Inventario escatológico de palabras

 

 

«¡Saber que toda la eternidad podría verse comprometida por una palabra descuidada,

por una mera falta de atención, por el intempestivo temblor de una hoja!»

Lawrence Durrell

Por: Diego Firmiano

Una sonrisa en el ojo de la mente

 

Da temor pensar que en el último día de nuestra vida, que viene a ser más o menos como el primer día eterno, se nos haga un inventario de palabras. De las cosas que dijimos desde que nacemos hasta que morimos; las que pronunciamos por nosotros o por otros; las que hablamos a conciencia y a inconciencia; las que callamos; las que ya no recordamos porque están guardadas en algún lugar dentro de nosotros, y que se nos traerán vivas a la memoria cuando estemos frente a ese gran tribunal humano. A veces pienso respecto a esto. Y también me he mareado de pensar si acaso nuestro espíritu, —llámese conciencia, mente, logos, subconsciente—, no es una especia de caja negra, como las que conservan los aviones, que un día será abierta (con un mecanismo que desconozco) para escudriñar esas palabras que nos justificarán o nos juzgarán. Me sobo la cara como un existencialista, porque sé que de allí saldrán fragmentos de espíritu que unidos como un puzle conformarán lo que somos.

¡Oh, Shakespeare; Oh, Cervantes; Oh, Borges!

En ese inventario de palabras que desconozco me encontraré absorto e impotente ante la idea de que veinte y siete caracteres latinos definan la situación eterna del género humano occidental. Vaya, el juicio oriental, sin duda, va a ser un juicio prorrogado. Será kafkiano que el lenguaje como algoritmo y como esencia espiritual no encuentre un razonamiento tan fuerte para ser el abogado de nuestra causa ante el señor de las palabras, ante el creador del lenguaje que insertó trampas y que también creo todo con ese mismo lenguaje.

¡Oh, palabra creadora, no seas mi destructora!

Es el clamor de uno que no entiende la existencia en otros términos. Porque desde que nosotros los hombres, aprendemos a hablar, lo que estamos haciendo es existir. Nada más. Utilizamos un lenguaje usado por otros, jamás uno propio. De ahí la pobreza a la que el hado nos predestinó. Al final, nos daremos cuenta que no hemos hablado más que las mismas palabras una y otra vez como en un reflejo de espejos quebrados. Entenderemos que nuestra muerte es un acto más elocuente y que todas las palabras combinadas no podían llegar a resumir la experiencia de la separación física de la espiritual como lo vio Demócrito.

¡Oh, palabra! eres más débil que el cuerpo que hoy se fusiona y mañana se divide, pero eres más fuerte que mis esperanzas. Sálvame, no por tu divinidad, sino por tu existencia como vehículo conductor de la existencia!

Los antiguos han dicho que no puede haber espíritu si no hay lenguaje. Nos han hecho creer que somos todas esas palabras que hablamos y pensamos en imágenes. Y nos han infundado la idea de que seremos, al final,  lo que esas palabras señalen. Ante ese juicio intentaré usar el lenguaje con argucia, justificándome en las múltiples aporías lingüísticas. Me rehusaré y diré con la mirada profunda de un condenado,

No me juzgues oh palabra. No me relegues al olvido, fuera de la memoria de los ángeles y su glosolalia; los hombres y su xenolalia.

Sólo me suspendo. Me arrojó al arbitrio de ese gran tribunal, su gran inventario y su argot. Espero tener ganancia como un escribidor inútil entre los hombres versados en la palabra. Porque no me convertí al lenguaje para encontrar una salvación como los iniciados, sino porque necesitaba dejar mi existencia marcada entre los hombres. Pero ahora, esas palabras que debían causar impresión incluso entre los ángeles, no han hecho morada con los hombres, sino arrobado comprendo tardíamente que son mi espíritu y son mi abogado y mi verdugo.

¡Oh palabra, no seas indulgente, pero tampoco me condenes a existir fuera de la memoria de Dios! Solo seguí las pautas que me dictaste. Y hoy soy todo lo que sé, nada más. Y hoy, ante este tribunal, quiero ser todo lo que no sé. Si soy libre eternamente, quiero serlo en la palabra. Y la palabra, sin duda, es Dios.