Crónica sobre la matanza, de 13 personas iniciada en la finca La Pola en el corregimiento Bonafont del municipio de Riosucio, Caldas. A veinte años de los hechos.

Por María Daniela Melchor Castrillón

 Finca La PolaOctavio se encuentra de pie, con un cigarrillo Malboro en la mano y observando el paso de los carros por la vía rápida de Dosquebradas a Santa Rosa a través de una malla de metal, que es lo único que se interpone entre unas torres eléctricas y el patio trasero de su casa. Su esposa Miriam de un grito le avisa mi llegada: ¡Mijo ya llegó la niña! Con un saludo interrumpo su momento de nicotina. Octavio pensaba, por eso no se había percatado de mi presencia.

Octavio se puede describir como un hombre serio, de gesto brusco y tosco, para nada emocional, de esas personas a las que se les teme dar la mano. Sin embargo en medio del calor de las 11:00 de la mañana de ese miércoles, y ya no con un cigarro sino con un café servido en una taza de chocolate, pues no le gustan los vasos pequeños y mucho menos si se trata de tinto, me cuenta cómo su sobrino, Gersaín Melchor, hace 20 años, fue asesinado en la masacre ocurrida en la finca La Pola el 2 de febrero de 1995.

Los habitantes de La Pirza, vereda del corregimiento de Bonafont en Riosucio Caldas, despiertan todos los días, sin importar el fogaje del sol a sus espaldas, para cuidar de sus cultivos de yuca, caña o plátano, que caracterizan este sector. En la pacífica vereda se encuentra La Pola, la finca de la familia más conocida y numerosa del pueblo de Bonafont, los Díaz Zapata –y digo numerosa porque estaba compuesta, aproximadamente, por 10 integrantes– poseedores de ganado, cultivos, jeeps, carnicerías y de una enorme casa en la entrada del pueblo, que es larga y enchambranada. Esta es dibujada por las manos de Octavio en trazos invisibles mientras la describe.

A las 7:00 u 8:00 de la noche, tantea Octavio frunciendo el ceño ya lleno de arrugas, la hora en la que empezaron los cuchicheos y los rezos en el interior de la finca La Pola por el último día del novenario de la muerte de Álvaro Diego, hijo mayor de Nelson Díaz, quien fue asesinado por un sicario en el municipio de Belén de Umbría propinándole nueve balazos, nadie sabe por qué mataron a ese muchacho, pero él tenía sus enredos y problemas, comenta Octavio, moviendo su mano izquierda a la vez que hace un gesto de sospecha con su boca.

Luis Fernando Osorio, alias ‘Tola’, y Modesto Henao, alias ‘Mojetar’, bajo los efectos de las drogas, sacaron a la fuerza de su casa a Nicolás Díaz, abuelo de la familia, quien no se encontraba en el novenario, para llevarlo a la finca que más adelante se convertiría en un pabellón de fusilamiento. Vociferando groserías irrumpen en el interior de la finca haciendo que los gritos reemplacen los Padre Nuestro, Ave Marías y los llantos de las mujeres.

El aturdidor silencio rodeaba toda la finca, solo se escuchaban las chicharras y los grillos, más la respiración de los ahí reunidos y los tornillos de las amenazantes escopetas. Los temerarios llevaron a siete niños a una habitación vecina; esa noche solo serían los adultos y los viejos quienes pagarían el precio. Tragando entero, Octavio recuerda que una niña no quiso separarse de los brazos de su mamá, así que le correspondió compartir el mismo destino que ella, su nombre era Erika Osorio.

Por donde pasaron los asesinos

Como vacas al matadero el resto de la familia Díaz fue trasladada al patio delantero de la casa para que uno por uno fuera sintiendo como la bala atraviesa el músculo y el hueso mientras que los otros, espectadores, les llegaba el momento de enfrentarse cara a cara a la muerte. “En ese patio había unas macetas en el suelo y otras estaban colgando ¡y ya imaginará usted cómo quedaron esas macetas¡ ¡vueltas nada!”, cuenta Octavio, haciendo añicos un tenedor de plástico que había en la mesa. Está ansioso, mueve mucho su pierna derecha y no prende un cigarrillo por vergüenza al humo que puedo llegar a inhalar, así que más bien pide otro tinto a su esposa. En ocasiones, este el reemplazo del cigarrillo.

“¡La situación es: si a mí me va a pasar algo eso no tiene vuelta. Si estoy advertido de que en un lugar me van a matar yo no voy por allá. Quien se arrime a los lugares donde tiene riesgo de que lo maten es por terco!”, dice Octavio, refunfuñando y rematando con un sorbo de café. Pero a Gersaín, a su esposa, Doris Díaz y a Dora Bueno nadie les avisó que ese día la muerte estaba en la finca reclamando lo que le pertenecía.

Arribaron a La Pola en una camioneta amarilla Dodge 350 con la que Gersaín trabajaba, en conjunto con su padre, haciendo acarreos, trasteos, viajes de revuelto o para lo que se contratara. “Era un buen muchacho, trabajador, hasta prestó servicio militar por un año y esos brutos lo mataron de esa manera tan horrible”, así describe Octavio a ‘Chuzco’, como le decían sus familiares y amigos a Gersaín, por su cabello rizado, mientras que se soba los ojos a los que por un momento les dio ganas de llorar.

