MEMORIAS DE UNA CORRESPONDENCIA Y AMISTAD EPICÚREA (III)

Tercera y última entrega de la serie sobre el periodista y filósofo Iván Rodrigo García. Acá  las partes 1 (ver) y 2 (ver).

“En la materia y en la energía del universo no existe la muerte, todo es Vida”.

Iván Rodrigo García Palacios

 

Escribe / Jaime Flórez Meza – Portada / Juanita Vélez Andrade, con retoque digital de Stella Maris.

Fue una amistad vitalista y filosófica la que construimos Iván Rodrigo García Palacios (Medellín, 1945-2021) y yo: aquella en la que la carne se hace palabra. Palabra que siente, piensa, actúa, inventa y reinventa la vida y encuentra lo bello de infinitas maneras. Esta es la última parte de unas memorias epistolares inagotables.

 

La enfermedad

En febrero de 2020 Iván Rodrigo fue hospitalizado. Le diagnosticaron mielofibrosis. Desde entonces nos mantuvo informados a sus amigos del estado y evolución de la enfermedad, de su entrar y salir del hospital, del tratamiento que le fuera decretado hasta el fin de sus días. Nunca perdió el entusiasmo por la vida, por la lectura y la escritura, aunque ya no podía consagrarse a ésta con el ímpetu de antes. Pero no dejaba de leer a sus autores más amados y de descubrir (y descubrirme) a otros. “Físicamente estoy disminuido, pero no derrumbado, sí limitado, pero no desanimado, en fin, con el mismo entusiasmo y dichoso de regresar a mi Isla de los Bienaventurados”.

Como siempre le gustaba metaforizar las situaciones, por más inciertas y dolorosas que fueran, y como ya estábamos confinados por la pandemia de Covid-19, él decía que los dos podíamos ser como esos viajeros florentinos de El Decamerón, de Bocaccio, que mientras se refugiaban en una villa para huir de la peste bubónica de 1348 se contaban decenas de historias. En otros momentos se sentía como Montaigne, encerrado en la torre de su casa, enfermo, escribiendo sus Ensayos, sin perder en absoluto la vitalidad, la lucidez y la sabiduría que lo caracterizaban. Y en otros me decía que también podíamos sentirnos como esos personajes del Berghof, el sanatorio de los Alpes suizos de La montaña mágica, la novela de Thomas Mann, que divagan y conversan sobre el sentido de lo humano, lo filosófico y lo espiritual para sobrellevar su tratamiento y confinamiento.

En la villa florentina los jóvenes se aíslan para evitar que los enfermos los contagien. En el sanatorio alpino, son los enfermos los que se aíslan del mundo, quizás y eso es lo ambiguo, o bien para no contagiar o bien para no ser contagiados por ese mundo enfermo que quedaba afuera, en guerra”, decía Iván Rodrigo en un correo de marzo de 2020, cuando ya estábamos en cuarentena. En otro del mes siguiente comentaba: “A nosotros los utópicos (o distópicos) solo nos queda refugiarnos o en aquella villa florentina y burlarnos de la humanidad o en aquel sanatorio alpino y tratar de entender que no hay refugio posible.

Y la verdad es que fue mucho lo que continuamos elaborando desde y con nuestra Ciencia del Deseo de lo Bello, aunque él ya hubiese abandonado su blog forzado por sus circunstancias. Sin embargo, la correspondencia se mantenía muy fluida y él me alentaba a seguir con mis invenciones (periodísticas, investigativas, teatrales, literarias): “Y, ¿qué otra cosa se puede hacer en unas circunstancias como estas? Pues… escribir un Decamerón o un Diario del año de la peste. O hacer nostalgia con Les Luthiers y tantas otras cosas inútiles pero bellas. De la fealdad de la muerte emerge lo bello. Para eso es la Ciencia del Deseo de lo Bello, por aquello de que el deseo es también infinito”.

