Tal vez sea eso entonces lo que sucede con esos recuerdos nimios, que no me atrevo a desprenderme de ellos por temor a perder algo que, aunque sé que es menor, siento que une algo no identificado pero definitivo.
Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris
Recuerdo que alguna vez, siendo un niño, mientras caminaba hacia mi casa, me pregunté si con los años recordaría precisamente ese instante. No había nada extraordinario, no estaba viviendo algo especialmente memorable, tampoco se trataba de alguna fecha especial, solo se me ocurrió esa pregunta así, de improviso. Unos meses después yendo en un carro, también hacia mi casa, y sentado en medio de adultos en la silla trasera, mirando al frente y viendo como caían gruesas goteras de lluvia sobre el parabrisas, que con dificultad removían las chirriantes plumillas, volví a hacerme la misma pregunta. Hubo dos o tres momentos más en los que volví a preguntármelo.
No se si el motivador del recuerdo ha sido justamente la extraña pregunta formulada aparentemente sin motivo, pero el caso es que esos momentos los tengo grabados en mi memoria muy vívidamente. No son los únicos por supuesto, pero debo reconocer que sí se han constituido en especie de mojones vitales; esos y otros quizá más intrascendentes aún, casi siempre meras instantáneas, destellos, fogonazos visuales que a veces incluyen recuerdos olfativos.
Otro recuerdo del mismo estilo es el de una pregunta que le formulé a una tía con la que iba en un carro mientras ella conducía de manera inexperta y esforzada. Mirando el barranco que dejaba al descubierto las raíces de unos árboles le pregunté si había alguna razón para que yo estuviera triste. No me sentía triste, para nada, ni había razones para estarlo, aquella era una época en la que todavía había por delante de mi no una sino tres generaciones, nadie estaba enfermo, y tenía todo lo indispensable para estar a gusto. Así que no había razón para estar triste y yo no lo estaba, pero hice la pregunta, y todavía no entiendo por qué.
Con los años dejé de hacer ese tipo de preguntas. Supongo que la adolescencia y la adultez logran que reprimamos las preguntas sin por qué. Supongo, también, que ciertos asuntos van quedando más claros y abandonamos ese caldo informe de sentimientos y expectativas, siempre adobado por los temores y las discusiones de los adultos. No tengo claro sin embargo que aquella sustancia informe y gelatinosa que constituía mi existencia y mi consciencia fuera mejor o peor que la aparente solidez que hoy tengo. Tampoco puedo saber si aquellos instantes y preguntas cumplieron algún papel en mi formación, si explican algo de lo que hoy soy o de lo que me sucede. No hay forma de saberlo. Nuestra consciencia no se construye como una casa, no es así de elemental el asunto. No se ponen cimientos y luego se levantan muros para después agregar los detalles que embellecen. No, no es así. Somos más bien una extraña amalgama de situaciones, sucesos, recuerdos reales e inventados, expectativas incumplidas, sueños irrealizables, metas alcanzadas, logros no pretendidos, encuentros furtivos o definitivos, lecturas efectuadas y pendientes, sensibilidades exacerbadas o dormidas. Somos todo eso y seguro muchas otras cosas que ni siquiera imaginamos o creemos, y que se han venido superponiendo o disgregando. Somos al mismo tiempo un organismo que agrega y disgrega, que se endurece y se disuelve.
No importa sin embargo que tan valiosos sean para mi existencia aquellos recuerdos infantiles, el caso es que surgen cada tanto, tal como surge esa pelusa que se va acumulando en el pliegue más profundo de los bolsillos del pantalón. Y hago con tales recuerdos lo mismo que hago con aquella pelusa, que tomo entre los dedos intentando hacer una bolita más o menos compacta y luego vuelvo a dejarla en su sitio, porque siento que retirarla y arrojarla es arrojar un poco de mí mismo, convencido de que se trata de aquello en lo que me voy disolviendo.
Tal vez sea eso entonces lo que sucede con esos recuerdos nimios, que no me atrevo a desprenderme de ellos por temor a perder algo que, aunque sé que es menor, siento que une algo no identificado pero definitivo. Presiento que eso era lo que quería cuando siendo niño me preguntaba si recordaría aquellos instantes intrascendentes, no estaba dispuesto a perder nada que luego pudiera echar de menos. Xuan Bello, el escritor de Paniceiros, un pueblo asturiano, recuerda que no se “echa de menos, sino que se acha de menos”, “achar en portugués significa “encontrar” y quien encuentra de menos, quien en la ausencia presiente la presencia, pues sufre saudade, melancolía, señardá”.
Seguro andamos temerosos de achar de menos y eso hace que temamos desprendernos aún de lo más nimio, aunque ello pueda implicar cargar con recuerdos aparentemente absurdos, como los que me atreví a narrar y que no tienen sentido, o al menos no uno como el que corrientemente queremos encontrar en todo lo que hacemos o nos sucede. Pero no hay remedio, el temor del niño a olvidar, se cumple indefectiblemente y la señardá, o la saudade, aparece tarde que temprano.


