Jueves del ensayo: Zapata Olivella

Presentamos este ensayo corto del escritor colombiano Manuel Zapata Olivella (1920-2004), titulado, “Genio y figura”*, aparecido en 1942 en el periódico Diario de la Costa, de Cartagena. Sus obras giran en torno a la violencia y la represión de los pueblos negros, mezcladas con temáticas que emplean el recurso de lo místico. Su obra más conocida es Changó, el gran putas (1983).

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Vivimos en el mundo de las paradojas. Resulta que empezamos a querer una cosa, no cuando se disfruta el placer de poseerla, sino cuando se aleja o desaparece; de aquí la eterna lamentación del poeta añorando el solar lejano. Exactamente lo mismo experimentamos los «costeños» cuando en columnas de humo fotografiamos los paisajes de la tierra, que a fuerza de tanto verlos, se presentaban sin tintes ni atracción, pero en la distancia recobran una fuerza indescriptible, se juzgan con plenitud de valor y colorido.

Algo semejante aconteció en esta urbe silenciosa el pasado 11 de noviembre y el 14 de febrero. Los «costeños» que habitualmente se dejan absorber con resignación del eterno bostezo bogotano, en esos días lanzaron rebeldes al espacio sus pulmones, desnudaron su interior y añoraban los campos de libertad, sol y mar. No fue exhibicionismo, como lo tildan los melancólicos andinos, sino el corazón y la sangre consumiéndose en la hoguera de la nostalgia. Los cafés hervían de entusiasmo atestados por toda la colonia, que parecía haberse puesto cita, mientras una corneta importada, solamente un cornetista samario, hacía retumbar los átomos con las notas calientes de porros y fandangos.

En esas noches hubo de todo: hombres empiyamados, blancura y coloretes de Arlequín, bongó, maracas, armónicas y la luz zigzagueante de un buscapié extrañado de sí mismo, precedía a la murga desenfrenada como un río, en el cauce silencioso de la carrera Séptima. Como era de esperarse, el entusiasmo febricitante recibió una ducha de la sobria y nunca sonriente policía. Entonces, sufrimos la trascendencia de nuestras fiestas y nuestra tierra. Y hablando de todo un poco, digamos algo de nuestro lenguaje. Es otra paradoja, pero es necesario oír hablar eternamente determinado tipo regionalista del país, y caemos en la cuenta, en lo exótico de nuestra expresión. Desde infantes, estamos convencidos de que no hablamos correctamente el idioma; que devoramos muchas «d» y «r», «l» y «s», e ingenuamente creemos que eso es algo ingenuo y basta de contraseña, para cualquier presentación.

Pero acontece todo lo contrario, santandereanos, cundinamarqueses, antioqueños y demás, todos tienen una pequeña diferencia, la misma inclinación a atragantarse la última letra; el participio pasado de los verbos recibe la mutilación de la penúltima y en otros casos hay una exuberancia de «eses». Dejémosle algo qué decir a Cuervo y volvamos a lo maleable. La característica típica de los regionalismos es el acento y el tono, y los nuestros no son muy simpáticos que digamos. De esto no se da uno cuenta, mientras convive con los suyos, es algo tan común y habitual que jamás sospechamos de ellos. Nuestro acento y tono es sin duda lo más típico de la región; no hay necesidad de agregar comentarios acerca del nacimiento, basta decir una sola palabra y pregonamos demasiado nuestra procedencia. Es motivo de gran interés la conversación costeña, porque además del tono hablamos con una rapidez tal que una persona no acostumbrada a escucharnos es del todo imposible que capte el significado de lo dicho; es como si habláramos en otro idioma distinto. En esto no cuenta la cultura, porque hasta nuestros prohombres se expresan tan rápido que simulan la persecución encarnizada de una palabra tras la otra. El temperamento costeño también es inconfundible; de esto debemos estar muy orgullosos. La fuente inagotable de alegría, la expresión fuerte y sin debilidades, la vivacidad de pensamientos, la inteligencia y la inquietud, son valores que mantienen sano y contento a nuestro pueblo. Por eso lo excepcional del suicidio en nuestro medio, la ausencia de la cuchilla falaz y traidora, y la tan ponderada franqueza. Pero, adolecemos, como todos los humanos de grandes y graves defectos. Quiero estrechar mi concepto sobre este tema a los cartageneros, porque son los más y porque para ellos escribo. La política ha conmovido todos los andamios de las pasiones, que raras veces no tenemos nada que reprochar a los semejantes.

El resultado de ello es la completa ausencia de valores fuera del departamento. No es que dejen de existir, sino que a fuerza de críticas, chanchullos y trapisondas, vamos despojando a los grandes hombres de sus justos y ponderables atributos, y nos encarnizamos tanto en los semejantes que acabamos por imponerles un complejo de inferioridad o los desprestigiamos para siempre. Hay necesidad de respetar y reconocer las dimensiones de los valores altísimos que poseemos. He tenido noticias a quemarropa de que la famosa casa RCA Victor ha grabado una serie de discos, con la orquesta A no 1, de música bolivarense. ¡Hasta cuándo iba a permanecer ignorado nuestro folclor musical que se extiende más allá del pentagrama…! Esa música, que es el fiel espejo de nuestra alma, debe ser conocida por nuestras jóvenes y hermanas naciones. Sus inspiradísimos compositores debieran disfrutar del apoyo oficial, siquiera de los honores que merecen. Ahí están musicalmente dispuestos a brindarnos composiciones Lucho Bermúdez, Santos Pérez, Pianeta Pitalúa, Joaquín Marrugo y tantos otros. Pero, ¡ah indolencia!

Necesitaría mucho escribir sobre este particular de tanta trascendencia en lo que se refiere a nuestro nivel cultural. Pero qué triste y amarga es la dolorosa filosofía mundana; «genio y figura hasta la sepultura».

Ciudad Universitaria de Bogotá en uno de los últimos días de febrero.

*Este texto fue tomado de la recopilación de ensayos y artículos periodísticos llevada a cabo por Alfonso Múnera. El libro que editó el Ministerio de Cultura lleva el nombre Manuel Zapata Olivella. Por los senderos de sus ancestros.