Aún eran largos los correos, pese a los dolores y las incomodidades: “Y paro por el momento pues me siento algo cansado y muy excitado, así que sigo leyendo y escribiendo con calma y de nuevo en mi computador, pues encontré una forma de hacerlo sin que me duela”. Para mayo de 2020 la situación era más que evidente:

El mayor dolor de toda esta situación para mí ha sido la dificultad de mantener la fluidez de nuestros correos y el intercambio de nuestras ideas e inquietudes sobre el arte de vivir, mejor dicho, esa materia y esos contenidos de los que están hechas nuestras vidas. Lo digo porque como decía el poeta, hay días en que somos tan… y hay días en los que me cuesta muchos esfuerzos el decir lo que tanto quiero decir, pero que me resulta difícil decirlo y tener las palabras para darle sentido a todo ello y entender la infinita diversidad de lo que sentimos todos y cada uno de nosotros.

La enfermedad de Iván Rodrigo coincidió con la de mi padre. “Por muchos motivos siento y me identifico con tu padre. Ya estoy en los actos y escenas de mi propia vida, mi propia tragedia o, menos solemne, mi comedia. Al fin que eso es lo que hago y lo que soy, para bien o para mal y que comparto con mis amigos. Eso que llamamos vida”. En cuanto al carácter de sus correos en esta etapa, me confesaba:

A veces siento que no soy yo el que escribe y que si bien estoy diciendo cosas que diría, ya me parecen confusas o fuera de lugar. Voy a hacer el esfuerzo de recuperar mis habilidades. Así que por favor disculpa mi torpeza, debida tanto a mi estado de salud, pero mucho más a los medicamentos con los que buscan controlar y manejar mis dolores que, entre otros, incluyen analgésicos de esos fuertes….

No me parecía que hubiera tal torpeza. Acostumbrado como estaba a disfrutar de su hogar, sus amistades, su biblioteca, su escritura, y a aprovechar las cosas tal cual eran, aceptó también su nuevo estado.

Mientras tanto, aquí estoy, dedicado a adaptarme a mi nuevo tiempo y condiciones: el oficio de estar enfermo, enfermedad que trato de que no sea ni muy inhabilitante ni dolorosa, lo que, hasta el momento, parece mantenerse bajo control”. Meses después decía sentirse bloqueado: “Es un bloqueo por exceso y en las condiciones en las que está mi salud mental sí que es un problema de dispersión, tengo problemas para concentrarme en algo y aunque todo me guste y emocione empiezo una cosa para dejarla por otra y así… Por eso gozo tanto con nuestro epistolario, cada correo es ‘un ensayo’.

Y sí que lo eran. Hoy me asombro de que sus correos durante el primer año de la pandemia fueran tan impecables como los de años anteriores.

“…si bien el confinamiento también me afecta, trato de tomarlo de la misma manera que tomé mis hospitalizaciones: aprovechar para hacer aquellas cosas que de otra manera no hubiera hecho. Si recuerdas, en cada una de ellas me leí un libro. Ahora bien, cada cual tiene sus propios pendientes para despachar en casos de peste: los muchachos de Decamerón se gozaron la situación con mucho humor y placer. (…) Por mi parte, soy caminante de mi biblioteca y así me siento bien, al fin que esa fue la recompensa a una agitada vida. Mi vida con Montaigne o, ¿en la torre de Montaigne?”.

Michel de Montaigne (1533-1592), padre del ensayo. Imagen /hyberbole.es

Tampoco perdía su sentido del humor; siempre tenía a flor de piel una ironía, un chiste, un chasco y sabía burlarse de sí mismo:

En cuanto a mi situación… puedo decir que, si bien ando más enredado que un bulto de anzuelos, pues, por mi estado físico y anímico y por esa droga, mi capacidad de concentración anda desperdigada. Por un lado, se me pierde la continuidad de la memoria inmediata, por el otro, quiero abarcar más de lo que puedo. Claro que, aun así, le saco gusto a estar emprendiendo cosas y a luchar con mi memoria inmediata para concretar lo que estoy haciendo. Mejor dicho, la mayor parte del tiempo me siento como un muchachito en una juguetería

