-Libros y bebidas para una enclaustrada-

El hombre apenas balbuceaba palabras y lejos estaba de convertirse en un narciso escritor, de los que abundan mucho en nuestro tiempo, cuando sexo y alcohol le estimulaban sus pasiones y confinaban al Hades la razón, donde deberíamos haberla dejado, ¡qué horror cuando escapó!

 

Por / Rafael Patrocinio Alarcón Velandia*

Algunos en un encerramiento obligado, como la cuarentena, involucionan de seres humanos a entes asociables, contradiciendo las leyes antropológicas que aducen que el hombre es un ser eminentemente social.

Para otros, que aún se consideran seres humanos, en lugar de vivir como un hecho trágico el enclaustramiento, lo transforman en encuentro placentero con una buena comida, una buena compañía y el sexo, hasta disfrutar del silencio y de no hacer nada más que nada.

Pero hay otros placeres que pueden llevarnos a fantasías eróticas supremas como es un ménage à trois. Sí, mi estimado posible lector, amor entre tres, ¿usted no ha soñado con ello? Le aseguro que muchos en su intimidad lo desean.

En la historia de la humanidad, desde 10.000 años a.C. la satisfacción de la sexualidad siempre ha ido acompañada de una bebida estimulante: cerveza, vino, whisky, champaña, sake, mate, chicha, caipirinha, pisco y un largo etcétera. El hombre apenas balbuceaba palabras y lejos estaba de convertirse en un narciso escritor, de los que abundan mucho en nuestro tiempo, cuando sexo y alcohol le estimulaban sus pasiones y confinaban al Hades la razón, donde deberíamos haberla dejado, ¡qué horror cuando escapó!

Pero la dicha no es eterna, según dicho popular de la región, y hacia el siglo VII a.C un mesopotámico despistado y tal vez aburrido con la cantaleta de su mujer decidió dejar para la posteridad huellas de lo que le gritaba en una piedra de arcilla roja, muy vanidoso creyendo que iba a tener lectores. Hoy, algunos con tintes de escritor creen lo mismo.

Ese mesopotámico plasmaba en la arcilla –con rayas y círculos– todo lo que le impugnaba su mujer, posiblemente porque se había aburrido de ella y como consecuencia se había ido con una vecina de mejor aspecto y muda.

Sospecho que nuestro antepasado mesopotámico escribió con rayas y círculos para darle trabajo a unos tipos extraños que 27 siglos después se dedicaron a interpretar el inconsciente y a ver en esos signos genitalizados conflictos de Edipo, cuando Edipo no existía ni en la obra de Sófocles. Pero para los psicoanalistas todo vale, hasta cómo abrir una puerta, sino me creen pregúntenle a Jorge Cuesta los innumerables trabajos interpretando su inconsciente suicida por abrir la puerta de su alcoba del manicomio donde disfrutaba de su locura.

Vuelvo con mi mesopotámico escritor. Este individuo me produce sentimientos contradictorios, sí, muy contradictorios: por un lado, le agradezco haber inventado la escritura y poder conocer a través de ella pensamientos, formas de vivir, costumbres y demás vicisitudes de seres humanos del pasado y, por otro, comprobar que lo dicho por otro despistado griego, de esa fauna llamada filósofos, era cierto, que no hay nada nuevo bajo el sol.

Cuando se lee la historia antigua, todas las historias son deformadas por el escritor de las mismas, pero no me voy a meter en un debate aquí y perder los poquísimos amigos historiadores que aún me quedan, pues revientan de la ira cuando sostengo que, cuando se habla de historia, uno siempre debe preguntar ¿deformada por quién? Pues sí, al mesopotámico le debemos la escritura y la historia en papel.

Por otro lado, ese mesopotámico nos hizo un gran daño y fue el que comenzó ese extraño movimiento de dejar de hablar que ha involucionado, no evolucionado como algunos creen, hasta llegar a convertir el lenguaje en una facultad mecánica visomotora donde dos dedos tocan permanentemente una pantalla y con un ojo la ven, mientras otro idiota igual a él está pendiente de las rayas, círculos que llaman Emoji y con ello crean el pensamiento condensado que evolucionará indudablemente a una demencia.

Aquí los analistas del inconsciente encontrarán abundante material para estos días de cuarentena, les dejo este tip y así no se aburrirán, tampoco les voy a cobrar por esta idea, ya que no he tenido tiempo de registrarla como propiedad intelectual ni patentarla como se debe  hacer todo hoy.

