sof India

¿Cómo refutar ese por qué leer de Bloom? ¡imposible! Con la cita anterior se visualiza esa faceta humana de este crítico, con la cual nos invita a darle un sentido a la lectura. Pregonaba que cada lector debería buscar su propio método de lectura, su disciplina para leer. La academia con sus prejuicios teóricos alejaba de la verdadera crítica que debería ser pragmática y de experiencia personal.

Admiraba al Dr. Samuel Johnson, William Hazlitt, Virginia Woolf, Oscar Wilde, entre otros, porque a su juicio fueron escritores y críticos de sí mismos. Por ello, se convertían en maestros para aquellos lectores que ansiaran tener un juicio propio y fundamentado. Leer era para Bloom fortalecer el sí mismo, el Self, algo que intuía lejano en feudos académicos fanáticos y en escritores promovidos por las editoriales, los cuales no le toleraban, ni le toleran su desenmascaramiento de lectores superficiales y enclaustrados en un pretendido modernismo literario.

Una de sus obras más polémicas y controversiales fue el El canon occidental: La escuela y los libros de todas las épocas. En este libro estudia veintiséis escritores y expone: “La selección no es tan arbitraria como puede parecer. Los autores han sido elegidos tanto por su sublimidad como por su naturaleza representativa”.

La academia que instalaba otros saberes canónicos, los pretendidos críticos que no son más reseñistas y comentaristas, escritores que se sintieron olvidados, lectores con prejuicios que aducen que les excluyeron sus escritores favoritos, como también otros que Bloom les generaba antipatía por sus posturas, y todos aquellos que él calificaba dentro de la literatura del resentimiento, se le vinieron encima. Muchos sin profundizar en lo que escribió sobre esos 26 autores y por qué para él era su canon occidental y no el canon de occidente. Era su propuesta de estudiar las obras de estos 26 autores, argumentada en la estética literaria, en la libertad para ejercer la crítica derivada de una lectura profunda en silencio, hermenéutica.  Siempre respondía:

El canon, una vez lo consideremos como la relación de un lector y escritor individual con lo que se ha conservado de entre todo lo que se ha escrito, y nos olvidemos deél como lista de libros exigidos para un estudio determinado, será idéntico a un Arte de la Memoria literario, sin nada que ver con un sentido religioso del canon… Necesitamos enseñar más selectivamente, buscar a aquellos pocos que poseen la capacidad de convertirse en lectores y escritores muy individuales. A los demás, a aquellos que se someten a un currículo politizado, podemos abandonarlos a su suerte. En la práctica, el valor estético puede reconocerse o experimentarse, pero no puede transmitirse a aquellos que son incapaces de captar sus sensaciones y percepciones. Reñir por él nunca lleva a nada.

Se le critica a Bloom con demasiada frecuencia que se enclaustró, que no se abrió a nuevas experiencias literarias, a movimientos académicos surgidos en los últimos decenios, ni de rendirle culto crítico a nuevos escritores enmarcados en ideologías del resentimiento, políticas e inclusive religiosas. Todo esto para él se convertía en una campaña del olvido de los grandes precursores de la literatura, del arte y de la misma historia de la humanidad. No cayó, afortunadamente, en esa trampa del modernismo a ultranza que, a la mano de la industria editorial y, de feudos asentados en las universidades, pretenden convertir en poetas a sus versificadores, en escritores cultos a autores de best sellers literarios, en críticos a reseñistas pagados.

El crítico al final de sus días. Fotografía La Tercera.

Bloom nos dejó una obra donde podemos confrontar la idea de literatura al servicio del arte, de la humanidad y del hombre cada vez más solitario en un mundo de muchedumbres embotadas en el consumismo y alejados del sí mismo.

Una obra para la reflexión, por eso dijo en su libro Anatomía de la influencia: La literatura como modo de vida “Una contracultura institucionalizada condena la individualidad como algo arcaico y menosprecia los valores intelectuales, incluso en las universidades”.

Muchas veces declaró “Soy un sobreviviente de otra era”. Desafortunadamente, quedan pocos como él: la humanidad está perdiendo a sus pensadores.

* Médico Psiquiatra, Magister en Literatura. Candidato a Doctor de Literatura