No dejaba de adquirir libros y esperaba emocionado su llegada, como un niño ansioso de recibir al fin el juguete prometido. Uno de los últimos era La sociedad paliativa, de Byung-Chul Han, acerca de esta época en que la gente pareciera vivir como anestesiada ante el dolor y el sufrimiento, tanto físico como social. A Iván Rodrigo siempre le preocupó entender mejor su naturaleza de enfermo: “La enfermedad es un estado de desorden del cuerpo, el que, a su vez, provoca un estado de desorden de las emociones, los sentimientos, el estado de ánimo. Y por supuesto de las funciones cerebrales de sentir y pensar”, me decía en su correo número 458 (¡descubrí, sorprendido, que él llevaba la cuenta!), en el que de paso iniciaba un juego de indagación de enfermedades que sufrieron determinados autores. Empezó con Proust, Kafka, Robert Walser y Nietzsche.

Y como cada enfermo es único, por mi parte, la mayor dificultad está siendo el definir quién soy ahora. No es que ande perdido, sino que estoy descubriendo que ante situaciones definitivas uno ya no es el que era. Eso explica mi interés en La montaña mágica. Estoy buscando pensadores y escritores que hayan analizado ese asunto de la enfermedad, para mi caso, la enfermedad individual, pero también es interesante la enfermedad colectiva como la trata Thomas Mann. Estoy tratando de recordar aquellos que escribieron sus pensamientos sobre la enfermedad. (…) Me está dando duro eso de darle forma a este nuevo ser que está emergiendo desde mi cuerpo y espíritu y que a veces se me hace como un personaje de Dostoievski, otras como uno de Thomas Mann y, algunos de Fernando González son el buen modelo de la búsqueda.

En esa búsqueda se interesó, por sugerencia mía, en el caso de Roberto Bolaño, el escritor chileno muerto a los 50 años mientras esperaba un trasplante de hígado que nunca llegó, y de quien escribí un par de artículos durante mi primer año de correspondencia con Iván Rodrigo. Por supuesto, también investigó otros casos: Epicuro, Spinoza, Foucault… En los últimos meses de 2020 decía sentirse en un estado místico (en un sentido amplio), como un eremita, pero decidió compartir con sus amigos más cercanos su historia clínica. “Si bien este hombre está enfermo, las cosas no están tan dramáticas. Lo cual me alegra y sé que a ustedes también”, decía en su correo del 12 de diciembre.

Iván Rodrigo tenía muy claro que todo dolor debe tener un límite, que no puede prolongarse indefinidamente y que lo mejor es esperar que la naturaleza o la ciencia —una ciencia al servicio de la humanidad y no al revés— hagan su trabajo para disminuirlo o suprimirlo definitivamente.

¿Qué decir? Sé lo que significa tener el apoyo y la compañía de los que nos aman cuando ya la vida se va haciendo dolorosa y marca su final. Tu compañía es especial tanto para tu padre como para mí. Sin embargo, sí puedo manifestar mi repudio por una sociedad que condena a las personas al martirio innecesario de una larga y penosa enfermedad, una agonía eterna contra la voluntad de quien la padece, pero solo porque así lo quiere.

Ilustración / Juanita Vélez Andrade

Cuando el deceso de mi padre ya se había producido, el 31 de diciembre de 2020 me escribió, entre otras cosas, lo siguiente:

La cultura que nos modela nos hace sentir lo que sentimos. Por lo que no aceptamos ni el dolor ni la muerte de aquellos que amamos y que entonces es necesario provocar el dolor antes que aceptar que lo natural es morir y no sufrir. Que… así como la vida comienza, también termina. Que… lo importante es haber sabido vivir, pues es lo único que le da sentido tanto para el que muere como para el que continúa viviendo. En fin, el sentido de la vida y de la muerte de los judeo-cristianos es cruel e inútil. Una vida para el dolor y el sufrimiento que niega lo evidente y que se decide por votación, no tiene sentido. Eso muestra lo que hacemos con nosotros y con los otros… en nombre de creencias absurdas y de una ciencia que las justifica.

