DE LOS OTROS HABITANTES DE MI BIBLIOTECA

Continúo en el andén, Abuela. Puedes seguir rodando tu camándula. No te preocupes, no me alejaré y si viene el señor con la canastica de perfumes, le diré que espere.

 

Por / Jaiber Ladino Guapacha

Cuando visitaba la casa de José Chalarca en Bogotá, antes de que donara sus libros a los posgrados en literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira, él me recibía: “Bienvenido a esta biblioteca con cocina y piezas. A partir de este momento, también es tu casa”. En los cinco años que llevo en el intento de replicar su espacio en el mío, también he incluido unos pequeños habitantes. Así como en su hogar, las novelas y los diccionarios eran custodiados por gatos de madera y porcelana, piedras traídas de un templo en Éfeso, fotos de unos chicos elevando cometas, muñecos modelados en arcilla por él mismo, carros de colección, en fin, piezas en las que se prolongaba su cuerpo y que eran, como los libros mismos, una narrativa vivida y otra posible.

En estos días, como el primo Jorge corrigió unas manchas de humedad en la pared, tuve que acomodar de nuevo la biblioteca. Mientras observaba en su espalda los caminos que las gotas de sudor trazaban sobre el polvo de la pared lijada, mientras veía las gotas de pintura en sus hombros, hallaba a la vez una posición más estratégica de las lecturas apremiantes.

Ahora que superviso el orden reparo en los silenciosos acompañantes que recorren los anaqueles: un Casillas que se ha puesto el uniforme de Cristiano, ante su partida del Real Madrid; una matrioshka obsequiada por Juan Manuel después de uno de sus viajes por el cono sur; un alienígena que alumbra en la oscuridad; una granja en miniatura de barro, porcelana y plástico; dos hormigas que me recuerdan San Gil, una muñequita souvenir de Cuzco. Tres lapiceros decorativos de Cuba, Perú y la Costa Atlántica. Un pebetero en ying-yang, un florero de vidrio –delicadísimo–, un joyero de la última asamblea de socios de la Casa de la Cultura y el graduando que decoró la torta de una promoción de estudiantes de sabatino, encargado de señalar el próximo libro a leer.

Sonrío al hacer la panorámica, hasta hallar un motín de muñequitos de Yupi que me rompen el alma. He recordado ese gozo al destapar el paquete del lorito –recobrado de manera magistral por la memoria–, para encontrar un Snoopy o un Leono. Reposo la mirada en la escena, hambriento de un paquetico en el que junto con las figuritas perdidas, también pudiese encontrar mi niñez en la casa de la abuela Amelia.

Quisiera recobrar esa experiencia en la que nacía el profesor de literatura –no podía tener otro oficio–, interesado en intervenir la vida que adquirían, entre las piedras y las flores del antejardín, magos, enanos, princesas y que, a veces, para ir de un reino a otro, tenían que valerse de los jeeps de la segunda guerra mundial que nos daban en las novenas de navidad. Tramas intertextuales en las que unos Picapiedras eran salvados por la Mujer Maravilla de la explosión del volcán junto al andén

Aprendí a convocar la imaginación para superar los impases que el terreno rocoso representaba para mis carros de plástico y eso me salva, ahora, en que me aferro a la idea de que soy profesor sin estudiantes ni salón de clases, a la espera de una señal en el celular en la que Lina, Camilo, Laura o Johan reclamen otra lectura del mismo cuento para sus propias búsquedas.

En ese espacio sagrado de los libros, cuatro sobrevivientes del descuido infantil de no devolverlos al viejo tarro de galletas han armado una protesta y me tienen por rehén con un nudo en la garganta. La Chilindrina, su biscabuela Nieves, y dos enanos gemelos, atravesaron el carro desarmable al que tuve derecho después del divorcio con José Carlos. Exigen que el álbum de chocolatinas haga parte de la biblioteca. Lo traeré, se los prometo y mientras voy por él, me digo que no es la niñez la que extraño, porque se llama biblioteca a este espacio lúdico en el que siguen los juegos.

La incertidumbre es por el chocolate, las saltines con mantequilla, que mi Abuela servía después de su oración. ¿Podrá el Dios que escuchó sus murmullos asistirme ahora? ¿Puede la Virgen-Madre, tan celosamente invocada en las cuentas del rosario todas las tardes, romper su silencio de yeso para orar conmigo?

Y responde Dios de la única manera que sabe hacerlo. Papá viene a revisar el charco de agua en la cocina, del que le hablé con mamá durante el desayuno. Quiero arrojarme a sus brazos para que me consuele, pero con el tiempo nos damos cuenta de que los hijos no debemos llorar, no porque seamos varones, sino para evitar el desmoronamiento de nuestros ancianos. Él, que salió tan parecido a mí, sabe que somos fáciles a las lágrimas. Espero imagine que fue alguna historia que leí la que me puso “sentimental” y que no se dé por enterado de que hubo un momento en que me sentí solo.

De esta manera responde ese Dios que me tocó en herencia, reclamándome por los minutos extras que no parezco aprovechar.

Así que aquí vamos de nuevo: planear tareas para que mis estudiantes mejoren su escritura, preparar ponencias con los profes de primaria, revisar las bibliografías del “novicio cartaginés”, exigirle a Alexa su crónica de fútbol –no canjeable por dibujos, así el mismísimo Ronaldo venga a posarle subiendo al cerro Batero–, madrugar con mamá a misa, pagarle a papá lo que me prestó para libros nuevos, antojarme de algo no es gula sino un pretexto para que Diego siga explorando la cocina, inventarme tareas para que Jorge desordene mis habitaciones no es más que el deseo de que esté más tiempo en casa. Y no olvidar el testimonio escrito de quienes comparten el otro lado de la cama y cuya desnudez también agradecen las estanterías pobladas de libros. En fin, esas excusas que permiten amar la vida que se tiene.

Continúo en el andén, Abuela. Puedes seguir rodando tu camándula. No te preocupes, no me alejaré y si viene el señor con la canastica de perfumes, le diré que espere.