Fue un hombre hecho por todos los hombres, que valía lo que todos, y lo que cualquiera de ellos: camillero de la cruz Roja en Italia, corresponsal de prensa en la guerra Griego-Turca, boxeador frustrado, miope, herido de bala 32 veces, amante de la tauromaquia y la piscicultura, patriota frustrado y cazador de submarinos alemanes en el Caribe.

“Hotch, si no puedo existir como yo quiero, la existencia es imposible,
¿entiendes? Así es como he vivido y así es como debo vivir… o no vivir.”
Hemingway a Hotcher
Tomada de vanguardia.com

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Por: Diego Firmiano

Una vida

Desde su nacimiento hasta su extraña muerte, todo en Ernest Hemingway es literatura. Una vida real forjada sin cuento, sin el daimonion divino de los escritores clásicos, sino con la mera fuerza de su experiencia vivida; un escritor avezado en los acontecimientos del hombre por el hombre; en otras palabras, nada de mitos, nada de leyendas, simplemente una vida entera plasmada entre novelas, artículos y narraciones con una prosa simplemente extraordinaria.

Para Hemingway nacer y vivir no tenía sentido si no había acción. Apenas escribió nada en su vida que no hubiese vivido; no era un literato de despacho, enciclopedia, enraizado en la filosofía y en los clásicos, era un hombre que hacía de la vida su propia filosofía al trasladarla viva y palpitante a sus escritos.

Enfermo de un existencialismo feroz y acostumbrado al arrojo de la acción, decía constantemente: “no confundas nunca acción con movimiento”; escribía parado como si de un fetiche se tratara. La realidad de la guerra que retrató en su pluma, y que lo catapultó a la fama periodística y literaria, era lo que más aborrecía, ya que consideraba que morir en ella no le hacía más especial, pues aun los perros morían en esas batallas absurdas.

Fue un hombre hecho por todos los hombres, que valía lo que todos y lo que cualquiera de ellos: camillero de la Cruz Roja en Italia, corresponsal de prensa en la guerra grecoturca, boxeador frustrado, miope, herido de bala 32 veces, amante de la tauromaquia y la piscicultura, patriota frustrado y cazador de submarinos alemanes en el Caribe.

Infancia  y rebeldía

Siendo muy niño aprendió el valor de la vida al perder el miedo a la muerte. Sus paseos y aventuras por los bosques de Horton´s Bay en Chicago -propiedad de su familia- fueron la escuela que lo capacitó para formar su doble carácter: el del niño que prefería la soledad y la contemplación en la quietud de los ríos y los lagos con una caña de pescar y el del hombre valiente que luchaba a vida o muerte con los animales del campo, con una escopeta del 20 obsequiada por su abuelo Tyler.

Rebelde con su época y con el establishment de la vida familiar se niega a ingresar a la escuela superior, con el pretexto y la intención firme de ser un escritor; como único hijo varón entre sus hermanas emprende con arrojo la empresa ilusoria  de conocer el mundo por sí mismo. Nada le apasiona más que la acción y aborda la vida con expectativa. El miedo no sería jamás un impedimento para conseguir sus metas personales.

La juventud y guerra

En la primera guerra mundial, Estados Unidos le declara la guerra a Alemania, como aliado de Francia e Inglaterra, y a la edad de 17 años se embarca para Europa (aunque para irse mintió diciendo que tenía 18 años) siguiendo las Fuerzas Expedicionarias Norteamericanas, pero no como soldado, sino como camillero del Servicio Nacional de la Cruz Roja Americana. Es remitido a Italia, donde los horrores de la guerra lo impresionan, la carnicería, las trincheras, el gas mostaza, los obuses; ve la muerte con sus propios ojos y la retrata años después con tanta fidelidad en su novela “Adiós a las armas”, que un comentarista y crítico diría sobre aquella obra, que contenía una de las descripciones bélicas más perfectas e impresionantes de la literatura universal.