Pero, en el intermedio entre la oralidad y los adictos a plasmar signos en las redes virtuales, hay unos seres extraños, vanidosos, muy narcisos, omnipotentes, que creen que les fue revelado, como una epifanía, la misión de reunir una serie de letras de un alfabeto para formar palabras y describir ideas; sin saber, porque no leen, que todas esas ideas ya fueron  dichas y escritas por nuestros amigos griegos y latinos del pasado, pero que aseguran que ellos las han descubierto y, como tal, creen que habrá lectores volcados a las librerías para conseguir, dudo que leer, tan vasta obra magna. ¡Qué ilusos! Si fracasan y se frustran que busquen al mesopotámico y lo cuelguen, él es el culpable.

Dejemos al mesopotámico escritor y sus descendientes escritores tranquilos. Pensemos mejor en lo que decía Jorge Luís Borges “no me pregunten qué he escrito, pregúnteme mejor qué he leído”. Y de esto se trata lo que yo quiero decirles y me perdonan el rodeo que hice hasta llegar aquí, no lo pude evitar.

La ménage à trois a la que quiero invitarlos, y qué pena desilusionar a algunos xxx, no es el juego erótico genitalizado entre tres personas, ni más faltaba, caería en la censura rígida de los editores de este portal cultural, de la comunidad Hermanas de María, de sectas cristianas y de un político muy peligroso rezandero, ¡qué peligro por dios!  ¡Ni más faltara que me puchara para ser la Juana de Arco versión masculina de Colombia! No se trata de esos juegos pasionales.

La ménage à trois a la que quiero invitarlos consiste en tres de los más caros placeres que un ser humano puede lograr. Ilustraciones / Daniel Roldán

La ménage à trois a la que quiero invitarlos consiste en tres de los más caros placeres que un ser humano puede lograr: disfrutar su soledad, las lecturas de buenos libros y saborear una buena bebida.

Puede haber otros excelentes placeres, no lo dudo. No obstante, los libros nos relacionan con buenos amigos desconocidos físicamente y atemporales, pues tanto sus escritores como el tiempo en que fueron escritos posiblemente no sean de nuestro época, y como dicen los académicos, debemos buscar siempre “la temporalidad del texto en el contexto”. ¿Cierto Teun van Dijk? O del espacio donde se crearon, como nos enseña Pierre Bourdieu.

Es difícil conseguir en la vida real un buen interlocutor diferente a un libro, pues éste, me refiero al libro, para evitar confusiones, no es tan vanidoso para imponernos sus razones y sus creencias, sino que cuestiona las nuestras y sumerge en la incertidumbre aquello que creíamos realidad o por lo menos cierto.

Un interlocutor humano, y no es que el libro no lo sea, pues parodiando al filósofo alemán “un libro es humano, demasiado humano”, pero en sí no es vanidoso, orgulloso ni pretende, como los escritores narcisos, tener muchos lectores. No. El libro está ahí esperando a un ser solitario, invadido por el deseo erótico de contemplarlo, olerlo, degustarlo, palparlo y después poseerlo. El libro no es un fetiche sexual, es más que eso, es el objeto del deseo erótico.

Siendo el libro y su posesión a través de la lectura un acto de erotismo no podía ser completo sin la compañía de una bebida estimulante y con ello se cumpliría con la siempre fantasía de hacer el amor ménage à trois, “libro, bebida y lector solitario”, no cabe nadie más, es un acto de éxtasis, con un tiempo y un espacio propio y único.

Para mis amigos y lectores que comparten el deseo de este “amor entre tres” quiero recomendarles la bebida para ese acto erótico cuando lean algunas de las obras de estos escritores favoritos. Es mi pequeño canon, el mío, seguramente ustedes tendrán otros, y paremos ahí el posible debate.

Hemingway, un clásico de las letras alcohólicas. Fotografía / Archivo

De escritores, libros y bebidas

Borges:  aparentemente no bebía sino leche, en ocasiones mate. Pero ¿se imagina usted mi querido lector leyendo Ficciones con leche? No creo que nos estimule lo fantástico; ¿con mate?  A duras penas resistiríamos a Funes el memorioso.

