UN ÁNGEL DE LA MUERTE EN LA FACHADA

Los únicos que matan por gusto son los sociópatas, los que matan por precio o promesa remuneratoria son los criminales de oficio, sicarios, al parecer como en el presente caso.

 

Por / Eliécer Santanilla

El mundo del hampa establece códigos y representaciones simbólicas que marcan conductas individuales y procedimientos de colectivos de terror… como la Yakuza, la mítica mafia japonesa con origen calendado en el siglo XVI, quienes cubren sus cuerpos con hermosos y coloridos tatuajes. Los pandilleros rusos marcan sus cuellos para evidenciar su capacidad de asesinar. Haciendo de sus cuerpos parte de una escenografía de intimidación, un sincretismo semiótico en la construcción de nuevos metalenguajes.

No tenía licencia para matar, pero sí permiso… de 72 horas en el cumplimiento de su condena de 34 años, por ser el sicario que le quitó la vida a un reconocido periodista de Medellín, hermano de un juez de la República.

Carlos Andrés López Gaviria, alias El Paisa, rompe su encierro en la cárcel San Bernardo de Armenia, Quindío, prisión que le aguardaba por el resto de su condena de 34 años, dictada en 2019 por haber asesinado en Medellín al periodista Luciano Gil Botero, hermano del juez Enrique Gil Botero.

Allí comienza el guion de una historia moderna de violencia, cuando al «Paisa» le notifican un permiso de 72 horas, tres días de redención.

¿Qué hace un condenado con 72 horas de libertad? Las opciones son muchas, desde visitar a su madre, hasta irse de farra, drogarse y alcoholizarse, ajustar cuentas, pensar perpetuar su libertad, visitar a sus amigos, hacerle el amor a su novia… o darle rienda suelta a su oficio criminal.

Finalmente, es un criminal condenado, disfrutando de una efímera libertad. Y es este breve resquicio de albedrío, lejos del infierno de las rejas, donde transcurre esta sanguinaria historia.

 

Interior noche, casa en barrio La Fachada

Según el caso, La Mona, la Rata, el Primo, Ramoncito y otros departen con el Ángel de la Muerte. La ruidosa y efervescente reunión, animada por el consumo de alcohol y paliada por otras sustancias, de repente se silencia…

El estridente ruido de las balas no aturde al ser superado por el crujir de la carne corrupta por el plomo y la sangre buscando salida a 10 mil taquicardias por minuto…  el Ángel había desplegado su alado poder… silencioso, letal, ágil, casi hermoso para la ficción, pero terrible para la realidad.

Alias El Paisa es señalado de ser el autor material de la masacre, tras asesinar a tiros mimetizados por el silenciador y puñaladas a cinco personas. Las víctimas: Evelyn Mayerli Ramírez Ospina, alias la Mona; Alexander Taborda Reyes, alias la Rata; Cristian Felipe Rojas; alias el Primo; Miguel Ángel García, alias Ramoncito, y de herir a una bebé de tan solo 7 meses de nacida, hija de la Mona.

Para cometer un homicidio premeditado se debe tener un control cognitivo y una sapiencia mental evidente, alimentada con habilidades técnicas en manejo de armas. No es fácil operar una pistola silente y menos blandir un puñal para ingresar en la carne viva que se defiende contra la muerte. Asesinar no siempre es de dementes, también es de cuerdos homicidas.

El Ángel con un solo proveedor les quitó la vida a unos supuestos atacantes, los mismos con los que se encontraba departiendo… segundos antes.

No falla, no duda, no titubea… su acción es de una letalidad del 100 por ciento.

La hipótesis del crimen elevada por las autoridades apunta a un ataque demencial debido al consumo de estupefacientes mezclado con alcohol entre los protagonistas.

Hipótesis, a mi parecer, temeraria para cualquiera con mínimo atisbo de inteligencia. Es muy probable que estemos ante una nueva modalidad y forma de operación criminal, comparada con la execrable figura de capacitar a menores de edad para arrebatar vidas, mientras se le hace el quite a la blandengue Justicia colombiana.

Modalidad que determinó macabros paisajes criminales de la historia reciente del país, como en el terrible asesinato del ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla, impactado a tiros por un casi niño.

Ahora, tal vez estamos ante un modo operante no menos escabroso y es buscar o contratar los servicios criminales de un condenado, para seguir haciéndole el quite a la Justicia.

Una especie de kamikaze en tierra, pues poco o nada le importará al ya encarcelado ser llevado tras las rejas de donde salió de permiso. Su domicilio natura permanente.

O tal vez, en una poética macabra del hampa, se pretenda la redención o el perdón de los suyos ofrendando su propia vida. Redimir y costear al condenado para condenar la muerte.

Hay que ver quiénes son las víctimas y con quién se conectan; curioso que todos tienen a su haber intimidantes alias, particularidad del bajo mundo.

Según declaraciones oficiales, el año pasado alias La Mona, de 26 años y alias La Rata, de 23, fueron dejados en libertad después de haber sido capturados y judicializados por microtráfico.

