MI PERSONAJE INOLVIDABLE

Era un fortacho señor de tez morena, con cara de persona seria, pero que tenía una mirada dulce y serena. Nos dirigimos hacia el salón, situado en el segundo piso, justo frente a las escaleras.

 

Escribe / Jorge Triviño – Ilustra / Stella Maris

Tenía a la sazón once años, cuando iba a iniciar quinto de primaria en la escuela Camilo Torres de la ciudad de Manizales, situada en un altozano, desde el cual se puede vislumbrar una fábrica de calzado y hacia el oriente, el municipio de Neira, el relleno sanitario y el barrio Puertas del sol.

Debíamos ascender desde nuestra casa en un barrio rural, situada a veinte minutos del centro educativo. Íbamos como hormiguitas en fila india, hasta finalizar un recodo y adentrarnos en ella.

Nos reunimos con nuestros compañeros de cuarto de primaria, para conversar sobre los sucesos que vivimos en vacaciones del fin de año, y cuando la campana sonaba, hacíamos fila de acuerdo con los lineamientos del prefecto de disciplina de nombre Ramiro. Era un hombre delgado y estricto, que cuando yo cursaba segundo de primaria, me había levantado en sus brazos, asiéndome de la pretina del pantalón, y mostrándome como un trofeo de caza, porque yo, dibujaba un círculo en la tierra, con un pequeño trozo de palo, mientras él se dirigía a todos nosotros, ante de iniciar clases.

Después de rezar a la virgen María, nos hicieron desfilar hacia los salones, quien tras quien sería nuestro director de quinto de primaria. Era un fortacho señor de tez morena, con cara de persona seria, pero que tenía una mirada dulce y serena. Nos dirigimos hacia el salón, situado en el segundo piso, justo frente a las escaleras.

Allí, había mapas y figuras de próceres de nuestro país, colgados de la pared y un esqueleto.

El maestro se destacaría por cualidades que le hacían un hombre singular y único pues era, además, el director del coro.

Cuando hizo la selección de quienes conformarían el coro, pasó por cada uno de los puestos y pidió que entonaran la escala musical, cerca de su oído, y cuando encontraba al elegido, le decía: “para el coro”. Cuando estuvo junto a mí, me rogó que entonara la escala musical, pero nada me dijo. De pronto se devolvió y me pidió de nuevo que lo hiciera, y al oírlo, me dijo: “para el coro”.

Construyó un botellófono, es decir, un instrumento musical, fabricado con botellas de diversos colores, llenas de agua, hasta determinada parte, y colgadas cada una de una cuerda, a una viga de madera, sostenida por dos columnas, también del mismo material, y con dos bloques rectangulares que le daban sostén. Allí ejecutaría el Himno nacional de Colombia, El pájaro chogüí y Cachipay, con los cuales nos deleitaría muchas veces, y con los que recogía fondos para nuestra institución.

Propuso un sistema de competencia en las clases, que consistía en que nos numeraba del uno al treinta y cinco, que era exactamente la misma cantidad de alumnos del salón. Quien ocupaba en el primer lugar, debía luchar para poder permanecer allí, pues cualquiera que contestara acertadamente a una pregunta del maestro mientras dictaba clase, podía arrebatarle ese preciado lugar, además, debía cuidar de no llegar tarde, porque perdía el primer puesto, e iría a ocupar la deshonrosa última silla.

De él, aprendimos el himno nacional desde la primera estrofa hasta la última, con el mismo sistema de concurso. Nadie podía equivocarse, pues iba a ocupar el último escaño.

Creó, además, un excepcional e ingenioso hipódromo de papel. Era la representación de caballos mediante líneas perpendiculares, unidas a una línea horizontal en la base; dibujadas con tinta en un pliego de papel cuadriculado.

Las líneas estaban ungidas con una sustancia que jamás quiso revelarnos, y numeradas de uno a diez, y representaban cada una un caballo.

Cada estudiante, debía apostar un centavo a uno de los números que creía era su favorito. El día de la competencia, estábamos presentes para ver cuál línea se encendía con mayor rapidez y alcanzara la mayor altura posible.

Prendía fuego a la línea horizontal, y esta se ascendía hasta las líneas verticales, alcanzando las alturas.

Una parte del dinero recaudado iba a llenar las arcas de la escuela, y otra, más pequeña, para el ganador, o los ganadores.

Dentro de los memorables recuerdos de mi maestro, es el de haber ido a una estación de policía del barrio, para ponerle caución a un compañero nuestro que le había propinado una golpiza a otro. Ese hecho, nos creó confianza y seguridad de estar ante un gran educador. Daba ejemplo con sus acciones y no se amedrentaba frente a nadie.

Para evitar que su clase se convirtiera en un desorden, a quienes sorprendiera con trompos, yoyos, canicas u otros entretenimientos, se los confiscaba, para, al final de curso, repartirlas entre quienes habían sido más juiciosos y sobresalientes.

Otro memorable recuerdo es la celebración del día del niño, para lo cual preparó una salida a campo abierto, en el sector de Chupaderos; pero para preparar nuestras mentes infantiles aún, nos dijo que íbamos a llevar una vida nómade, y para motivarnos, nos pidió que buscáramos la palabra en un diccionario; lo que nos incitó todavía más.

Este hombre maravilloso nos enseñó también las charadas; pero este término no se supedita al concepto que tenemos de ella, ya que el sistema consiste en que debemos descomponer una palabra por sílabas. Para ello, les daré el siguiente ejemplo:

Tomemos la palabra candelabro. Está compuesta de cuatro sílabas: can, de, la, bro.

Para hallar el significado, y definirlas por separado, daremos la primera pista: Primera sílaba: perro. (Debemos hallar el sinónimo de una sola sílaba) Segunda sílaba: preposición. (Una preposición de una sílaba). Tercera sílaba: nota musical. Tercera y cuarta sílabas: conjugación del verbo labrar. Y para dar una pista mayor, a la palabra completa, se le designa como El Todo; diremos: El TODO: candelero de uno o más brazos.

      De esa manera, descomponíamos las palabras y hacíamos concurso entre todos los estudiantes de nuestro curso, aprendiendo de una manera muy singular.

Por este genial maestro conocí además los jeroglíficos de los que aún vivo enamorado, pues despiertan en manera suma las potencialidades de nuestro cerebro y creatividad.

Él sembró en mí la semilla de la búsqueda del conocimiento sobre la imaginación, al contarnos que, en un experimento, ataron a un condenado a muerte a un poste y le vendaron los ojos, diciéndole que le sangrarían en el cuello, dejándole hasta morir. Le pincharon levemente con un alfiler sin causarle sangrado alguno y con una corriente de agua tibia que fluía desde el cuello hasta caer en una palangana. Al cabo de seis minutos, el reo murió de terror, creyendo que se había desangrado por completo.

Nos contó, además, que a un hombre le regalaron una casa donde había muerto un tuberculoso, ocultándole que la vivienda era en realidad, completamente nueva, y que allí, nadie había fallecido. Después de mucho tiempo, el hombre del experimento había contraído la funesta enfermedad.

Estos dos relatos penetraron en mi psique juvenil, y me dieron fuerza para emprender una investigación que se hizo realidad cuarenta y seis años después.

De este gran maestro me queda el amor por el conocimiento acerca de la Imaginación creadora, por la música del botellófono, por las charadas, por los jeroglíficos, y un acendrado afecto por tan extraordinario educador, a quien le debía un homenaje, además de grabar en letras de oro su excelso nombre: Roberto Sepúlveda Medina.

        Espero que jamás sea olvidado. Yo le llevaré en mi corazón, siempre por siempre.