Su voz, llena de pasión, de ardentía y de enarbolación de los valores éticos y morales, y el manejo sutil de los tiempos entre silencios y de los tonos, desde el más bajo, pasando por el mediano, hasta alcanzar alturas inconcebibles…

 

Por / Jorge Eliécer Triviño

Nacido en el barrio popular de Las Cruces. Era hijo de Eliécer Gaitán Otálora, liberal radical que, tras trabajar en diferentes oficios, se dedicó finalmente a la venta de libros usados. Su madre fue Manuela Ayala de Gaitán, maestra de escuela. Jorge Eliécer fue el mayor de la familia.[1]

Posteriormente, se mudaron al barrio Egipto de la capital, y se graduaría en el colegio Martín Restrepo Mejía, a finales de 1919.

Se graduó como abogado en la Universidad Nacional de Colombia, con la tesis: Las ideas socialistas en Colombia.

Organizó, posteriormente, la sociedad literaria Rubén Darío, muy cerca del observatorio de Santa Fe de Bogotá.

Se doctoró en jurisprudencia, en Italia, en la Real universidad de Roma, dirigida por Enrico Ferri, prestigioso penalista de fama mundial, con la tesis: El criterio positivo de la premeditación, la cual le valió la calificación: Magna cum laude.

Visitó la región del Magdalena, investigando la masacre de las bananeras, perpetrada por la United Fruit Company.

Fue presidente de la Cámara de representantes, presidente de la dirección nacional del liberalismo, y segundo designado a la presidencia de la república de Colombia; además, rector de la Universidad Libre.

Alcalde de Bogotá en 1936, nombrado magistrado de la Corte Suprema de Justicia, en 1940 como ministro de educación y senador por Nariño en 1942.

Presidente del senado y ministro de trabajo en 1943.

En febrero de 1948 visitó la ciudad de Manizales, donde pronunció La oración por los humildes, a la que nos referiremos en una próxima entrega.

Fue asesinado el 9 de abril de 1948, en la ciudad de Bogotá, a pocas cuadras de su lugar de nacimiento.

Como pueden ver, las credenciales de Jorge Eliécer Gaitán son grandilocuentes y bastarían como carta de presentación.

Estudiaba yo oratoria en la clase de español en el Instituto Universitario de Caldas y un honorable profesor llevó un acetato de 75 revoluciones por minuto, para enseñarnos el poder del verbo, de uno de los más notables abogados y políticos colombianos: Jorge Eliécer Gaitán.   

Tenía, entonces, doce años, cuando escuché su voz por vez primera, y tanto me impresionó, que aún hoy, pasados cincuenta años, reconozco en él a un hombre con un extraordinario manejo del verbo.

Son pocas las personas que se destacan por un timbre y tono tan aleccionante y particular.

Para conocer realmente a una persona, en su dimensión real, es preciso oírle. Su vestimenta y su porte carecen de valor, o las realzan, si su voz nos hace sentir percepciones excelsas; o, por el contrario, nos genera rechazo o tedio. Es en ese preciso instante, en que comprendemos a cabalidad, ante quién nos hallamos frente a frente. Son escasos aquellos que tienen tal poder, que, sin duda alguna se debe a su desarrollo anímico.

Su voz, llena de pasión, de ardentía y de enarbolación de los valores éticos y morales, y el manejo sutil de los tiempos entre silencios y de los tonos, desde el más bajo, pasando por el mediano, hasta alcanzar alturas inconcebibles y que enarbolaba la justicia como el fin fundamental de su quehacer político, no cesan de causarme admiración aún hoy en día.

El manejo de la modulación de su voz era tal que iniciaba su discurso en tonos bajos, y los iba elevando en crescendo perfecto, hasta causar arrobamiento a sus oyentes; pero no es tan solo eso lo que seducía a su auditorio, sino la perfecta ilación de sus ideas, que iba desgranando poco a poco, y derramando como poderosos torrentes de agua, o de fuego, incendiando el ánimo de los oyentes. Además, su presencia escénica, tenía el poder de fascinar y encantar, y en determinados momentos, cuando la gente sentía enardecer su espíritu, tenía el poder de apaciguarlos, diciéndoles:

 

       “Les ruego el favor de silencio; porque se trata de obtener tiempo para decir las cosas que tengo que decir…”[2] y la gente callaba. En otra ocasión, les exhortó:

Les ruego el favor de guardar silencio, por una sola razón: por la razón por la cual, este movimiento no es personalista, sino doctrinario; por la razón elemental que tiene que terminar de una vez, el hecho primitivo, el hecho indecoroso para mi patria, que es un gran pueblo, de que se la maneje con el irrespeto con el que se manejan las vacadas de las haciendas privadas. Los hombres colombianos no podemos ser manejados con ese irrespeto. Es nuestra dignidad que está por encima de los partidos, que está por encima de los cálculos momentáneos, que está por encima de las papeletas, porque donde no hay dignidad de hombres, todo está perdido.

