Cinco años habían pasado desde la muerte de mi segundo padre, y ya era el momento de retirar los restos o, mejor dicho, los huesos despojados –desnudos– de la carne. Esos huesos que ya no serán los cimientos de una historia, que ahora son materia orgánica: materia que será después polvo y luego nada; un recuerdo y, otra vez, nada.
Escribe/ Christian Camilo Galeano Benjumea – Ilustra / Stella Maris
La mañana estaba lluviosa, la neblina cubría la ciudad y no faltaban los motivos para seguir en ese ritual milenario de estar metido entre las cobijas, pero teníamos una cita en el cementerio Prados de Paz. Cinco años habían pasado desde la muerte de mi segundo padre y ya era el momento de retirar los restos o, mejor dicho, los huesos despojados –desnudos– de la carne. Esos huesos que ya no serán los cimientos de una historia, que ahora son materia orgánica: materia que será después polvo y luego nada; un recuerdo y, otra vez, nada.
La lluvia no caía con fuerza, parecía el goterear leve de una regadera que está a punto de quedarse sin agua, las nubes cubrían la cantera que está justo al frente del cementerio; el fondo era un lienzo blanco y, por fuera de este lienzo, estábamos ante la exhumación de una tumba.
Dos hombres con palas empezaron a cavar para llegar al ataúd, iban y venían, su trabajo los obligaba a actuar en silencio, por respeto al difunto y a los familiares. Sin embargo, nosotros –los familiares– desde el primer momento empezamos esa práctica ancestral de recordar la vida del difunto y lo que hubiera sido de él, si no se hubiera topado con la muerte. “Ese como era seguro se enloquecía en el encierro de la pandemia. Se enloquecía y la enloquecía a usted, Gladys; o hubiera desarmado y vuelto a armar la casa ¿Quién sabe cómo estaría?, a él ya le estaba fallando la memoria”. En ese juego de pensar las infinitas posibilidades perdidas de un ser querido que ya no está, inconscientemente, tratamos de consolarnos con su muerte y pensamos que quizá su partida fue lo mejor ante lo incierto de la vida.
Anécdotas van y vienen. Las risas no pueden faltar al recordar alguna travesura o acto imprudente de aquel que buscamos entre la tierra. Nos sentimos acompañados, a pesar de la ausencia, y seguimos construyendo historias alrededor de la excavación. Las sonrisas se hacen en los rostros de los que estamos a esa hora en el cementerio. La serenidad del momento contrasta con el llanto y el caos que vivimos en ese mismo lugar cinco años atrás. Ayer el peso y el dolor, hoy la levedad y una extraña tranquilidad.
Los sepultureros desentierran el ataúd para volver a encontrarnos con el pasado, que no es otra cosa sino una forma maltrecha del presente. Pero antes de abrir el ataúd, el más joven de ellos se viste con un traje blanco de bioseguridad que le cubre todo el cuerpo, gafas y guantes lo asemejan a un médico durante el inicio de la pandemia. Al verlo mi madre solo atina a decir: “pero a él no le tocó ni la pandemia y si allá hay algún coronavirus, está más muerto que el propio Nicolás”. Al abrir el ataúd vemos un esqueleto manchado por la tierra, color negruzco; la ropa desgastada por la humedad y el tiempo. Nadie dice nada, mientras observamos como los huesos son puestos en una bolsa roja. De nuevo el silencio.
La imagen del otro que tratamos de encontrar tercamente en esos huesos negreados por la tierra, es una apuesta ya perdida con la vida y la muerte. En vano la imaginación trata de devolverle la carne a aquellos restos que nunca más podrán soportar el peso de un cuerpo que reía, dormía y soñaba, esa posibilidad ha sido clausurada. Ese cráneo que no puede mirar, y solo ser mirado, se graba en la memoria de los presentes. se afianza en nuestras conciencias como el punto final de una historia; en nuestros deseos, ese cráneo es la posibilidad ilusoria que queda abierta de volvernos a topar con el hombre que encarnaba esos huesos. Los restos que son amontonados en bolsas –por un momento fugaz– los leemos como los puntos suspensivos de una historia que queda detenida en el tiempo y abierta a una posible continuidad; sin embargo, todos los puntos suspensivos –en el fondo– son un punto final, una historia que solo puede ser imaginada, pero no vivida.
Ya cuando no quedan más huesos que recoger y nos han dado una fecha para volver por las cenizas, caminamos, nos reímos, mientras pasamos sobre las tumbas de otros que llevan tiempo enterrados sobre el olvido, hablamos y coordinamos lo que vamos a hacer con ellas. Algún ritual privado que sirva como consuelo y permita preservar por un tiempo la imagen del ausente. A pesar de la tranquilidad, una desazón persiste al recordar aquel cráneo, la misma que Luis Rogelio Nogueras –poeta cubano– tiene al ver una foto de un grupo de amigos: “Ese hombre tenía en la garganta tantas voces/ ese hombre tenía en las manos el calor de tantas manos/ Ese hombre tenía en los ojos tantos mundos (…) Ese hombre/ Hija mía/ El de la izquierda/ El que sonríe/ el que está diciendo adiós con las dos muertes”.
@christian.1090