Hace muchos años Álvaro Castaño Castillo, el de la emisora HJCK, nos comentaba que él había invitado a Borges a Bogotá a un ciclo de conferencias y a grabar un programa en su emisora; éste había aparecido con su adorada y supervisora madre. Borges tenía una amiga en Bogotá que deseaba saludar y tuvieron que distraer a Leonorcita y “hacerle cuarto” para la tan deseada visita.

Borges, antes de partir y para vencer su timidez, buscó afanosamente un buen aguardiente colombiano, Cristal de Caldas debería ser, para ir donde la amiga, y ante el asombro de Álvaro le confesó que a escondidas de la inquisidora madre él se tomaba “tragos fuertes” para estimular su creación literaria. Por favor, no se lo vayan a contar a María, que como ustedes saben ella ejerce todos los derechos reales y fantasiosos sobre su esposo, y estoy seguro que me demandará y no tengo nada con qué responder.

Neruda: leer la obra poética erótica del chileno no puede ser a palo seco, acabaría con ese erotismo de una. Hay que hacerlo con Pisco, un aguardiente de uva de 35 a 40 grados.

Vargas Llosa: ¿ustedes se imaginan leer Los cuadernos de Don Rigoberto del nobel peruano sin estar acompañado de una buena copa aguardientera de pisco? Cómo estimularíamos nuestra imaginación ante la mujer sensual y seductora de don Rigoberto. Sería muy aburrido leer Pantaleón y las visitadoras sin una copa de aguardiente peruano de ese que beben al sur, cercano a los 40% de alcohol.

Jorge Amado: a Gabriela, la de clavo y canela de este casi abstemio escritor de Salvador Bahía, cómo la podemos poseer sin una buena y abundante Caipirinha.

Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio y los demás de la Cueva de Barranquilla no sería posible leerlos sin imitarlos con aguardiente y ron Tres Esquinas, si es que dejaron algo, porque sus bebetas fueron tan famosas que cuando se reunían, los pobladores de esta ciudad entraban en ley seca, no por orden del gobernante de turno, sino porque se agotaba la bebida alcohólica, toda había sido enviada al escondite de los escritores.

¿Quién resiste leer de un tiro El Otoño del patriarca sin estar estimulado por un buen vaso de ron habanero, o La casa de la mama grande?  Lector de literatura del Caribe sin ron habanero o portorriqueño no es lector.

Onetti: este amigo uruguayo si nos pone retos, fue un consumado bebedorcito, maestro de maestros en el campo; pero no es posible leer sus famosos Cuentos, o la Vida breve, o su insuperable El astillero sin un buen vaso de Grappa.

Juan Rulfo: otro maestro de la bebida, y no es posible no asustarnos con los habitantes fantasmas e intentar hablar con ellos de su Pedro Páramo sin un tequila. A palo seco, sin tequila, creo que ganaríamos los cien metros planos de carrera apenas nos hable uno de esos muertos vivos.

Faulkner: este nobel estadounidense, de múltiples ocupaciones, que jugaba su vida entre períodos de bohemia y de ascetismo, no era ajeno al vino y la cerveza. Leerle Mientras agonizo sin una copa de vino no es posible, sería un trago muy amargo; El ruido y la furia y ¡Absalom, Absalom! ameritan unos buenos vasos de cerveza norteamericana, mejor un Jack Daniels.

Hemingway: este otro nobel norteamericano si nos la puso muy en alto: bebía de todo y comía de todo, todo de todo en el sentido literal, espero que las feministas no me caigan encima, o mejor algunas sí; El viejo y el mar hay que leerlo con un buen ron habanero, pero Fiesta con abundante vino de la Rioja española y París era una fiesta con un vino de Burdeos.

Enrique Vila-Matas:  leerle a este catalán Suicidios ejemplares o Hijos sin hijos deberá ser bajo los efectos estimulantes y protectores de una botella de Cava.

José Saramago: leer toda su obra novelística y poética siempre será posible con un Oporto, cualquiera que sea su variedad, pero más recomendable el de los viñedos antiguos y artesanales del valle del río Duero. Para este tiempo de enclaustramiento La caverna y Ensayo sobre la ceguera van bien combinados con un oporto amargo.                      

Marcel Proust: si se quiere enfrentar a En busca del tiempo perdido, los siete tomos, debe abastecerse de cajas del mejor Coñac y botellas del exquisito Pastis. Para una excelente obra literaria las más selectas bebidas.