Y después, en un correo del 4 de enero de 2021:

Estoy contigo y con tus sentimientos. No es fácil aceptar la muerte de un ser amado, pero esa aceptación también hace parte de la vida, lo importante es saber que fue estando en vida que eso que es el amor se le expresó en sus mejores y mayores cualidades y cantidades y por lo que me compartiste durante estos últimos meses y días fue una demostración de plena entrega y dedicación, lo que debió ser para tu padre una satisfacción y la conciencia de haber sido un buen hombre.

Sobre su propia enfermedad me confesaba días después: “Por mi parte, sin mayores molestias y sin dolores sigo mi vida de enfermo, al fin que entre la enfermedad y yo hay algo personal y bien que mal nos vamos entendiendo. La enfermedad es un personaje que convive conmigo, bien como efecto biológico, bien como afecto o sentimiento que actúa sobre mi estado de ánimo”. En otro correo me aclaraba con ese humor suyo que, como buen spinoziano que era, le hacía reemplazar un sentimiento negativo por uno positivo, que al parecer no padecía de leucemia:

Así que terminé estando enfermo de otra patología menos glamorosa y menos peligrosa, eso sí, igual de molesta y fastidiosa, mejor dicho, me bajaron y bajaron de jerarquía social y patológica de un enfermo y enfermedad trágicamente clásica a una simple enfermedad más común y, si bien es crónica, de todas maneras me matará menos dramáticamente. Qué le vamos a hacer, con el estatus que me estaba dando.

En los primeros meses el tratamiento, que incluía una “mini-quimio”, como él la llamaba, no le impedía leer y escribir con la constancia y fluidez de siempre. Nuestro juego ahora, y que él prefería llamar en este punto “logoterapia”, consistía en indagar, como ya lo he dicho, sobre enfermedades físicas y mentales en filósofos, escritores y artistas. Comentábamos el caso de la tuberculosis, de la cual él apuntaba: “Ahora no parece que ninguna enfermedad tenga ese halo romántico de la tuberculosis, aunque hay algunas de las grandes enfermedades que serían muy buenas candidatas para servir de inspiración a una estética trágica y dramática”.

A fines de febrero de 2021 fue hospitalizado nuevamente y ya completaba un año de padecimientos. En un correo del 27 de ese mes hacía este anuncio:

Pues resulta que mi cuerpo ya está dando señales inequívocas de deterioro y como mi idea de vivir no es la de estar sometido a tratamientos molestos y dolorosos, he decidido con el médico paliativo el estar en un programa de supervisión y control en mi casa que ofrece la EPS y llegar hasta un punto en el cual activar el procedimiento legal de la eutanasia que él coordina y que se lleva a cabo solo por mi decisión. Como sabes, esos asuntos son muy dramáticos para el común de las gentes, pero me parecen lo más razonable y justo tanto conmigo como con los míos, a los que estoy preparando emocionalmente para enfrentar el drama y el duelo y, por supuesto, el miedo, del que dicen es el que mata.

En el siguiente correo ahondaba en su decisión con esa contundencia epicúrea que nunca lo abandonaba:

Yo he decidido ser el dueño de mi vida y decidir el momento de mi tránsito. Sin embargo, son tantos los sentimientos involucrados que no me ha sido fácil ni la misma decisión ni el proceso familiar y social. Pero, ¿cómo asumir lo inevitable? En fin, lo cierto es que mi organismo ya se está deteriorando rápidamente como consecuencia natural de su desgaste en el tiempo y el espacio y que las alternativas son o la que es o las infinitas ilusiones de la superstición. Yo prefiero la que es y, por lo tanto, he decidido no sufrir los padecimientos de una dolorosa agonía física y emocional.

En un correo en el que citaba a Séneca para reafirmar su opción por la muerte como liberación y tránsito (de la materia en su infinita transformación), y no como destrucción y final, perseveraba en su espíritu epicúreo: “Por mi parte, me esfuerzo cada día y unos días son mejores que otros. Al menos me queda la satisfacción que con mis limitaciones no he perdido el entusiasmo por las cosas que son mi sentido de vivir: la amistad, la lectura, la escritura… Tu aporte es una pócima de salud y vida”.