Surgen, entonces, tenebrosos cuestionamientos que dan forma a las presentes conjeturas, siendo una partida para la comprobación de una temida tesis.

  • ¿Cómo se explica que un condenado criminal de oficio, condenado a 34 años por homicidio, autor material del asesinato del hermano de un juez, tenga un permiso de 72 horas?
  • ¿Al estar tan bien armado y dotado de un silenciador, podríamos inferir que salió a matar o temía por su seguridad fuera de las rejas?
  • ¿Dónde o quién se encarga de armar al criminal o, acaso, el bajo mundo de la capital quindiana es tan profundo que se puede conseguir un arma de tales características en tan breve tiempo?
  • Siendo un recluso condenado de alta peligrosidad comprobada, ¿por qué no se encontraba recluido en una cárcel de mayor seguridad?

Este tipo de permisos suelen otorgarse para internos próximos a cumplir su condena, como parte del proceso de resocialización y adaptación de los “nuevos ciudadanos” pospenados.

Es probable que las particularidades del caso, dependiendo de que haya cumplido las tres cuartas partes de la misma, se le permita tal privilegio. Pero entonces, qué hace un condenado de tan alta peligrosidad en una cárcel de poca seguridad como es el reclusorio de la capital del Quindío. Sin duda, debería estar por el peso de su delito en una prisión de máxima seguridad.

Un criminal de oficio sabe que la principal prueba condenatoria es el arma homicida; por lo tanto, deshacerse de ella es tan vital como cuidar su vida y libertad. Sin embargo, el avezado Ángel de la Muerte ostentaba el arma como si fuese su hoz, donde también le hallaron el silenciador aún con vestigios de sangre.

Esto permite deducir que, tal vez, había una preparación previa al arbitrio de un profuso entramado criminal.

Un concierto para delinquir, a diferencia del crimen solitario o el que se comete por impulso o defensa propia, cuenta con un planeamiento o planificación, tiene jefes, estructura y compleja división de roles, que ascienden desde el intelectual que planea el acto y que hunde raíces en lo más profundo del bajo mundo del hampa, para garantizar el silencio y el mayor beneficio económico a su ejército de ángeles.

La Justicia debe esclarecer y comprobar lo que por ahora son teorías del caso. La masacre pareció ser cometida por diferencias que se presentaron entre el agresor y sus víctimas en un festín que se salió de control; sin embargo, el hecho de que estuvieran reunidos departiendo implica familiaridad y, como es natural, son más las conjeturas que las respuestas y decir que fue un crimen por impulso es sólo la más débil de las suposiciones.

Hay que considerar si fue un ajuste de cuentas entre bandas, si hizo parte de una reorganización criminal en ajustes de cuentas en el departamento del Quindío o es consecuencia de una disputa entre actores criminales por el control de sus rentas ilegales y territorio.

Qué lejos estamos de hacer justicia a ese calificativo del Quindío como “remanso de paz”. Podría esta masacre obedecer al embate de peligrosas organizaciones criminales, operando en la sombra en el departamento, similares a las que tuvo Nueva York hace un siglo, donde se vivía en la ciudad del miedo y eran los gánsteres la autoridad, la ley y el orden.

Los únicos que matan por gusto son los sociópatas, los que matan por precio o promesa remuneratoria son los criminales de oficio, sicarios, al parecer como en el presente caso. Es clásico en el mundo del hampa el uso de la violencia instrumental como medio de demostrar el poder de un grupo, en vista que entre gánsteres no se cobran las cuentas por las vías del derecho sino por medio de la violencia directa, ya que en este mundo como –señala Michael Franzese en su libro Guía completa de la mafia– es por medio del miedo que las castas del hampa se imponen frente a sus contendores, incluso socios, amigos y seres queridos.

No es tradicional y mucho menos común que se expongan las señales particulares de los capturados en prensa y redes sociales como en el presente caso.

Es así como horas después de la captura del criminal, circularon  por WhatsApp  y otros medios fotografías de los tatuajes del supuesto criminal. La policía expuso su torso desnudo, luciendo claramente definidos dos tatuajes en técnica sombra, uno en su hombro y otro en su costado izquierdo.

El primero, una representación del Ángel de la Muerte y el segundo, un rostro de ojos vendados, como si fuese una lamentable analogía del rostro de la Justicia, indicando un gesto de silencio con su mano derecha y su dedo índice en alto sobre sus labios cerrados.

Es una representación de la Omertá, el código de honor de la mafia siciliana, que prohíbe a toda costa cooperar con las autoridades o dar información alguna sobre su contratante y sus actividades delictivas. Consiste en que la organización te protegerá siempre, pero nunca los delatarás y el silencio será tu ofrenda al grupo.

Finalmente, volviendo al caso, ¿habrá actuado bajo el influjo de medicamentos u otras sustancias medicadas? Basta con ver el rostro de impavidez de el Paisa para suponer que su estado mental trasciende nuestra normalidad, pues no puede ser que su agilidad asesina se turbe con torpezas como ir a un aeropuerto a cruzar detectores de metales, portando el arma homicida y en una bolsa como equipaje de evidencias la vestimenta ensangrentada del homicidio.

@Elisantanilla