Ilustración / Antonio Valeta

Johann Wolfgang Goethe: debe acopiarse de innumerables botellas de vino blanco del Rin, sobre todo hay un vino amable para el paladar de la región de Weimar donde vivió este romántico alemán, y así podrá disfrutar en solitario Las penas del joven Werther y conversar con el ángel caído que negoció almas para su redil como le ocurrió al doctor Fausto.

Orhan Pamuk: Raki, el fuerte licor anisado turco, será un buen amigo para leerle a este premio nobel Estambul, ciudad y recuerdos o El libro negro​, aunque le prefiero La mujer de pelo rojo y La casa del silencio.

Tolstoi: unas buenas botellas de Vodka, no pocas, nos ayudarán a enfrentar los innumerables pasajes que cuestionan la condición humana y el sentido de la existencia en La guerra y la paz o en Ana Karenina.

Dostoievski: la vasta obra de este excelente escritor de la existencia trágica debe afrontarse apertrechado de una buena cantidad de Vodka Spiritus polaco, cuya graduación alcohólica puede llegar al 96%. Si no, cómo enfrentar esos pasajes penosos de Humillados y ofendidos, a Los Hermanos Karamazov o Crimen y castigo.

Sandor Marai: para este buen amigo húngaro leerle La mujer justa o El último encuentro o Confesiones de un burgués debe ser con la compañía solitaria de un Palinka.

Frank Kafka: aunque los checos se tildan de ser muy refinados y acompañan sus lecturas generalmente de abundante café o de té, un poco engreídos, pero se les pasa por ser tan buenas personas y por haber albergado en su tierra a ese extraterrestre de la literatura como lo es Kafka, no hay nada que reprocharles porque nos agoten el café. Pero joven lector de esta incitación erótica, alcohólica y literaria, ¿cómo hace usted para no creerse un Gregorio Samsa en un mundo contemporáneo que lo vive pisoteando? Si no es con fuerte trago de Becherovka cuyo grado alcohólico alcanza 38%, y así podrá enfrentar después la lectura de El castillo y los Cuentos de este checo asombroso.

Sorem Kierkegaard: a este danés, padre de los existencialistas europeos, no se le puede leer sin un fuerte irish coffee su Concepto de la angustia, o su Temor y temblor o su Enfermedad mortal, aunque preferiría hacerlo con un buen whisky de sus vecinos nórdicos.

Oscar Wilde: los Aforismos de este escritor irlandés si ameritan el mejor whisky irlandés sin duda, cada uno escogerá el que le parezca el mejor, en gustos no hay disgustos decía mi abuela. Sin dejar por fuera, leerle La decadencia de las mentiras o El príncipe feliz. Buen whisky, buena mar y lectura solitaria, pero evite naufragar y para ello imite a Wilde que, en sus momentos trágicos, se convertía en consumidor de café.

Honorate de Balzac: propongo que la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia compren todos sus derechos de autor y que el retrato de Balzac reemplace al desgastado Juan Valdez. Que nos ponga a leer toda La comedia humana al estilo de Balzac que consumía en su estado hipomaníaco constante 68 tazas diarias, lean bien, 68 tazas grandes de café. Un campeón en esta bebida. Su retrato también debe reemplazar en las casas campesinas cafeteras a la imagen del Sagrado corazón de Jesús, pues hasta donde sé, éste último no consumía café ni lo promocionaba; en cambio, Balzac no podía escribir sin el dichoso y estimulante cafecito. A propósito, sin ánimo de igualarlo ni creerme Balzac al escribir este artículo –no me faltara más, que mis amigos me libren de esa impertinencia vanidosa– estoy en este momento consumiendo un estimulante café risaraldense.

James Joyce: este escritor irlandés de Ulises y de Dublineses, que ejerce toda una influencia a buenos escritores del siglo XX y siglo XXI, se debe leer bajo los efectos Irish Whisky o de cerveza irlandesa Smithwick’s, o al menos con una bebida de Sidra de Armagh.

Pero recomiendo escarbar en las bases de datos virtuales, una de las pocas utilidades que le encuentro a estas redes, si consiguen whisky artesanal irlandés, pues fue en esta región donde se fabricó por primera vez y luego los escoceses les copiaron la fórmula, como cualquier estudiante universitario que realiza una tesis o profesor de dichos estudiantes universitarios que asumen lo escrito de otros como propio, pues sí, los escoceses copiaron la fórmula del whisky a los irlandeses, se les abona que lo mejoraron gracias a las propiedades del agua de sus riachuelos en las zonas bajas de Escocia donde lo fabrican.