 

La protesta social

Coincidió también la enfermedad de Iván Rodrigo con la protesta social de este año en Colombia. Como los asuntos políticos, tanto nacionales como internacionales, nunca nos eran extraños, nos ocupamos de hablar del paro nacional que dio lugar a la más grande protesta social en la historia de Colombia. “Los colombianos (…) se están manifestando y protestando como nunca antes, me parece ver una conciencia y organización política más congruente y persistente, como que algunas de esas organizaciones se manifiestan y protestan con estrategias definidas que provocan y convocan a cada vez más personas. No sé, habrá que pensar en ello… ¿la primavera?”, escribía en un correo del 7 de mayo de 2021.

Claro que me preocupa la situación y me siento afectado por todo lo que sucede, ha sucedido y va a suceder. Salvo que (…) trato de que no me afecte tan profundamente que llegue a deprimirme (ya tengo suficientes motivos a los que manejar). Y, a partir de allí, tratar de formar mi opinión y manejar mis estados de ánimo lo suficiente para que (…) las emociones negativas no me hagan sufrir. Claro que entiendo que tu sensibilidad es intensa y profunda y te hace sufrir más de la cuenta. (…) En el pasado han sido muchas y muy fuertes las protestas sociales, las mismas que terminan por ser dominadas, por lo que sus propósitos se desvanecen y se termina por engañar a la gente como siempre. Pero esta vez pareciera que la protesta se resiste a ser ignorada y dominada y las gentes, a pesar de los intentos por boicotear sus manifestaciones, persisten en lograr un resultado efectivo y concreto para sus demandas (20 de mayo).

A menudo tanto a él como a mí nos gustaba conectar una cosa con otra. La protesta social se volvió un motivo para hablar de otro “Estado naciente”, de carácter individual, como es el enamoramiento:

Espero que recuerdes el libro de Francisco Alberoni, Enamoramiento y amor, que te mandé hace algún tiempo. Pues resulta que Alberoni, antes de escribir ese libro, fue un destacado catedrático de sociología y cuando se jubiló se dedicó a escribir y quiso mostrar que los movimientos sociales y el enamoramiento tienen una íntima conexión. Él dijo que aquella energía que desataba uno de esos movimientos era la misma que desataba el enamoramiento. En el enamoramiento colectivo como en el enamoramiento individual. Y, cuando se desata, lo llama ‘Estado naciente’. Pues bien, parece que llegó el momento en el que los colombianos llegaron al límite, ese al que nunca antes habían alcanzado y están en un ‘Estado naciente’. Igual que los colombianos, también estás en ‘Estado naciente’ (4 de junio).

Se me ocurrió pensar que el movimiento social en que había devenido la protesta con una importante participación de diversas organizaciones y de jóvenes de todos los estratos sociales, y con un despliegue de prácticas e intervenciones urbanas en todo el país que pensaban la protesta desde el arte, era una suerte de “primavera colombiana” sociopolítica como la que habían vivido tantos países desde el Mayo Francés del 68. ¿La imaginación al poder?

Lo cierto es que la naturaleza de ‘ese movimiento social’ es diferente a todo lo de antes y que, usando lo del ‘Estado naciente’, se corresponde con las manifestaciones del enamoramiento, de lo contrario no se explicarían ni la intensidad de su energía ni la entropía ni su persistencia en permanecer. Hasta se parece al ‘conatus’ de Spinoza. En fin, lo terrible es que todo esto puede derivar en una gran tragedia. Ojalá que no, como sucedió en los tiempos de la Operación Cóndor, preferiría que no fuera así. Si mal no recuerdo, el movimiento social en el que se inspiró Alberoni fueron los movimientos estudiantiles y obreros de los años 60, en especial el Mayo del 68. Él, como vos, también se embelesó con las parejas de muchachos en ‘Estado naciente’ que se veían en las calles de París y las otras capitales europeas y que la prensa fotografiaba con gran desconcierto. Lo de ahora son ‘las primaveras’ y espero que la nuestra lo sea. En eso tus asociaciones con todo lo pasado son acertadas: en mucho esto se parece al Mayo del 68 y también a esas ‘primaveras’, basta mirar los videos y noticias de la tv. La gran utopía, que es eso también el enamoramiento. Ahí tenés materia para re-crear tu vida y eso te está pasando, ya llegará el momento de elaborar la historia (12 de junio).

