HIERBAS PARA TODOS LOS GUSTOS

Leidy en su puesto haciendo arreglos de matarratón.

La naturaleza nos recuerda que sigue aquí, con sus singulares poderes, en dos plazas de mercado donde los saberes de muchas generaciones florecen y le dan un sentido diferente a la agitada vida citadina.

 

Por / Manuela Peña Giraldo

La Plaza Minorista está ubicada en el centro-norte de Medellín. Al ingresar a ella por la entrada del Ferrocarril, lo primero que se ve a mano derecha es un montón de hierbas en baldes y colgando del techo en un grupo de locales separados por tres pasillos hacia el fondo. En la entrada es necesario desinfectarse los pies y las manos con productos antibacteriales, luego subir unas ocho escalas, al lado de las cuales se ubica la salsamentaria La Kelly.

Al echar un vistazo a ambos lados, los carteles con los nombres de los negocios anuncian que es el Sector 1, donde se encuentra, además de varios minimercados, plantas, frutas, flores, raíces y pequeñas cajas con productos a base de todo lo anterior. Quienes venden y compran estos productos aseguran que son especiales para tratar males de cualquier tipo, desde los físicos hasta los espirituales.

Un poco más hacia el oriente de la ciudad, dentro de la misma Comuna 10, ocurre la paradoja de encontrar un lugar esencialmente igual a la Minorista. Cerca del centro está la Placita de Flores, otro de los mercados campesinos de Medellín. Luego de ingresar por cualquiera de sus 12 accesos peatonales y vehiculares, es necesario llegar al segundo piso entre el bullicio del comercio y la música tropical para percibir el olor a eucalipto, aroma que parece dar la bienvenida a un mundo en el que lo primordial no es adquirir lo que se vende, sino la posibilidad de reencontrarse con las cualidades curativas de la naturaleza. El eucalipto es la planta más vendida según Flor Moreno.

Local de Doña Flor.

“A la orden, ¿qué buscaba?”, es como recibe ella a sus clientes, con tono de quien ha repetido la misma frase tantas veces que ya la dice automáticamente cuando alguien se acerca a su local, sin perder el toque amable. Trabaja aquí desde hace 20 años vendiendo hierbas para remedios y sahumerios. A través de los lentes rectangulares de sus gafas, como si estos le mostraran la dimensión espiritual de las plantas, ubica, entre los cientos de hierbas que llenan las paredes de su negocio, la que es adecuada para el mal que les aqueja a sus clientes.

Quien recibe a los compradores en el puesto 458 de la Plaza Minorista es Carlos Arturo Ramírez. Solo basta dar unos pasos hacia el interior de la Plaza para encontrarlo recetando un remedio de cáscara sagrada, sen y acacia para el colon, con los pocos cabellos de su cabeza bien peinados y engominados. Lleva más de treinta años en este negocio, el cual aprendió de su abuela desde joven. Dice que fue difícil cogerle el hilo, porque cada día debía memorizar el nombre y las propiedades de una planta diferente.

“Por ejemplo, a mí llegaban y me preguntaban por algo, y como yo no sabía, me tocaba ir a otras partes a averiguar. O llegaban personas así que me decían “vea, esto me sirvió pa’ tal cosa”, y entonces yo iba y anotaba en un pedazo de cartón, pa’ saber pa’ cuando viniera alguien más a preguntarme”. Hoy en día, puede quedarse horas hablando sobre la gran cantidad de dolencias que se curan con cada una de las plantas que tiene almacenadas para la venta. Aún conserva aquellos carteles pegados a las hierbas, pero ahora sirven para recordarle a su esposa, quien trabaja con él desde hace poco, los precios de los productos.

Carlos Arturo cree firmemente que el ingrediente más importante en cualquier baño o sahumerio para las buenas energías es la fe en el Dios cristiano.

“Es como si yo salgo de la casa pensando que no voy a vender nada. Ya con ese pensamiento me va a ir mal. Pero si yo oro y le pido al Señor, ahí está toda la energía que necesito. Eso es así con los remedios también”.

En medio del ruido de los demás vendedores guardando hierbas en bolsas plásticas, Carlos saca dos frutas de una caja en uno de los costados de su negocio llamadas noni y cañafístola, una empacada en dos bolsas y la otra en tres, en un intento de disimular su nauseabundo olor. La primera, más pequeña que un puño y de color café oscuro, huele a vómito, y la segunda, alargada y de un gris casi negro, a fétido. Él las receta para las enfermedades terminales o para la gastritis y los dolores de columna, respectivamente.

Carlos Arturo se pierde entre sus palabras cuando habla con fe sobre el mundo de las plantas medicinales.