No podía terminar esta invitación de una ménage à trois sin mencionar a Miguel Cervantes de Saavedra y a Don Alonso Quijano: del primero conocemos muchas piruetas de negocios, todos fracasados, de cometer estafas que lo llevaron a un encerramiento por cinco años o más en bodegas españolas que funcionaban como cárceles, pero sin vinos en ellas, de vivir en ocasiones de sus mujeres entregadas al mismo arte de la Congregación de la Sagrada Canasta, de mentirnos que era manco cuando solamente tenía un problema en su mano izquierda; sin embargo, no hay muchas evidencias creíbles que este aventurero de la palabra fuera un borrachín.

Además, en la España del siglo XVII la bebida más común, no me lo van a creer pero es cierto, era el agua, tanto que se publicaron manuales sobre cómo beberla y de que fuentes hacerlo para mejorar la salud, nunca se les ocurrió publicar protocolos como los famosos de ahora pues ya intuían que no sirven para nada, más si son del gobierno, pues los españoles del siglo de oro ya sabían, los muy sabios y pedantes, que los dirigentes nunca tiene autoridad para hacer cumplir las leyes y decretos que promulgan. Pues sí, el tal Miguelito bebía agua, ¿se imaginan uno leyendo Novelas ejemplares a punta de agua? Se ahoga uno.

Pero no todos los españoles del siglo de oro bebían agua, pues necesitaban algo más estimulante, afrodisíaco, que les indujera a salir de los claustros, a divertirse, como nos va a pasar apenas nos suelten las riendas de la cuarentena actual, que hiciera perder la razón y les permitiera actuar las pasiones y, entonces, se volcaron al vino, de tal modo que los curas de ese momento lo llevaron a los altares con un pretexto muy conocido pero que en realidad era para disfrazar sus famosas borracheras descritas en libros, pero la sagrada orden de la Inquisición  los llevó a las hogueras para así no dejar evidencias de sus festines orgíacos.

Pero no se trata aquí de una apología de las bondades del vino, sino de saber si Cervantes se emborrachaba con él.

De los vinos se escribieron manuales y tratados perfectos: de su calidad, de sus variedades, de las formas de preparación y algo muy curioso, dónde beberlos y con quién, de acuerdo con las intenciones del anfitrión; había vinos dedicados para seducir a las chicas del momento y obtener sus gracias.

Pero no se trata aquí de una apología de las bondades del vino, sino de saber si Cervantes se emborrachaba con él, suponemos que lo bebía para sus conquistas pues no era eunuco hasta donde sabemos. ¿Andrés Trapiello, tan estudioso del tema cervantino, podrá ayudarnos a aclarar este punto?  No hay evidencia científica para confirmar y validar estos datos, son mera suposiciones mías, así que señores positivistas del siglo XX y XXI, no demeriten mi información.  

Don Alonso Quijano y su escudero si fueron bebedores de vino sin emborracharse, puesto que eso era mal visto para un caballero de armas, el cual siempre debería estar lúcido para defender la causa. ¿Cuál causa? La que sea, la imaginaria de Don Alonso; además, los borrachines impertinentes si eran fuertemente castigados, no como los de ahora en la cuarentena que le dan muchos minutos de televisión y se vuelven famosos. ¡Qué horror!, dice una amiguita mía al ver ese espectáculo.

La región de la Mancha, que no supera los 900 m sobre el nivel del mar, es propicia para el cultivo de una vid de donde se produce excelentes vinos. Ya en la época de las aventuras de Don Alonso se producían excelsos vinos y sin evidencia científica me atrevo a afirmar que con Sancho degustaron las variedades de este baconiano licor.

En conclusión, para leer al famoso hidalgo Don Quijote de la Mancha acópiese de muchas cajas de botellas vinos de la Mancha, fíjese que estén llenas y no sea que se las mande Miguel de Cervantes. Les recomiendo las cavas cercanas a Toledo, excelentes.

* Médico Psiquiatra, Máster en Psicogeriatría y demencias. Magister en Literatura. Candidato a Doctor en Literatura. Profesor Universidad Tecnológica de Pereira.

Sitio de enclaustramiento, Pereira, mayo 18 de 2020.