Sin embargo, un mes después ese “Estado naciente”, el social, ya era objeto de una mirada escéptica de parte suya:

Lo triste de todo es que ya mismo se olvidan los acontecimientos que están sucediendo. Las protestas sociales de los días recientes, para no mencionar las de días más pasados, ya son olvido y todo aquello por lo que se lucha se disuelve en el olvido y los cambios y logros con los que se pretende mejorar nuestra situación continúan siendo promesa. No es sino mirar el seguimiento y el cubrimiento que hacen los medios de comunicación a todo ello para ver que el mundo parece nuevo cada día y que todo sigue igual para no cambiar. Los medios pequeños y alternativos son el aleteo de la mariposa (13 de agosto).

En eso último tenía mucha razón. En lo demás, es de esperar que la memoria de la lucha social pacífica renazca y que para ello las intervenciones artísticas que permanecen en el espacio público contribuyan a mantenerla viva.

 

La muerte

“¿Cuál es el motivo en el que se sustenta la cultura patricial y que determina la civilización hasta hoy?: La muerte. El Gran Terror metafísico: cuerpo/alma/eternidad. Pasado y futuro. La angustia de la inmortalidad. Concepto padre de todos los dioses y de todos los conceptos: tiempo y espacio, inframundo y supramundo, etc. Antes, todo era vida. ‘La celebración’ de la Naturaleza. El instante, el presente. El ciclo que nunca termina. La Gran Madre es la vida. El Gran Padre es la muerte. La vida es el sentido. La muerte es el sinsentido” (23 de julio de 2013).

Iván Rodrigo siempre tenía muy claro cuál era el papel de la muerte en estas culturas patriarcales. Su visión de la muerte, por el contrario, era muy vitalista: “Sin trascendencia alguna, somos carne que se hace verbo, pero, también, espíritu, que es el anhelo, que no es otra cosa que la expresión de la propiedad de la materia por unirse, mantenerse y separarse para, de nuevo, unirse, … el anhelo de permanecer y durar por y para siempre”.

Una consideración como esa le permitía afirmar que, por tanto, de lo que se trataba era de “hacer filosofía existencial a partir de filosofía natural; filosofías en las que sólo existe la vida, porque la muerte —como los dioses y todas las perversiones ideológicas en su nombre— no existe. Y porque somos un cuerpo que hace, de su anhelo, espíritu”. Por consiguiente, no hay por qué temer a la muerte.

 

Un final con amor

El 1 de septiembre de 2021 me llegó un correo de Iván Rodrigo que para mí fue el último (hubo dos posteriores, bastante breves y escuetos dadas sus condiciones de salud y ya en la víspera de su eutanasia). El correo llevaba por asunto “Estar enamorado amigos”. Estos son algunos de sus apartes:

‘No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista’. Paso a pasito las buenas y las malas van y vienen y, como decían los viejos, mientras tanto, la costilla descansa. Mejor dicho, ni todo bueno ni todo malo, con Spinoza y tantos otros, sacarle provecho a cada día. Por aquí estamos en algo de las buenas y disfrutando mientras tanto. (…) Y hablando de Diana y tu enamoramiento, una lectura del diálogo IV de Los heroicos furores, de Giordano Bruno, será una deliciosa visión. ¡Oh! Diana la cazadora y Acteón y sus perros, un mito encantador que Giordano Bruno trató con especial interés para ilustrar sus ‘heroicos furores’.