Pero en caso de ser diagnosticada con cáncer, sida o alguna otra enfermedad terminal, ¿para qué tomarse una persona algún remedio si se supone que dichas afecciones no tienen cura? “¡No piense eso!”, le dirá incrédula la esposa de Carlos Arturo a quien se haga semejante cuestionamiento. “Cuántos hay que han salido de un hospital después de que el doctor les dijo que ya, que hasta ahí llegaron”, sentencia con seguridad el esposo. “Y eso es así porque se toman esos remedios para que les corra por las venas y tenga efecto el poder del Señor. Una persona mientras pueda comer, todavía tiene muchas posibilidades”.

 

Por encima de todo, la fe

Otro fiel creyente en el poder de Dios sobre las plantas es Oveimar Pamplona, quien tiene cultivos en Santa Elena, el Oriente antioqueño y el cerro Pan de Azúcar. Se encarga de la distribución desde allí hasta la Placita de Flores. Al acercarse a su puesto, ubicado en medio de uno de los pasillos del segundo piso de la Placita, se siente el calor indefinible pero inconfundible que emanan las plantas que cubren el local de pies a cabeza. Durante la cuarentena, Oveimar llevaba hierbas como el eucalipto, el matarratón y la moringa a las personas que querían protegerse del coronavirus. Además de ser dueño del puesto 3131, también funge como asesor para quienes están empezando en el negocio.

“Uno trata de abrirle el camino a las personas para que crean en Dios y en los poderes que Él le da a las plantas para que nosotros las usemos”, dice mientras alza sus delgados brazos para alcanzar un manojo de salvia que cuelga del techo; debe pararse de puntas para compensar por su corta estatura. Como todos los personajes mencionados hasta ahora, el único estudio que tiene es lo que la experiencia le ha enseñado.

Aquí compra Gloria Arroyave la zarzaparrilla y el gualanday para la mala circulación. Dice que tiene en casa un libro, cuyo nombre no recuerda, que es donde lee sobre las propiedades de estas plantas. “Yo casi nunca voy donde el médico. Cada vez que me siento mal de algo, vengo acá a la Placita y compro las matas que me sirven y me las tomo”. Suena reguetón de fondo mientras ella hace su recorrido por el segundo piso de la Placita, en busca de la curahígado. Afirma sentir una diferencia en el ambiente cuando pasa de la pequeña sección de electrodomésticos, que también se encuentra en el segundo piso, a un costado, hasta la parte donde el verde de las hierbas y de las rejas de los locales simula una selva en el corazón de Medellín. “Uno se siente bienvenido por el calorcito de las plantas”, recalca con una tímida sonrisa esta mujer de edad media.

A tres locales de distancia del puesto de Oveimar se encuentra el de Nancy Chaverra. Ella, una mujer de cabello canoso y tono resuelto en la voz, sí formalizó su educación en este ámbito de los cultivos medicinales. “Yo estudié pero pa’ nada, todo lo aprendí de mis padres que eran botánicos. Tengo el diploma de unos talleres de botánica que hice en la Universidad de Antioquia, pero eso no me sirvió, porque allá le enseñan a uno sobre hierbas extranjeras, sabiendo que acá en nuestra región somos ricos en las plantas”. Sus cinco hermanas trabajan en esto también, incluso una de ellas tiene un negocio justo al frente del suyo. Entre todas hicieron varios cursos esperando aprender un poco más sobre su oficio. A medida que cuenta sobre su familia, Nancy separa y amarra secciones de moringa con cuerda de yute. Un momento después, se desvía del tema para hablar sobre la gran cantidad de trabajo que le espera organizando las hierbas que le acaban de llegar, amontonadas en una alta y frondosa pila al costado izquierdo de su puesto.

Leidy Sierra también cursó Botánica en la Universidad de Antioquia. “Mi objetivo era profundizar, conocer y saber que era cierto mucho de lo que le dicen a uno sobre las plantas, y eso lo pude hacer con esos cursos de la Universidad”. Junto a Elkin Sierra, su padre, maneja el local 204 de la Plaza Minorista, el último de los que venden hierbas por el largo pasillo que atraviesa el piso principal; de aquí en adelante no se comercializan estos productos.

Leidy en su puesto haciendo arreglos de matarratón.

Entretanto, Elkin atiende a otros compañeros vendedores que necesitan reaprovisionar algunas de las plantas en alta demanda como la moringa y el eucalipto, manifiesta su seguridad respecto al futuro de este negocio. “El conocimiento de las ramas ha existido desde siempre, y va a seguir existiendo mientras exista la tierra. Ni la ciencia ni nada vale más que el conocimiento del Señor”. A los compradores les ofrece, con tono respetuoso, un par de oraciones para complementar el uso de las hierbas. Se apura para poder atenderlos a todos, aunque gracias a sus largas piernas puede pasearse de un lado a otro del negocio sin problema y ofrecerle una sonrisa amable a cada nuevo cliente cuyo pedido debe diligenciar.