Era un río de sangre, todos los cuerpos estaban allí tendidos, tanto el de Nelson Díaz y su esposa, María Noelba López, como el de la niña Erika Osorio y su madre, Cecilia Vargas,  quienes hasta el final estuvieron abrazadas, así como un nudo que no se puede desenredar. Los asesinos, sin desaprovechar la oportunidad que tienen con Gersaín de poder escapar en la camioneta, toman como rehenes a las tres nuevas víctimas de la muerte.

‘Chuzco’ puso el motor de la camioneta en marcha, a la vez que Osorio y Henao señalan el camino. Pasaron de La Pirza al centro de Riosucio, iba en muletas, por el accidente que había tenido días pasados en una moto, el agente de policía Javier Mendoza. – ¡Qué hubo hermano! –, saluda Mendoza a ‘Chuzco’, mientras que uno de los asesinos, que iba al frente de la camioneta, lo agujerea de 12 balazos. El cuerpo sin vida del agente en los pies de su esposa es dejado atrás por la camioneta que continuó su trayecto hasta llegar a La Sierra, sitio entre Riosucio y Anserma. Gersaín no sabía que allí le esperaba la muerte en forma de bala y menos que esta tendría la desfachatez de pasar a ser también traición, pues los jóvenes que habían desatado toda esta hilera de muerte eran amigos de ‘Chuzco’ y con la excusa de no poder dejar testigos disparan la escopeta dentro de la boca de su amigo.

Osorio y Henao querían continuar con este calvario de muerte, la sed que tenían por acabar con toda la familia Díaz Zapata no se saciaba. Las razones por las cuales cometieron este hecho son eslabones perdidos en la historia, por eso llevaron a los dos mujeres kilómetros más adelante de La Sierra, encontraron un rancho de paja donde abusaron, torturaron y, con el colmo de la sevicia, las amarraron, las bañaron en gasolina y las quemaron vivas, tal como lo hacían con la brujas en épocas de cacería. Tres horas después de los asesinatos las autoridades encontraron los cuerpos de las últimas víctimas en los lugares donde fueron arrebatadas sus vidas.

“Al otro día mi hermana Nubia me llama diciéndome que habían matado al sobrino, entonces yo cogí mis cosas y me fui ahí mismo para Bonafont”, manifiesta Octavio. Fue un velorio colectivo en el coliseo de Riosucio, ubicado en la salida a Tumba Barreto, los ataúdes estaban horizontalmente con sus tapas abiertas, excepto las de las mujeres calcinadas, para que los familiares vieran por última vez a las 13 víctimas de la masacre.

El coliseo se había convertido en un lugar de pésame, llanto y tristeza. La familia Díaz y la familia Melchor se encontraban compartiendo los efectos primarios de la muerte de un ser querido y el luto. Nubia, la madre de Gersaín, al ver el cuerpo inmóvil de su hijo comienza a llorar intensamente y a repetir la frase: ¡Hijo yo me voy con usted! Nubia nunca logró recuperarse de la muerte de Gersaín; todavía le duele la forma en la que mataron a su hijo.

El rumor de los asesinatos se regó por todos los lugares cercanos a Bonafont y a Riosucio hasta llegar a los oídos de una señora amiga de Nelson Díaz, quien no sabía, hasta ese momento, que le había alquilado una habitación de su casa, en el barrio Las Américas en Riosucio, a Osorio y a Henao. Salió de su casa con la excusa de ir a comprar el revuelto para el almuerzo, pues estos hombres le tenían prohibido salir, y así poder alertar a las autoridades sobre quienes se estaban ocultando en su casa.

Gritando la policía llegó. ”¡Tenemos una orden de captura que califica a Luis Fernando Osorio y Modesto Henao como los actores intelectuales y materiales de los asesinatos cometidos en la finca La Pola y La Sierra!”, con el anuncio despertaron esa mañana los dos hombres que se hallaban ocultos, los cuales no iban a permitir que se los llevaran a la cárcel, así que ofrecieron resistencia y abrieron fuego sobre las autoridades.

Se dio inicio a un enfrentamiento entre los vándalos y la policía durante 20 minutos, en él se incautaron armas de fuego y una granada de fragmentación. En este corto tiempo se dio de baja a ambos responsables de la masacre y quedaron heridos dos policías de apellido Rodríguez y Zuluaga. “Eso no fue suficiente para pagar la muerte de ‘Chuzco’ y menos lo duro que fue para nosotros resistirla. Miriam y yo lo queríamos mucho”, comenta Octavio con voz quebradiza y con los ojos un poco rojos, una vez más controló el llanto porque la pena de que lo viera llorar fue más fuerte que su misma tristeza.

Gersaín y familia

Octavio con sus manos puestas detrás de su cabeza se encuentra reflexivo, me avisa que no tiene nada más para contarme salvo una aclaración. “Desde mi niñez he visto muchas cosas, incluso viví un desplazamiento en 1959, pero eso me ha ayudado a ser mejor persona y me dio la fuerza para luchar en la vida, si yo me hubiera llenado de odio cuando mataron a mi sobrino no hubiera ganado nada, solo hacer que el alma se me fuera pudriendo. Ya nada me asombra ni nada me aterra por todo lo que he vivido”. Como últimas palabras me desea un buen día y me agradece. ¿Qué? No lo sé, pero se levanta de la mesa, camina hacia su habitación y antes de cerrar la puerta me regala una sonrisa como despedida.