Estas aseveraciones debían calar profundamente en la sociedad, en esos instantes, pues propendía por la defensa de la dignidad humana. Entendía a cabalidad la pobreza de la gente y la manera en que se les gobernaban los políticos de turno. Estaba siempre, en defensa de los más necesitados: de la raza indígena, de los campesinos y de los obreros, exhortando a la clase política reinante, para que se diera cuenta de las condiciones paupérrimas en las que se encontraban, y hacía ataques a los bancos y a las empresas, para que fueran más justos con los trabajadores. Sus arengas alertaban sobre el sometimiento, el engaño y los ardides usados. Tenía un elevado sentido de la justicia, de la equidad y del valor de las personas.

Ponía el dedo en la llaga, acusándolos de manera directa.

        “¡No señores! Los enterradores, no pueden tener el papel de comadronas.”[3]

Era muy incisivo en la utilización de los apelativos de sus oponentes, atreviéndose a denominarlos peleles, como en el siguiente aparte del mismo discurso: “Entonces, si no es el amor, si no es el interés de tener peleles en el palacio de la carrera, para mandar a través de peleles”.

Y también logró adivinar el futuro de los partidos políticos, aseverando que un día se unirían para perpetuarse en el poder como cuando lo hicieron en el Frente Nacional, en que se repartieron el poder alternadamente los liberales y los conservadores. Él buscaba afanosamente que esto no sucediera mientras viviera. He aquí, sus palabras premonitorias: “…cuando la oligarquía conservadora se una con la liberal para perpetuar esa gran masa de parias, a la cual, la vida se les hace cada día más costosa”, y les hace acusaciones bastante fuertes, asegurando que los réditos obtenidos, no son precisamente de su trabajo: “Mientras haya gente y familias a las cuales, en esta tremenda ola de especulación, el dinero les ha llegado, no precisamente del fruto de su trabajo”, y se pone el lado de la gente, instándolos a que en ese instante, hagan la alianza en detrimento de los pobres; pero amenazándolos de manera tajante:

¿Lo quieren hacer? Pues que lo hagan, y ahí estaremos de balde para trabajar con ellos, porque nosotros no estamos pensando en nuestra situación política.

A nadie se le oculta la ventajosa situación política en el sentido podrido y viejo de la palabra en la que yo me encuentro.

       Dice, más adelante, que ya le habían ofrecido otros puestos en los diferentes ministerios, pero que él los había rechazado, además, los tilda de “pequeña casta oligárquica y manzanilla”, aseverando, a su vez, que podría dedicarse a vivir una vida fácil, en vez de vivir una vida áspera y ruda que tiene, y que no permitirá que los conservadores los persigan y los maten en los pueblos.

Su compromiso, es total e incondicional, asegurando que los acompañará siempre:

Yo estaré en pie con todo el pueblo para que esos humildes no sean perseguidos. Y si a eso lo llaman demagogia, no me importa, yo sé cuál es el lenguaje de los oligarcas; yo sé cuál es, yo sé que ellos no conciben sino una manera de unión nacional: la perpetuación del estado de injusticia presente

       Esas palabras, crearían confianza en su pueblo, que le oía con la esperanza de ser redimidos, de elevarse en la escala social. Hablaba a los más humildes, a los descastados, a quienes el sistema los tenía abandonados. El pueblo creía en su palabra, una palabra sincera, leal y amorosa. El les había dicho: “Yo no soy un hombre, soy un pueblo”; una unidad indisoluble, como así lo comprendieron, y por eso le siguieron. Algunos hasta el mismo momento de su muerte, y por eso, el gobierno de turno y los posteriores los abandonaron en bolsas negras, y el olvido ha sido su castigo. La sociedad busca la perpetuación del olvido de aquellos que propugnan por un país más justo y equitativo. También abordaremos este tema, posteriormente. La verdad debe brillar. La verdad siempre sale a la luz, aunque el tiempo parezca sofocarla y esconderla.