El chimó es una jalea a base de hoja de tabaco que tiene efectos similares a los de la cocaína.

Al frente de padre e hija están las hierbas que planean vender hoy esparcidas en orden sobre una mesa de unos dos metros de largo: desde la ruda y el romero a la derecha, hasta la manzanilla y el botón de oro a la izquierda. Las dos primeras hacen parte de las siete hierbas amargas, lo que significa que se usan para sacar las malas energías del cuerpo o de un lugar y tienen un olor terroso y un poco cítrico; las dos últimas son de las dulces, que atraen las buenas energías luego de haber sacado las malas y se usan para perfumar gracias a su agradable aroma.

“Deme tres cajas pequeñas de chimó, por favor”, es el pedido que le hace Orlando Betancur a Leidy. Este señor es verdulero aquí mismo en la Plaza, aprovechó el fin de su jornada laboral para venir a comprar un remedio para su empleado. “Yo ni sé eso qué tiene porque no más es una pasta negra, entonces la verdad no le creo a eso. En cambio, las plantas yo las puedo ver y oler y me funcionan”. Él es uno de tantos que compra la moringa desde inicios de la pandemia para prevenir la enfermedad por COVID-19.

Se escucha el ruido de los carritos de mercado llevando mercancía a lo largo del pasillo principal, cuando se acerca al puesto 465 Susana Vanegas. Viene a averiguar por un sahumerio de Juan del Dinero que espera que le ayude en su nuevo emprendimiento. Le despacha Raúl Jaramillo, yerbatero desde hace ocho años y quien sanó a su madre del cáncer de seno.

“Yo mismo soy el que pone todos los ingredientes en la licuadora y le doy ese jugo a mi mamá”, cuenta mientras toma un descanso en una pequeña silla de metal al lado de su negocio. Sorprende que tenga estos conocimientos a su corta edad, pues está en los treintas mientras que sus compañeros de oficio suelen tener por lo menos cincuenta años. “En tres o cuatro meses le disminuyó mucho el quiste”, con una sonrisa penosa se niega a mencionar los ingredientes del menjurje: “Uno en esto se guarda unas cosas porque hay gente que lo coge pa’ negocio, ¿sí me entiende? Cuando a uno le dan una receta de esas lo primero que le dicen es que se la dé a alguien que de verdad la necesite y que uno sepa que no lo va a coger pa’ sacarle plata”.

Termina su descanso al percatarse de que se acerca un hombre a quien le tiene un encargo. Después de todo, la prioridad es compartir el conocimiento conscientemente; las ganancias llegan por añadidura.

Fuente / Creación propia.

¿Funciona esta medicina?

Según Camilo Peña, estudiante de último semestre de Biología en la Universidad de Antioquia, “las plantas tienen principios activos, que son unos compuestos químicos para los cuales los animales y humanos tenemos unos receptores”. Por ejemplo, en la marihuana está el THC, que de acuerdo a la Fundación Canna es el componente psicoactivo más abundante entre todos los que contiene el cáñamo índico. En el caso del eucalipto, este contiene eucaliptol, flavonoides y triterpeno para ejercer su acción expectorante y antiséptica en los pulmones. Los fármacos como pastillas y jarabes también poseen principios activos extraídos de plantas, con la diferencia de que estos contienen a su vez otros elementos para potencializar sus efectos, asegurar que se dirijan a la parte correcta del cuerpo, entre otras funciones. Son llamados excipientes y representan más del 95% del total de componentes de los fármacos, lo que significa que los principios activos llegan ser menos del 5%, mientras que en las plantas este porcentaje es casi del 100%.

Sobre los sahumerios, no existe una razón desde la botánica para que estos funcionen, conforme afirma Yeison Présiga, quien trabaja como biólogo para el Colectivo BióGrafos. Esta organización hace divulgación científica a través de representaciones artísticas de la fauna y flora. En un estudio del 2009 de Ángela Méndez Hernández, curandera, ella señala que lo que hace el sahumerio es generar un balance en el ambiente y purificar el aire y el ser.

Para quienes compran y venden en la Plaza Minorista y en la Placita de Flores, los poderes innatos de las hierbas son la base de que funcionen para curar los males del cuerpo y del espíritu. Como reza el refrán bíblico: la fe mueve montañas. La enorme confianza que tienen quienes consumen los remedios a base de plantas medicinales hace que reviva la sabiduría de la naturaleza en el centro de Medellín.