Ciro Alegría Bazán fue un escritor peruano que se regodeó con personajes de la talla de Gabriela Mistral, Jorge Luis Borges y César Vallejo; y es en el libro de sus memorias titulado “Mucha suerte con harto palo” donde habla de uno de nuestros escritores más preciados: Manuel Zapata Olivella.

Por: Ciro Alegría
Cuando residía en la ciudad de New York, a una cuadra del Parque Central para no olvidarme del milagro cotidiano de la madre tierra, cierto día llegó a tocar a mi puerta un hombre negro. Mi blonda vecina Marie, futura cantante de ópera, le echo un vistazo aprensivo. Recibí amistosamente a aquel joven de ropa modesta y ojos en los cuales deseaba callar la tristeza.
Mi trato pareció alentarlo, y no le cuento por darme de altruista. Habiendo sido pobre y por añadidura perseguido, oficial o solapadamente, durante buena parte de mi vida, tiendo a fraternizar con los indios, los negros, los judíos y cuanto ser humano ande en la mala por causa de pobreza o injusticia.
Mi actitud no es filantrópica. Es de adhesión.
—Quisiera conversar con usted, maestro…
—Con mucho gusto. ¿y por qué me dice maestro?
—Porque yo escribo algo y usted…
Manuel Zapata Olivella extendió su blanca y espaciosa sonrisa negra, explicándome luego que era periodista y “también” había escrito una novela. Quería hacerme un reportaje y nos sentamos a conversar. Advirtiendo sus gastados zapatos de hombre que ha andado mucho, recordaba el tiempo en que a mi vez comencé, pero allá en el sur, hace años, en el Perú tiranizado y en Chile “asilo contra la opresión”, según el himno que no cantan en vano sus hijos.
Entre pregunta y respuesta, la charla se extendió sobre el rimero de libros y papeles que era mi habitación. Zapata Olivella sabía de libros y, lo que es más importante, conocía la vida. Me fue interesando por su buen temple humano. Salimos a almorzar. Mientras devorada las viandas con un hambre antigua a la vez que honrosa, me contó de los milagros de su existencia. He allí un novelista que era también novelesco.
El relator alegró su historia con súbitas ráfagas de humorismo y la entristeció con acentos de dolor contenido. Más impresionante fue lo que apenas manifestó, pero pude entrever. Hay algo de veras respetable en el esfuerzo del escritor latinoamericano, frecuentemente pobre, las más de las veces postergado, que se inclina cada día sobre sus cuartillas para dar expresión a su pueblo.
—Tráigame su novela cualquier día– le dije al despedirnos-.
Zapata Olivella no tardó en reaparecer, aquella vez con un fajo de papeles bajo el brazo. En lugar de contarnos sus aventuras de andante, había principiado por el principio y la novela Tierra mojada se refiere a la región de Sinú, tierra mojada por los ríos y las inundaciones; tierra de arrozales, caimanes y gente de color; tierra donde entre siembra y cosecha, la peripecia universal del pobre muestra distintivos brochazos negros.
Zapata Olivella, en tanto corrían los días y yo avanzaba en la lectura, se asomaba para informarse de mi opinión y fuimos discutiendo su novela: “había madera”, según el dicho. Pero en cuanto a madera exactamente, Tierra mojada era un trozo de caoba a medio labrar. Creo que será útil dejar estampado aquí algo que le manifesté por si hubiese un compañero en igual trance. En nuestra América, andamos muy necesitados de novelistas.
—Mire usted– le dije cuando llegué al final –el secreto esencial de la novela no está en decir qué ocurrió, sino cómo ocurrió. En vez de relatar llanamente un hecho, hay que exponerlo, “dramatizarlo”, como decimos en la jerga del oficio.
Nunca he visto cara más atenta que la de Zapata Olivella en ese momento. Parecía oírme hasta con los ojos. Para darle un ejemplo práctico, tomé un fajo de carillas y escribí una escena de Tierra Mojada a mi manera. En realidad, me habría gustado hacerlo así con toda la obra, y que fuera mía.
En última instancia, aconsejé a Zapata que no publicara inmediatamente su novela, cosa en la cual estaba empeñado, y que la trabajara una vez más. ¡Es tan difícil esperar cuando uno ha escrito su primera novela! Sin embargo, Zapata volvió a sus páginas y a sus hambres y a su vida de callado esfuerzo. De cuando en cuando, llegaba a contarme alguna cosa. Finalmente, resolvió regresar a México.
Después de no sé cuánto tiempo, el otro día, recibí carta de nuestro amigo. Se halla en Bogotá, donde finaliza sus estudios de medicina, dirige un centro de estudios afrocolombianos y sigue escribiendo. Ha terminado con Tierra mojada y me pide un prólogo: “Nadie más indicativo para esta presentación que usted. La historia constructiva y estética de la novela está íntimamente ligada a su persona y más que el libro mismo, mi azarosa vida de trotamundos” …
Más tarde, Tierra mojada salió con prólogo mío en Bogotá. Los diarios la aplaudieron mucho y vendió rápidamente varias ediciones. Uno de los críticos dijo que mi prólogo era “egoístamente benévolo”. De momento quise replicar, pero luego pensé que no merecía que se le respondiera…