El último trabajo periodístico que le envié era sobre el cincuentenario del Festival de Ancón, el primer certamen multitudinario de rock realizado en Colombia, del cual Iván Rodrigo fue espectador en aquel parque cercano a Medellín en junio de 1971:

Ensayos como el tuyo son los que se necesitan para rescatar la memoria de este país ahogada en la sangre de mil violencias a las que es necesario dar contexto y sentido para que la historia nos explique lo que somos y no los arribistas que queremos ser. Buena por esa. El festival de Ancón fue mucho más que una anécdota de hippies. Por otra parte, lo que hace falta ahora es la historia de tu enamoramiento, ese suceso que, por lo que veo, te está transformando, como era de esperar, pero el que solo se comprenderá en el tiempo, en ese futuro eventual. Ojalá algún día se te ocurra escribirla”.

Y como cierre me transcribía el poema Estar enamorado, de Francisco Luis Bernárdez, poeta argentino. Qué bueno, pues, que la despedida haya sido con poesía.

 

Estar enamorado, amigos, es encontrar

el nombre justo a la vida.

Es dar al fin con las palabras que para hacer

frente a la muerte se precisa.

Es recobrar la llave oculta que abre la cárcel

en que el alma está cautiva.

Es levantarse de la tierra con una fuerza que

reclama desde arriba.

Es respirar el ancho viento que por encima de

la carne respira.

Es contemplar, desde la cumbre de la persona,

la razón de las heridas.

Es advertir en unos ojos una mirada verdadera

que nos mira.

Es escuchar en una boca la propia voz

profundamente repetida.

Es sorprender en unas manos ese calor de la

perfecta compañía.

Es sospechar que, para siempre, la soledad

de nuestra sombra está vencida.

Estar enamorado amigos, es descubrir dónde

se juntan cuerpo y alma.

Es percibir en el desierto la cristalina voz de

un río que nos llama.

Es ver el mar desde la torre donde ha quedado

prisionera nuestra infancia.

Es apoyar los ojos tristes en un paisaje de

cigüeñas y campanas.

Es ocupar un territorio donde conviven los

perfumes y las armas.

Es dar la ley a cada rosa y al mismo tiempo

recibirla de su espada.

Es confundir el sentimiento con una hoguera

que del pecho se levanta.

Es gobernar la luz del fuego y al mismo tiempo

ser esclavo de la llama.

Es entender la pensativa conversación del

corazón y la distancia.

Es encontrar el derrotero que lleva al reino de

la música sin tasa.

Estar enamorado, amigos, es adueñarse de

las noches y los días.

Es olvidar entre los dedos emocionados la

cabeza distraída.

Es recordar a Garcilazo cuando se siente la

canción de una herrería.

Es ir leyendo lo que escriben en el espacio las

primeras golondrinas.

Es ver la estrella de la tarde por la ventana de

una casa campesina.

Es contemplar un tren que pasa por la montaña

con las luces encendidas.

Es comprender perfectamente que no hay

fronteras entre el sueño y la vigilia.

Es ignorar en qué consiste la diferencia entre

la pena y la alegría.

Es escuchar a medianoche la vagabunda

confesión de la llovizna.

Es divisar en las tinieblas del corazón una

pequeña lucecita.

Estar enamorado, amigos, es padecer espacio

y tiempo con dulzura.

Es despertarse una mañana con el secreto de

las flores y las frutas.

Es libertarse de sí mismo y estar unido con

las otras criaturas.

Es no saber si son ajenas o son propias las

lejanas amarguras.

Es remontar hasta la fuente las aguas turbias

del torrente de la angustia.

Es compartir la luz del mundo y al mismo

tiempo compartir su noche obscura.

Es asombrarse y alegrarse de que la luna

todavía sea luna.

Es comprobar en cuerpo y alma que la tarea

de ser hombre es menos dura.

Es empezar a decir siempre, y en adelante no

volver a decir nunca.

Y es, además, amigos míos, estar seguro de

tener las manos puras.

 

Twitter: @JaimeFlrezMeza1