Jorge Eliécer Gaitán se autodefiniría en el mismo discurso, en el teatro municipal. Le decían demagogo, pero él se defendía de esta manera:

Los que encienden la conciencia de las multitudes; esos son demagogos. Los que gritan con ardentía, con fervor, con calor, con pasión, la palabra de justicia que se agita en el corazón de toda multitud: esos son los demagogos

       Él comprendía el papel de salvador que debía cumplir. Tal vez, era un adelantado para su tiempo. Tal vez, llegó en un momento inapropiado. El pueblo que le siguió, supo de su valor, de su coraje, de sus deseos de ayudar a la elevación de la especie, pero se encontró con una sociedad endurecida, con intereses egotistas, y no cederían el poder a un hombre que pertenecía a la clase humilde. El barrio en el que nació queda cerca del palacio de justicia; pero sus calles y plazas se encuentran abandonadas por el estado y aún la miseria y la pobreza, campean en ese barrio.

Jorge Eliécer Gaitán tenía muy claro que debía seguir el camino de Jesús de Nazaret, en las siguientes palabras:

 Yo sé que eso es lo que llaman demagogia, fuego, vitalidad, lucha, ardentía y libre demagogia, de la cual, afortunadamente el Supremo hombre de la especie, nos dejó una lección. No fueron los académicos, no fueron los roedores de bibliotecas, los que incendiaron con su doctrina el mundo: Ni Fichte, ni Kant, han movido multitudes para el bien de la humanidad; pero en cambio, un hombre que cogía el látigo en medio del desconcierto de la gente mesurada que odia a los demagogos, un hombre que se paseaba por el calvario haciéndose golpear las carnes sangrantes sin necesidad; un hombre que gritaba que primero pasa un camello por el ojo de una aguja, que un rico por las puertas del cielo; un hombre que clamó y gritó en nombre de la justicia para que la justicia fuera respetada, ese divino hombre, llena todo nuestro espíritu porque en él, la idea no era lo que en estos oligarcas: simple mariposa de contemplación sino, pueblo inundante que se desborda como un río sobre el plano de la vida para que los humildes tengan un puesto en ella y no sea todo de aquellos que los oprimen.

       Estas palabras, denotan una personalidad de entrega de sí mismo, con un sentido de servicio, de altruismo y de sinceridad, escaso en la mayoría de quienes ostentan la silla de la presidencia de nuestro país.

Sin la menor duda, Jorge Eliécer Gaitán era un peligro para la élite reinante en ese momento, y debía ser eliminado, como realmente lo hicieron.

Los investigadores e historiadores todavía no han medido la magnitud de Jorge Eliécer Gaitán, y la sociedad está en deuda con quien abrió un camino de cambio, que aún está muy lejos de ser realidad; además la justicia nunca buscó esclarecer el magnicidio y permanece muda ante hecho tan doloroso como vergonzante. Los políticos de turno y la sociedad, como la esfinge, callan.

Juan Roa Sierra fue un chivo expiatorio, y ante la magnitud de su muerte, el silencio ha sido el cómplice perfecto.

Sus ideales, su sentido de justicia y de equilibrio; su altruismo, su poder de convicción y su oratoria; deberían ser materia de estudios en las universidades

públicas y privadas de nuestro país.

Este es un país de olvido, y cuando se busca sacar a la luz la verdad, los enemigos de la luz están atentos para acallar y para perpetuar la oscuridad reinante.

 

Bibliografía

Ruiz a, M., Fernández, T. y Tamaro, E. (2004). Biografía de Jorge Eliécer Gaitán. En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea. Barcelona (España). Recuperado de https://www.biografiasyvidas.com/biografia/g/gaitan.htm el 31 de mayo de 2020.

Gaitán, Jorge Eliécer. El socialismo católico. Discurso. Jhonatan Ernesto Alonso. https://www.youtube.com/watch?v=ZYExuFZJ0qk

Gaitán, Jorge Eliécer. Discurso 1946. Teatro municipal de Bogotá. @valdemarquijano. https://www.youtube.com/watch?v=nuk9JM3nsrE

[1] Ruiz a, M., Fernández, T. y Tamaro, E. (2004). Biografía de Jorge Eliécer Gaitán. En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea. Barcelona (España). Recuperado de https://www.biografiasyvidas.com/biografia/g/gaitan.htm el 31 de mayo de 2020.

[2] Youtube. Jorge Eliécer Gaitán. El socialismo católico, Discurso.

[3] Discurso citado. Teatro municipal de Bogotá.