Fue una difícil época de guerra para un espíritu inquieto, observador, psicológico, que anhelaba conocer y entender el mundo en el que vivía. En ese triste y absurdo escenario bélico y en su sobrevivencia recopilaría toda las historias, que por medio de su psicología escritural plasmaría en sus obras. Bien decía Hipócrates que la guerra era la mejor escuela del cirujano y el siglo XX, el de las guerras, sería la época que le entregaría fama y renombre a Hemingway, pues como ya se comentó, no había nada que este hombre escribiera que no hubiese vivido antes.

Aunque hay que aclarar que tampoco buscaba el peligro como una manía personal, sus estancias en Europa tuvieron connotaciones periodísticas y aventureras, salvándose siempre de la muerte que lo asechaba en todo lugar. Solo en una ocasión, de joven, demostraría su osadía al meterse a un incendio a cubrir una noticia para un medio local, pero posteriormente los años le enseñarían la prudencia necesaria para sobrevivir en cualquier lugar.

La vida adulta y la pesca

Otra actividad constituiría el polo opuesto de la turbación de su espíritu y su incesante actividad, la pesca natural y deportiva. Pescar era una de las cosas que lo mantenían en completa paz y armonía con la naturaleza; la paciencia que adquiría al esperar su presa, desembocaba en tiempos fecundos de meditación y reflexión; una pasión que adquiriría de niño y que jamás dejaría de practicar donde quiera que estuviese y hasta el día de su muerte. Pasión que  lo llevaría desde América hacia otros continentes en busca de lagos, ríos y mares para obtener los mejores y más extraños clases de peces. De tour en África se deleita con un auténtico carnaval de delfines, peces voladores, doradas y tiburones de gran tamaño.

En los ríos españoles Irati (Navarra) y Tambre (Galicia) se apasiona por las truchas. En Key West, su ciudad natal, mientras escribe “Adiós a las armas” desde el amanecer hasta el mediodía, dispone las tardes para dar rienda suelta a sus energías en cualquier actividad, capturando tarpones y barracudas, que le satisfacen esa ansia. Y así continuaría pescando en la localidad de Cojimar, Cuba, donde fija su residencia; en su paseo por la India, incluso en China cuando fue invitado por el generalísimo Chiang Kai-Chek, no dejó de lanzar la caña de pescar, o los arpones dependiendo del tipo de mar y de peces.

En 1935 atraparía un pez desconocido hasta su momento, que hizo que la “International Game Fish Association” (IGFA) bautizara este ejemplar con el nombre de “Neomarinthe Hemingway”.

El final de una vida

Así como una jornada bien empleada produce un dulce sueño, así una vida bien usada causa una dulce muerte; y en Hemingway la muerte es parte de su vida. No puede ser de otra forma, ya que igual que una buena historia, el principio y el final siempre serán imprescindibles para componer una buena obra.

Pero al contrario de los que creen que los escritores vierten sus experiencias a modo de catarsis, para redimirse de algo, en Hemingway sus escritos fueron una completa kenosis sin derecho a rectificar nada en la vida. Fueron obras donde vaciaba todo su dolor, alegría, tristeza, emoción, sensualidad… Un existencialista de primera línea, un kamikaze de la literatura sin nada que perder mientras vive y existe en sus inmortales obras.

Su muerte lo pone en la categoría de los escritores suicidas, los que aceptan el final como parte de un todo y que asumen su papel de tomar la valentía de morir en su póstuma gloria. Muerte inexplicada pero con una previa razón, porque como diría Albert Camus: “el suicidio conlleva la razón que consuma el acto”

El día de su muerte, el sermón titulado “Todo es vanidad”, basado en el libro de Eclesiastés, resume su vida, su ciclo, su época con todos los acontecimientos que constituyeron su vida. A la mejor manera de Spinoza, la muerte y la vida para Hemingway eran una sola cosa: el hombre y sus experiencias vividas.

Enterrado al lado de un pastor vasco en Sun Valley, el destino lo pondría de nuevo entre la tierra de la cual provino un día. Muerto en la gloria, el kamikaze de la literatura moriría también en la soledad atroz inherente de los buenos escritores. Un hombre que pertenecía a la humanidad, disminuido por la muerte de otros hombres, por quien doblaron las campanas el 2 de julio de 1961.