En las bibliotecas escolares ocurre el milagro que permite que un pequeño niño se enamore de los libros y a través de ellos descubra, primero, el enorme gozo asociado a este tipo de objetos; y más tarde, el enorme poder que encarnan.

 

Por: Alejandro Alberto Mesa Mejía*

La biblioteca escolar proporciona información e ideas que son fundamentales para desenvolverse con éxito en nuestra sociedad contemporánea, basada en la información y el conocimiento. Proporciona a los alumnos competencias para el aprendizaje a lo largo de toda su vida y contribuye a desarrollar su imaginación, permitiéndoles que se conduzcan en la vida como ciudadanos responsables (UNESCO, 2000).

Con gran juicio algunos pensadores han planteado que la escuela es algo así como un gran laboratorio que prepara a las personas para asumir su existencia. La escuela, de esta manera, replica, bajo condiciones controladas, las dinámicas de la vida del mundo real. Así pues, al interior de la escuela aparecen instituciones que son propias del mundo exterior y que al interior de la misma desempeñan una función que es propia de su naturaleza, aunque aquí -en la escuela-, su función aparece matizada o enriquecida por la tarea de formar.

Tenemos pues en los colegios manuales de convivencia que son como pequeñas constituciones políticas; tenemos cafeterías, así como en el mundo real hay restaurantes y supermercados; tenemos un gobierno escolar que emula las funciones de un Estado… por supuesto tenemos también, vaya oasis, biblioteca escolar. Nuestro Manual de convivencia no es igual a la constitución, nuestro gobierno escolar no es un Estado, nuestra biblioteca no es idéntica a una biblioteca pública; sin embargo, en estas últimas se desarrollan funciones análogas.

Carl Sagan, en uno de sus textos más reconocidos se refiere a la biblioteca de Alejandría como “el cerebro y la gloria de la mayor ciudad del planeta” en su tiempo. Guardando las debidas proporciones, encontramos aquí una de las tareas que debe emular la biblioteca escolar. Para todos los miembros de la comunidad educativa este rincón del colegio debe representar el lugar donde la memoria conserva la información y donde se gestan los procesos de pensamiento asociados a la comprensión y a la producción del conocimiento. Es una pena que por razones de espacio y de tiempo no todas las clases se puedan realizar en la biblioteca escolar; sin embargo, el potencial de las clases está ligado a la conexión que los maestros logren establecer entre sus dinámicas de aula y los materiales que provee la biblioteca.

En las bibliotecas escolares ocurre el milagro que permite que un pequeño niño se enamore de los libros y a través de ellos descubra, primero, el enorme gozo asociado a este tipo de objetos; y más tarde, el enorme poder que encarnan. Por eso no basta con que los libros vayan al aula de clase a raticos, ni que reposen en los morrales de los estudiantes; es necesario desde los primeros años recorrer la biblioteca, disfrutarla y vivirla como parte de la dinámica habitual y cotidiana los alumnos.

Borges, en uno de sus cuentos más comentados, confunde a propósito los conceptos “universo” y “biblioteca”. En esa misma línea, Umberto Eco en su primera novela habla de la biblioteca como imagen del mundo. Para un educador calasancio, que por definición no es más que un optimista convencido, resulta aleccionador y esperanzador descubrir hoy que nuestra Biblioteca Fundadores es la perfecta metáfora del universo: su sobriedad y belleza, su ambiente acogedor, el orden, la calidad de sus materiales son la representación del mundo que de manera gratuita nos fue dado y encomendado.

Las bibliotecas escolares no son meros repositorios o bodegas para guardar libros, en este espacio del colegio viven y se actualizan las voces y las ideas de los sabios que construyeron y dieron forma a la cultura. La biblioteca escolar es, en un colegio, el centro vivo de la cultura; en ella las experiencias que se suscitan están mediadas por propósitos didácticos, pedagógicos y formativos concretos. Aquí radica la gran diferencia entre estos pequeños lugares físicos, y la que hoy muchos consideran la gran biblioteca contemporánea que es internet.

Como repositorio, es cierto, una humilde biblioteca escolar no puede competir con los miles de millones de bites de información que acumula la web. Pero como espacio vivo de la cultura de la humanidad y su enorme posibilidad para crear experiencias ordenadas, inteligentes e intencionadas, una biblioteca escolar resulta insustituible en las dinámicas de formación de los niños y jóvenes.

Por otro lado, dice Carl Sagan que: “Los libros rompen las ataduras del tiempo, y demuestran que el hombre puede hacer cosas mágicas”. La biblioteca escolar es entonces un espacio maravilloso porque, además de ser capaz de reunir el conocimiento del mundo que provee la ciencia, logra recoger el conocimiento del mundo fruto de la imaginación. Por ello la estrecha relación que a lo largo de la historia se ha tejido entre la biblioteca y la literatura; tanto así que los estantes, las mesas de trabajo y los rincones de lectura de una biblioteca escolar constituyen el hábitat natural donde circula la voz de los grandes poetas y se actualizan a cada instante los mundos posibles de los narradores.

Pero cuidado, no basta con una dotación generosa y completa, no basta con un bello edificio; bien lo dice Alberto Manguel: “La acumulación de saber no es saber”, y cita unos versos de Décimo Magno Ausonio:

 

Has comprado libros y llenado estantes, oh, amante de las musas.

¿Significa eso que ya eres sabio?

Si compras hoy cuerdas para instrumentos, plectro y lira:

¿Crees que mañana será tuyo el reino de la música?

 

Una biblioteca escolar es ante todo una provocación y una misión en la que todos tenemos la enorme responsabilidad de participar desde nuestro particular rol en el colegio. El cumplimiento cabal de las funciones arriba esbozadas depende por sobre todo de la capacidad que como comunidad educativa tengamos para gestionar el potencial que la biblioteca, siempre generosa, nos provee.

*Coordinador Académico CCP

 

Referencias

Borges, J.L. (2010). Ficciones. España: Editorial Planeta DeAgostini

Eco, U. (1988). El nombre de la rosa. Colombia: Editorial Printer

Manguel, A. (1999). Una historia de la lectura. Colombia: Editorial Norma

Sagan, C. (1980). Cosmos. Barcelona: Editorial Planeta

UNESCO. (2000). Directrices de la IFLA/UNESCO para la biblioteca escolar. Recuperado de: https://www.ifla.org/files/assets/school-libraries-resource-centers/publications/school-library-guidelines/school-library-guidelines-es.pdf